SOBRE LA CRÍTICA DE LA INTENCIONALIDAD HUSSERLIANA EN RAYMOND ABELLIO
10 de ene. de 2007
El problema de los «grados» de la intencionalidad, de importancia capital para la fenomenología y planteado de manera incipiente por Husserl, ha sido abordado por Raymond Abellio desde una nueva perspectiva(1).
Para nuestro autor,
la mayoría de las dificultades con que tropieza la fenomenología se deben a su
formalismo y generalidad. En efecto, decir que toda conciencia es conciencia de
algo, sin especificar este algo, equivale a hablar de la conciencia en general.
La intencionalidad es una propiedad abstracta y, por consiguiente, no sirve
para determinar la «cualidad» de una conciencia particular, su grado de avance
o de saber dentro de la serie indefinida de los modos del mundo que son sus
correlatos. Al considerar únicamente la
intencionalidad, Husserl sólo puede fundamentar una fenomenología en la que la
conciencia es concebida como «forma» independiente de sus «contenidos», es
decir, como la conciencia del «hombre-en-sí».
En la medida en que
habla del hombre en abstracto y le atribuye, además de la conciencia «natural»,
una conciencia «trascendental» que, en realidad, no emerge sino para un cierto
«umbral» y a la que, evidentemente, no todas las personas tienen acceso en un
momento dado, la fenomenología desemboca en un callejón sin salida. La
emergencia del Yo trascendental es una experiencia peculiar, no la conclusión
de un razonamiento lógico o de una enseñanza puramente formal. Así lo han visto
algunos comentaristas de Husserl, por ejemplo, Tran-Duc-Thao, para quien la
reducción fenomenológica en la que aflora el Yo trascendental no es una simple
operación lógica exigida por las condiciones de un problema teórico, sino el
acceso real a un nuevo modo de existencia(2).
Es claro, pues, que
la fenomenología en tanto que demostración abstracta no deviene sin más
comportamiento vital. Lo cual no significa- y R.Abellio así lo reconoce
expresamente- que la fenomenología trascendental última postulada por Husserl
no haya de ser una fenomenología estática que relativice la temporalidad y a la
que tengan acceso todos los hombres, cual si se tratara del paso de lo «general
abstracto» a lo «universal concreto". Pará nuestro autor, vivimos en el
intervalo entre la fenomenología estática del principio, puramente formal, y la
fenomenología estática última, el límite hacia la que la primera necesariamente
tiende. Y habría una instancia mediadora, la fenomenología genética, que no
puede sino culminar en la plena «constitución» del tiempo.
Para Abellio, la
auténtica revolución husserliana ha consistido ante todo en la superación de
cualquier tipo de «conciencia posicional del mundo y no posicional de sí» (para
emplear la terminología sartriana) mediante la conciencia de conciencia, la
conciencia trascendental, subrayando el genitivo intensificador que Sartre
coloca sistemáticamente entre paréntesis.
No obstante, Husserl
no supo llevar hasta sus últimas consecuencias este principio revolucionario:
si la percepción de una percepción altera radicalmente el estado primitivo, es
claro que la distancia «reflexiva» de la conciencia a su objeto queda con ello
abolida, surgiendo así una espontaneidad «segunda» que viene a reemplazar a la
«primera". Con lo cual el objeto queda «transfigurado» en
«sobre-objeto»(3).
Para comprender la
fenomenología es necesario realizar esta experiencia y ser iluminado por ella.
Y Abellio describe una experiencia de este tipo, que, para él, es la clave del
acceso al mundo de la «transfiguración», del que la «naturaleza» nos mantiene
en perpetuo exilio: "Soy yo el que te veo, y el que me veo verte, y el
que, viéndome, te hago". Es el grito del «Demiurgo» ante el mundo por él
formado, un grito de asombro que está en la base de toda actitud auténticamente
fenomenológica. Por lo demás, nuestro autor opera una aproximación inesperada:
dicha experiencia coincide de todo punto con la «discriminación entre el
espectador y el espectáculo» de que habla el esoterismo.
Para Abellio, hablar
de la conciencia de conciencia es una cuestión capital, en la que se pone de
manifiesto y se resume toda la distancia entre Descartes y Husserl. Mientras
que, en el primero, el retorno a sí es un simple efecto de la atención y se
orienta hacia la mera toma de conciencia de sí, en el segundo esta toma de
conciencia viene a la vez a re-tomar el mundo. Si, para Descartes, el lugar de
la apodicticidad es el yo atento que, intensificado por esta misma atención, se
aprehende como sum, el alcance de la «epojé» husserliana es de otro orden: no
se agota en una conciencia residual independiente del mundo, sino que nos
compromete profundamente con él y conduce a una modificación del yo y a una
«transfiguración» del mundo, por más que Husserl no llegue a utilizar la
palabra. Por eso el yo que asiste a la «transfiguración» no es una simple forma
gramatical o una teoría, sino una praxis. La cual, a diferencia del yo
empírico, no está al alcance de todos en cualquier momento.
Y aquí conviene
clarificar la índole de ambas visiones, la empírica y la trascendental. La
primera proviene del ámbito de la entropía, es decir, del proceso de
uniformización de los estados, que se mueve a un nivel cuantitativo y se
manifiesta como amplitud. Por el contrario, la visión trascendental es personal
y específica, y pertenece al ámbito de la gnosis, a saber, al proceso de
diferenciación y personalización de los estados, que actúa cualitativamente y
se muestra como intensidad. Sólo este último modo de contemplar las cosas es
real. La amplitud, en cambio, no es más que una proyección imaginaria,
abstracta y convencional de la intensidad, su reducción matemática, numerable,
espacial, utilitaria.
Desde esta base,
Abellio pretende estructurar el avance de la conciencia, a fin de superar la
fenomenología estática. Y lo hace a través de una intensificación de la
relación sujeto-objeto. Al igual que cualquier otra dualidad, ella no es más
que un estadio dialéctico inestable o pseudoestable, e implica siempre una
génesis: en rigor, dos polos jamás podrán equilibrarse. Por eso la noción misma
de relación es ingenua. Y, en el caso presente, no hay polos o términos
estables en la génesis de la conciencia. La relación, en efecto, no es más que
la emergencia visible de una proporción, es decir, de un ciclo de relaciones
que conlleva la multiplicación, intensificación y trasmutación de los términos.
En este sentido,
nuestro autor, aun admitiendo como válido el conocido reproche de Lévi-Strauss
a la sociología y a la lingüística tradicionales, a saber, el haber olvidado
las relaciones entre los términos, echa de menos en el antropólogo, como en
otros estructuralistas, el desarrollo de la noción de proporción.
Resulta imposible
avanzar en fenomenología genética mientras se acepten de manera acrítica una
serie de oposiciones lineales en las que el sentido común se cree
inamoviblemente anclado: materia-espíritu, sujeto-objeto, masculino-femenino,
orgánico-mineral, etc. Es indispensable, pues, superar tales oposiciones y
descubrir la proporción oculta subyacente. Más aún, todo el problema de la
fenomenología genética radica en comprender el sentido de este doble tránsito:
del término a la relación como acoplamiento de términos; y de la relación a la
proporción como emparejamiento de relaciones.
Esto nos lleva a
formular el primer «teorema» de la fenomenología genética: la percepción de
relaciones pertenece al modo de visión de la conciencia empírica; la percepción
de proporciones es característica de la conciencia trascendental. En la visión
«natural» o empírica se muestra una dualidad simple: el objeto está frente a
mí, yo lo percibo. Pero si procedemos a «percibir esta percepción», como diría
Husserl, veríamos cómo el objeto percibido se eleva sobre un fondo no
tematizado como tal y que, sin embargo, hace efectiva toda percepción.
Constatamos, pues, una dualidad por parte de lo percibido. Pero, además, surge
otra dualidad del lado del percipiente:en la medida en que mis ojos (o
cualesquiera otros órganos de los sentidos) perciben el objeto, se alzan sobre
otro «fondo», el de la totalidad de mi cuerpo, que permanece pasiva y, no
obstante, hace posible la visión. Tenemos, por tanto, la proporción: objeto:
mundo, sentido: cuerpo
Pero ésta es una
visión sincrónica. ¿Cómo introducir aquí la diacronía? Para Abellio, la
cuestión de si lo primordial es el mundo o el cuerpo carece de sentido dentro
del ámbito de la interdependencia universal. Así, por
ejemplo, podemos pensar que, en un primer momento, el mundo considerado como
activo(+), activa para mí un objeto hasta entonces pasivo(-); en un segundo
momento, este objeto activado(+) se impone a uno de los órganos de los
sentidos, que entonces aparece como pasivo(-); el tercer momento asiste a la
activación de este órgano(+), que actúa sobre la globalidad del cuerpo hasta
ahora pasivo(-) y lo «impresiona»; finalmente, en el cuarto momento, el cuerpo
a su vez activado(+) se vuelve hacia el mundo, que ahora deviene pasivo(-), con
lo cual queda cerrado un ciclo. O bien, podemos considerar como punto de
origen la globalidad de mi cuerpo, que se manifiesta activo(+) y se vuelve
hacia el mundo, pasivo por el momento(-), iniciando así su peculiar ciclo
perceptivo. Lo importante es percatarse de la circularidad de la proporción en
su despliegue diacrónico.
Mis sentidos, a
través de su poder diferenciador, tienen por misión reducir los objetos del
mundo. Mi cuerpo, en cambio, por su poder integrador, posee la facultad de
superar la dispersión de los objetos, abriéndose así a un nuevo modo del mundo.
Por tanto, si desde la primera perspectiva el mundo se «encarna» en nosotros,
desde la segunda ocurre a la inversa, y somos nosotros los que
«espiritualizamos» el mundo.
La misma estructura
que detectamos en la percepción sensorial es susceptible de ser aplicada a
todos los niveles: al de la intuición eidética, al de la emergencia del Yo
transcendental, en general, a toda «constitución". Queda así establecido
el modelo de lo que Abellio llama la «estructura absoluta»(4), a la que da una
representación gráfica: una esfera cuyo ecuador asiste al afrontamiento
yo-mundo, figurado por dos diámetros que se cortan y determinan cuatro
polos(los de la proporción), los cuales, al relacionarse engendran dos sentidos
de giro inversos(del mundo al yo y del yo al mundo); y cuyos hemisferios
representan la doble tendencia(«encarnación» y «espiritualización») que se
manifiesta en el afrontamiento yo-mundo.
¿Qué pensar de la
crítica de Abellio a Husserl, una crítica que afecta a los fundamentos mismos
de la fenomenología, al menos en su dimensión genética?
Hablar de
«formalismo» a propósito del pensamiento husserliano resulta exagerado e
implica un modo de ver las cosas no poco alejado de lo que es el talante del
fundador de la fenomenología. Es indudable, no obstante, que algunos de sus
análisis adolecen de cierta generalidad.
Es lo que a primera
vista ocurre con el concepto de intencionalidad, una propiedad abstracta que,
según Abellio, sería necesario precisar, refiriéndola al grado de avance o de
madurez de tal o cual conciencia particular. Y decimos «a primera vista»
porque, a nuestro entender, la intencionalidad fenomenológica no es algo
abstracto: en cada análisis aparece en conexión con un determinado contexto y
con una «cualidad» bien precisa de la conciencia en cuestión. Y si Husserl no
expone con claridad una estructura universal que dé cuenta de la
intencionalidad, ello se debe quizá a dos razones: de un lado, la enorme
amplitud del campo cuya roturación ha emprendido, una roturación cuyas
necesidades metodológicas reclaman análisis enormemente prolijos; de otro, el
propio talante pionero de Husserl, más preocupado por explorar y describir el
nuevo mundo que se abre ante él, que por consideraciones lógico-estructurales
(a este respecto nos viene a la mente la aguda observación de René Daumal a
propósito de la «facilidad un punto irónica» con que, en la «Ética», Spinoza
pasa de un teorema a otro).
Es lógico, por otra
parte, que la fenomenología se muestre precavida ante cualquier tentación
sistematizadora y juzgue prematuro hacer proyectos de «síntesis".
Detectamos, además, en Husserl un deseo de evitar toda confusión derivada de
una presentación objetivista y cerrada del «instrumental» fenomenológico. Lo
cual, evidentemente, no invalida la problemática suscitada por Abellio, pero
introduce las necesarias matizaciones.
En efecto, en la
medida en que el análisis husserliano muestra un procedimiento que cualquiera
puede utilizar (y aquí la palabra «cualquiera» no significa otra cosa que «todo
aquél que haya rebasado los planteamientos psicologistas»), el nuevo método
queda liberado de adherencias doctrinales. Y si ello le otorga una cierta
indeterminación, no cabe duda de que ésta se asemeja más a la de un «arte» que
a la de un lenguaje «demostrativo» válido para todos. Esta indeterminación
explicaría también la diversidad de interpretaciones a que ha dado lugar el
procedimiento fenomenológico.
Lejos, pues, de
considerar la conciencia como una «forma» independiente de sus «contenidos», es
decir, como la conciencia del «hombre-en-sí», la fenomenología es más bien un
«arte», que sólo tras mucho ejercicio puede desembocar en «ciencia», a
sabiendas siempre de la precariedad de esa identificación u otra semejante.
A la luz de estas
reflexiones, la crítica de Abellio al «estatismo» husserliano resultan
enriquecedoras, pues, a fin de cuentas, se mueven en aquel ámbito decisivo en
donde el «arte» se transforma en «ciencia», entendiendo el término en un
sentido muy amplio, más emparentado con el de «evocación» que con el de
«enseñanza».
Ello supone aceptar
un verdadero reto, cosa que echamos de menos en buena parte de los autores que,
sobre el papel, se reconocen deudores de Husserl. Es lo que Abellio efectúa a
través de su análisis del proceso de «intensificación» que brota de la tensión
entre la fenomenología estática «inicial» y el estatismo de la fenomenología
«acabada», tensión característica de la fenomenología genética, verdadera
instancia mediadora. Y lo que le lleva a concebir la actividad constituyente
del Yo de una manera peculiar, que se concreta en el esquema esférico de la
«estructura absoluta», en el que la noción de «umbral», indisociable del
concepto de «intensidad», adquiere un significado más preciso que el que recibe
en la fenomenología husserliana.
Aportaciones de gran
valor, sin duda, que subrayan la necesidad de extraer todas las consecuencias
de la conciencia de conciencia, poniendo de relieve el genitivo intensificador,
un punto en el que conviene insistir, más allá incluso de la distinción entre
Descartes y Husserl traída a colación por Abellio.
En efecto, no basta
con poner de manifiesto el doble aspecto, reductor e integrador del «retorno a
sí», una experiencia que nuestro autor identifica con la «discriminación» a la
que aluden diferentes saberes esotéricos y que desemboca en la llamada
«transfiguración de la objetividad". Hay que ir más lejos y preguntar por
la índole de semejante proceso, a cuyas sucesivas etapas se hace referencia en
«La structure absolue».
Por lo demás, a
nuestro autor le asiste la razón al afirmar que dicho proceso no implica un
«regressus in infinitum» como el que Sartre critica a propósito del método
fenomenológico, un «regressus» que falsea los datos del problema y nos muestra
cómo el autor existencialista no ha comprendido en absoluto la naturaleza del
genitivo intensificador presente en la conciencia de conciencia.
Es verdad que esa
conciencia posee varios niveles, y el problema reside justamente en la vivencia
y descripción de los mismos. Pero no se trata de una pluralidad caótica,
tributaria de la mera cantidad. De entenderla así desembocaríamos en una
sucesión lineal de niveles que, efectivamente, implicaría algo así como un
«regressus in infinitum». Y es innegable que el método fenomenológico, tal como
se aplica en la mayoría de las obras de Husserl, podría ser objeto, por su
insuficiente «determinación», de interpretaciones erradas.
¿Es posible enumerar
con rigor los niveles del mencionado proceso?.Abellio habla de cuatro
«umbrales» básicos en el desarrollo de la conciencia. Pero echamos de menos una
fundamentación de esa cuaternidad, lo que dejaría la puerta abierta a otras
enumeraciones que, casi de forma inevitable, nos conducirían a aquel
«regressus» que a toda costa tratábamos de obviar.¿Cómo superar la dificultad?
Indicábamos más
arriba que la aportación de Abellio se movía en aquel ámbito en donde el «arte»
fenomenológica devenía «ciencia". Ahora bien, dicho intento postula
necesariamente la anticipación del «Yo» y del «Nosotros» trascendentales en el
corazón de cualquier análisis. Una descripción del caminar fenomenológico que
pase por alto este punto fundamental olvidará asimismo que la multitud de los
«umbrales» carece de consistencia mientras no se la refiera a la experiencia de
la plena constitución.
No podemos, pues,
yuxtaponer los «umbrales» de maduración de la conciencia o enumerarlos de
manera artificial. Tan sólo una reflexión sobre la dimensión cualitativa del
número podría llevar nuestra empresa a buen término. Lo que, indudablemente,
nos llevaría muy lejos, a un lugar en donde resuenan los ecos de la numerología
platónica, un tema poco investigado, no obstante el tópico aristotélico que la
asocia a la teoría de las Ideas.
En conclusión, las
consideraciones de R.Abellio acreditan su valor, por más que se hallen
necesitadas de una amplia dilucidación del «salto» entre la sucesión de los
«umbrales» antedichos y la experiencia cumplida del «Nosotros» transcendental.
Un salto cuya descripción requiere una nueva lógica, superadora de todo
formalismo y en la que polos aparentemente contrapuestos, como unidad y
pluralidad, lejos de excluirse, se evoquen el uno al otro en un proceso sin fin
en el que yo y mundo se «transfiguran» recíprocamente.
NOTAS
1)Abellio,Raymond, La
structure absolue, París,1965,Galli¬mard,pp.57-60.
2)El autor hace
referencia a la obra de Tran-Duc-Thao, Phéno¬ménologie et matérialisme
dialectique(Minh-Tan,París,1951),73-74.
3)Abellio,R.,La
structure absolue,pp.61-62.
4)Op.cit.,37-52 y
74-126.
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