EXPRESAR LO INEFABLE
24 de may. de 2007
Una cuestión que hay que plantear desde el Tetragrama: el «Padre» es «Silencio»; el Hijo, «Verbo»; y el doble Espíritu, camino del Silencio al Verbo y viceversa. De este modo, el fundamento de la frase «Ocultar los misterios es cosa de Dios…» no es otro que la estructura de la Trinidad, en la cual la ocultación es cosa del Padre; la revelación, del Hijo; y la unión y distinción entre ambas, del Espíritu.
Hay en mí una dificultad
para escribir, que radica en el conflicto entre la «lógica» y la
«mística», que se deja sentir con fuerza sobre mi sensibilidad y mi capacidad
de dar forma al pensamiento. El sentimiento de fusión o de indistinción
característico de la mística puede encontrar mayores o menores dificultades de
expresión a través de la mente discursiva. En mi caso parece existir el mayor
distanciamiento posible entre el «verbo» y el «silencio místico». Por eso
podríamos hablar de un alma dividida entre la mística y la racionalidad. Y,
para precisar un poco más, el alma se encuentra como en distanciamiento de la
mística y en acercamiento a la tendencia racional, más que a la inversa.
Simbólicamente hablando, los riesgos de asfixia en mi nacimiento parecen
apuntar en esta misma dirección, en la medida en que la emergencia al mundo
suponía un distanciamiento respecto de las «aguas primordiales», del claustro
materno, cuyo abandono supuso una prueba.
Así, pues, se da en mí una
tendencia a la máxima autonomía de la conciencia frente al estado «místico»,
que a veces he considerado (erróneamente) como «inconsciente», de manera que
dicha conciencia se sitúa del lado del «verbo», lo que crea una gran tensión o
división entre lo «experimentado inefable» y su expresión racional. Y así, si
el estado «místico» se asemeja al Padre, el estado «lógico» simbolizaría al
Hijo, mientras que el vaivén entre uno y otro guardaría afinidad con el
Espíritu Santo, que media entre uno y otro. Eso sí, debo aclarar que en ningún
caso mi «lógica» tiende a alejarse del «principio» que es el Padre, sino más
bien a retornar a él. He de decir, sin embargo, qué determinadas experiencias
me resultan más fáciles de expresar que otras, por ejemplo, la dimensión
amorosa de lo místico.
Otro punto para destacar es el
conflicto entre la individualidad y lo institucional, lo que me inclina siempre
a una cierta marginalidad no fácilmente integrable, por más que mi yo
«subjetivo» despliegue siempre una clara voluntad de integración en la
institución.
Quizá ayuden a esclarecer mi
actitud ante lo inefable algunas consideraciones astrales (salvado siempre el
adagio «Los astros inclinan, pero no obligan») que espero no resulten demasiado
técnicas para mis lectores.
En mi tema astral, Júpiter
(símbolo de la institución) está en conjunción con el «Sol negro» y la «Luna
negra», a la vez que con Sirio. Lo que significa que mi «yo objetivo» se integra
en la institucionalización del «absoluto» y de su manifestación
en una estructura o un saber racional. Evidentemente, es a mi «yo objetivo» al
que se le atribuye dicho carácter institucional; ahora bien, semejante yo no
ocupa en el tema un papel central, al no encontrarse cerca del Ascendente (el
yo autoconsciente) o del Medio Cielo (función social). Eso quiere decir que
dicha institucionalización posee un carácter marginal, y solo de manera
indirecta se relaciona con el centro del tema.
Por otra parte, observemos cómo la
Luna, regente de Cáncer y, por consiguiente, de la conjunción «Luna negra»/»Sol
negro», sirve de vehículo a la «institucionalización del absoluto» en su
dimensión más trascendente.
Pues bien, la Luna se halla en 0º
Capricornio (lo que le otorga un carácter «polar» o vertical), en cuadratura
con el eje equinoccial, ocupado por Mercurio en 0º Aries y Neptuno en 0º Libra.
Curiosamente, son también el arquetipo de la vertical y la horizontal
respectivamente, de manera que la «revelación del absoluto» tiende a expresarse
mediante una tensión entre la «lógica» y la «mística». A ella aludíamos desde
el principio.
Estudiemos ahora brevemente el
simbolismo del perigeo solar, es decir, del polo opuesto al «Sol negro».
Decíamos que el apogeo representa la trascendencia divina, el máximo
alejamiento del Sol respecto de la Tierra, del «espíritu» respecto del
«cuerpo», pero también el riesgo de la «falta de fundamento» de lo real, la
«muerte de Dios» o su «eclipse», con la consiguiente trivialización de la
realidad. Pues el otro extremo, el perigeo figurará la inmanencia divina, la
«identidad de la esencia» frente a la «diferencia trinitaria» del apogeo. Eso
sí, Dios es ambas cosas, simultáneamente y sin jerarquía.
Otra cosa serían las relaciones
entre la Divinidad y el hombre. En tal caso, el perigeo sería algo así como la
«identificación» con Dios en la experiencia mística («Dios por participación»,
que diría S.Juan de la Cruz), mientras que el apogeo simbolizaría el
conocimiento intelectual, el «saber de Dios», la teología natural. (No es de
extrañar que, desde 1240 aproximadamente, el distanciamiento de Dios adquiriera
dimensiones masivas, en consonancia con el carácter de la Luna, regente de
Cáncer).
¿Qué significa la conjunción de
Saturno con el «Sol negro»?
Puesto que el planeta es símbolo
del cielo planetario más elevado (en la astrología tradicional), dicha
conjunción denotará la estructura o el armazón de cualquier
institucionalización del «Sol negro». Ahora bien, si Saturno se encuentra en
exilio, es decir, en Cáncer, la dificultad para desempeñar esa tarea es grande,
de manera que nos hallamos ante un «saber prematuro» o un saber constituido a
distancia de Dios (¿una rebeldía al modo satánico?). O quizá la trivialización
o pérdida del arquetipo.
A la luz de lo anterior, Saturno
en Géminis y en conjunción con el «Sol negro» en el tema astral de la
muerte de Cristo, ¿qué mejor resonancia puede encontrar que la experiencia
crística del abandono de Dios, o sea, el distanciamiento de Dios en su
aspecto terrible, el Viernes Santo, que encuentra su más profundo sentido en la
Resurrección. Por lo demás, la recurrencia de Saturno en el citado signo cada
30 años aproximadamente, marca a las sucesivas generaciones (a un nivel
incomparablemente inferior, claro está) y las hace particularmente sensibles a
la experiencia del Viernes Santo, como acontece con mi propia generación.
A este propósito, conviene decir
que la conjunción de Júpiter con «Sol negro» no solo significa la
institucionalización del «saber absoluto», sino también la manifestación
«benéfica» o «expansiva» del mismo, a la inversa de Saturno.
Por lo demás, hay que distinguir
entre la perspectiva sincrónica o estática, propia de la eternidad de Dios y en
la que los planetas representan niveles equivalentes, y la perspectiva
diacrónica o dinámica, característica de los seres sometidos al tiempo o al
«aevum».
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