LA PAZ DE LOS IMPÍOS



28 de ago. de 2007

“Por eso es por lo que el Salmista, hablando figuradamente de los débiles, decía (Sal 72,2): “A mí vaciláronme los pies, a pique estuve de resbalar, porque me llené de celo al contemplar a los impíos, al ver la paz de los pecadores”. Y, por lo mismo, otra vez dice: “Mientras el impío se ensoberbece, el pobre se requema”. Por eso, con palabras del Señor se dice al profeta Jeremías respecto de Judá y de Israel (Jr 3,6-7): “¿No has visto tú las cosas que ha hecho la rebelde Israel? Fuese sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso, y allí se ha prostituído. Y después que ella hizo todas estas cosas, le dije yo: Vuélvete a mí, y no quiso volverse”. Donde en seguida se agrega cómo, por emulación, cayó también Judá, que parecía mantenerse firme; pues dice: “Y su hermana Judá, la prevaricadora, vio (v. 8) que, por haber sido adúltera la rebelde Israel, yo la había desechado y dado libelo de repudio; y no se amedrentó su hermana la prevaricadora Judá, sino que también ella se fue a idolatrar”.

Vedlo; Dios misericordioso es despreciado, y llama; da prenda de su misericordia a sus enemigos, puesto que dice a la prevaricadora: “Vuélvete a mí, y no quiso volverse”. Pero, como el pueblo de Israel abandonó a Dios omnipotente, no queriendo volver, recibió el libelo de repudio, esto es, le abandonó pecando, pero recibió el libelo de repudio, permaneciendo sin castigo en sus iniquidades…

Por eso es necesario que, cuando vemos a los que pecan abandonados sin castigo en su culpa, entonces los tengamos por más miserables; pues de ahí se dice por Salomón (Prov 1,32): “La indocilidad causará a los ignorantes su perdición, y lo que los necios o pecadores creen su prosperidad, será su ruina”. Quien, pues, se aparta de Dios o no le obedece y prospera, tanto más próximo a su perdición está cuanto más alejado está del celo por la disciplina”.

(San Gregorio Magno, “Homilía 12 sobre Ezequiel”, Madrid, 1958, BAC, 383-384).

No nos quedemos en Israel.

¡Ay de ti, Occidente desarraigado!

¡Pobre España! ¡Qué patético haber llegado la última a la “modernez” y querer recuperar el “tiempo perdido”!

¡Desolación y miseria ver cómo las viejas generaciones envidian a las jóvenes su carencia de sentimientos y su falta de moral y lamentan no haber sido como ellas!

Decía R. Girard que en esta época terminal apenas hay intervalo entre pecado y expiación. ¡Cuánto menos en el caso de los «impíos en paz»!

Pone la Escritura en boca de Dios la expresión “Mi siervo Nabucodonosor” u otras similares. ¿De quién se sirve el Señor en esta hora?


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