DE LA INTELIGENCIA SENTIENTE Y LA VOLUNTAD APETENTE



2 de sep. de 2007

Es un hecho que, durante la vida terrestre, el intelecto humano va unido a los sentidos, de manera que, a partir del «hic et nunc», es capaz de «situarse» mediante la abstracción en el no-espacio y el no-tiempo.

El ser humano, mientras dura su vida, se mueve simultáneamente en dos niveles: el espacio-temporal, según el cual su atención se desplaza de un lado a otro y de un instante a otro, y el inespacial-intemporal, que no implica desplazamiento en ningún sentido (por ejemplo, la idea de «animal» es indiferente al espacio y al tiempo).

Ahora bien, es la sensibilidad la que «arrastra» al intelecto, de por sí inespacial e intemporal, y le hace participar del espacio y del tiempo.

Así, la existencia humana implica una intelectualización de los sentidos y una sensibilización del intelecto. De este modo, el intelecto se enfrenta con el aquí y el ahora, con la vocación de llevarlo al no-espacio y el no-tiempo.

A medida que transcurre la vida, el ser humano va pasando de un estar centrado en el espacio-tiempo a una vivencia cada vez más intensa del no-espacio y el no-tiempo. Eso sí, semejante tránsito, al margen de la muerte, solo conduciría a una obnubilación cada vez mayor.

Análogamente y durante la vida terrestre, la voluntad humana va unida a los impulsos o apetitos irracionales, de modo que, a partir del apetito, marcado por el espacio y el tiempo, la voluntad se fija metas que trascienden el espacio-tiempo, ya que opera según valores, de por sí inespaciales e intemporales.

Como en el caso anterior, son los apetitos, impulsos o inclinaciones los que «arrastran» a la voluntad y la colocan ante opciones, valores e ideales inespaciales e intemporales. De ahí la importancia de la astrología, que describe como ningún otro saber dichos condicionamientos o inclinaciones.

¿En qué consiste entonces el llevar a la «práctica» un ideal? En obrar de tal modo que el ideal, norma o valor en cuestión quede plasmado en una situación concreta, por tanto, espacial y temporal.

Y, como en el caso anterior, el transcurso de la vida supone el tránsito de un estar centrado en las inclinaciones a una experiencia cada vez más intensa de los valores, inespaciales e intemporales. Pero solo la muerte, recapitulación y culminación final del espacio-tiempo en el no-espacio y no-tiempo, puede poner las cosas en su sitio.

¿Por qué es necesaria? Porque, inevitablemente, la deriva introducida por el pecado original nos llevaría a una desviación siempre mayor del «origen», no solo en el ámbito corpóreo, sino también en el espiritual.


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