EL PARADIGMA DE MARÍA (II)
4 de ago. de 2007
1. La Mujer y el Dragón
Para entender la relación de María con nuestro tiempo, conviene leer el capítulo XII del Apocalipsis, a propósito del cual Balthasar aborda la conocida tipología Israel-María-Iglesia, siempre presente en la tradición cristiana y siempre necesitada de nuevos desarrollos
La “mujer vestida de sol” es, ante todo, Israel, el pueblo de Dios, que padece dolores de parto para dar a luz al Mesías. A ellos se asocia el temor al Dragón con sus siete bocas abiertas de par en par para “devorar al Niño en cuanto nazca”.
Ahora bien, la experiencia de Israel se compendia en la persona de María, que dio a luz al Mesías en la carne y padeció junto con él su destino hasta la crucifixión, resurrección y ascensión al trono de Dios. Un punto sobre el que conviene reflexionar para comprender el carácter arquetípico de la figura de María para todo cristiano.
De ella se dice, en primer lugar, que “huyó al desierto”, en donde tiene un sitio preparado por Dios. A continuación (y esta observación es decisiva para entender la entera tipología y su despliegue en el tiempo de la historia) se nos describe en el cielo una batalla decisiva: tras la exaltación del Mesías, Miguel y sus ángeles luchan contra “el Dragón y sus secuaces” y éste es arrojado a la tierra. El cielo se llena de júbilo, pero ¡ay de la tierra!, pues el Diablo ha bajado a ella con gran furor, sabiendo que dispone de poco tiempo. Y nuestro autor sitúa aquí la lucha de Miguel y sus ángeles contra “el Dragón y sus secuaces” en su justo contexto, como el exordio del intervalo entre la resurrección y exaltación de Cristo y el fin del mundo.
Entonces se enfrentan de nuevo el Dragón y la Mujer. La acción se sitúa ahora en el tiempo posterior a Cristo, que en el Apocalipsis se mide siempre con la misma medida: “1260 días”, “42 meses” o “un tiempo, más dos tiempos, más medio tiempo”, es decir, un tiempo que a los hombres les parece doblemente largo, pero que se reduce a favor de los elegidos. Una medida que Balthasar no toma en sentido literal, es decir, como el intervalo en el que el poder del mal deviene particularmente asfixiante, sino extendiéndola a todo el tiempo posterior a Cristo, una interpretación que no parece tener en cuenta las diferentes épocas del Apocalipsis y, por tanto, de la historia de la Iglesia.
Se trata, según nuestro autor, del tiempo en que vivimos, en el que también vive la Mujer, que era Israel, que fue María y que hoy se ha convertido en la Iglesia, la Madre de los hermanos de Jesús, pues no en vano se dice en el Apocalipsis que el Dragón, en su furia contra la Mujer, hace la guerra al resto de sus descendientes, que guardan los mandamientos de Jesús y mantienen su testimonio. Una acción que el Apocalipsis describe en sus diversas etapas, en consonancia con el simbolismo del número siete, ya sea referido a las iglesias, a los sellos y a los demás temas.
“A la Mujer se le dieron las dos alas de la gran águila, las alas de Dios, para que volara al desierto”, a un lugar donde, a salvo de la Serpiente, fuese alimentada a lo largo de toda la historia. Semejante seguridad es precaria, pues la Serpiente arroja de su boca un río de agua con el fin de arrastrarla. Pero la tierra viene en ayuda de la Mujer y engulle el río que la Serpiente había arrojado de su boca.
Y aquí se describe el modo como había actuado Dios con Israel, al que protege “como el águila a su nidada” y al que condujo al “desierto”, alimentándolo de modo maravilloso, como ahora alimenta a la Iglesia en el “desierto”, el “lugar seguro”, manteniéndola a salvo de los ataques del Dragón.
Y Balthasar glosa algunos aspectos del simbolismo del “desierto”, no por conocido en la tradición cristiana menos necesitado de nuevos enriquecimientos hermenéuticos, especialmente en el sentido de “lugar seguro” con que aparece aquí. En efecto, el sentido de “despojamiento” o “renuncia” que comúnmente se le asocia puede ser completado mediante el de “distancia” o “separación” protectora o salvífica. Interpretación que resulta muy clarificadora cuando se la refiere a la Iglesia en medio del mundo en todas las épocas de su historia y, especialmente, conforme avanzamos hacia el corazón de las profecías.
La Iglesia es, pues, una existencia situada entre el ataque del Dragón y el cuidado del cielo, la “tierra prometida” que no podrá alcanzar hasta el fin del mundo. La Iglesia no es una entidad distinta de sus hijos: vive en ellos, así como sus hijos viven en y por ella.
Por eso su destino es el de ellos: expuestos a la ira de la Serpiente y protegidos por Dios en el combate. Como dice san Pedro: “Hermanos: vigilad y orad, porque vuestro enemigo el Diablo, como león rugiente, da vueltas en derredor vuestro buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe”. Y san Pablo: “Pues nuestro combate no es contra la carne y la sangre, sino contra los dominadores de este mundo tenebroso”.
Se trata de una guerra sin cuartel, en la que la Iglesia no puede alcanzar la victoria definitiva en este mundo, sino más allá de él. Entretanto, el “desierto” es su “tierra prometida”, el lugar en que está a salvo hasta el fin de la historia. Por eso nuestro autor establece una acertada analogía entre el desierto espacial que el pueblo de Israel tuvo que atravesar hasta alcanzar la “tierra prometida” y el desierto existencial por el que ha de pasar la Iglesia hasta el fin del mundo.
2. Vomitada y alimentada
María, la “Iglesia Madre” y la “Madre de la Iglesia” ha vivido ya anticipadamente todas las situaciones por las que tendrán que pasar sus hijos: la debilidad, el desprecio, el ser considerada como la escoria del mundo, el destierro, y todo ello sin desesperar jamás, sin sentirse nunca abandonada ni aniquilada. Y, a continuación, nuestro autor desarrolla brevemente los acontecimientos fundamentales de la vida de María, incidiendo en el núcleo de sus experiencias y ofreciéndolas a la reflexión cristiana como otros tantos modelos de lo que debe ser una existencia basada en la fe.
¿Qué pudo suponer para ella el que su embarazo, de cuya causa nada dijo, se hiciera público en la vecindad? Acontecimiento del que tampoco José podía ofrecer explicaciones tranquilizadoras, ni siquiera cuando se ofreció a ser el padre adoptivo del niño que iba a nacer. No hablemos de los “días de la purificación” que la Ley de Moisés prescribía, ni del recelo que María habría de experimentar a partir de entonces y durante gran parte de su vida por parte de la gente.
Tras el comienzo de la actividad pública de Jesús, María tuvo que convivir estrechamente con sus parientes, que no creían en él y que lo incitaban a realizar milagros en público o incluso llegaron a declararlo loco. ¿Qué pudo suponer para María el que Jesús no le hiciese caso cuando fue a verlo acompañada de sus parientes?
¿Cómo la sostuvo el Espíritu Santo en medio de tantas pruebas, sobre todo en la noche de los sentidos y del espíritu y en la pura fe desnuda que la dispone para asistir a la tragedia de la crucifixión de su hijo?
Es verdad que conoció los gozos de una madre con su niño: lo hemos visto representado en miles de cuadros. Pero ¿quién ha pintado los interminables días que pasó en medio de la angustia y el temor? Le habían hablado de la “espada que atravesaría su corazón”, pero no de la índole concreta de sus sufrimientos. Y es que la existencia cristiana no es simplemente la “particularización” de una comprensión “esencial” y “espiritual” de la vida: supone una encarnación real en el mundo, arrostrando todos los riesgos de nuestra condición corpórea.
Ni María ni José entienden por qué el Niño a los doce años les dice que “ha de ocuparse de las cosas de su Padre”. Y aunque María “meditaba en su corazón” todo lo que se había dicho de su hijo, sigue sin entenderlo. Y es que de la misma manera que Jesús no anticipa en el Espíritu los aspectos concretos de su misión, sino que se deja adoctrinar día a día por el Padre, tampoco María conocerá las circunstancias concretas de su futuro, un tema en el que la teología nunca insistirá bastante si es que quiere comprender realmente el papel ejemplar de la Virgen.
Por eso María, llevando a su plenitud la fe de Abraham, vive la limpieza de corazón y la pobreza de espíritu que le permitirán mañana contemplar a Dios y vivir su Reino. Por eso, ni siquiera en el cielo se imagina uno a María anticipando a los cristianos las circunstancias del futuro (a diferencia de lo que nos muestran las apariciones, por ejemplo, la “conversión de Rusia”-declara sorprendentemente nuestro autor).
No podemos entrar aquí en una consideración lo suficientemente amplia de esta cuestión. Eso sí, de un lado, comprendemos que existe una “lógica” en la existencia terrena de la Virgen, de acuerdo con la cual resulta difícil comprender determinados extremos de tal o cual mensaje mariano; de otro, nuestro conocimiento de semejante “lógica” no puede ser tan preciso como para excluir tales extremos, por lo demás suficientemente acreditados por los videntes.
Y concluye Balthasar diciendo que, de un modo análogo, el lugar propio de la Iglesia es el desierto, al que Dios la conduce en sus alas de águila y en el que es mantenida a salvo de los permanentes ataques del Dragón. Con eso le basta.
3. La guerra contra los hijos de la Mujer
Los hijos de la Mujer se distinguen porque “guardan los mandamientos de Dios y la fe en Jesús con paciente constancia” (Ap 14,12). Son las únicas armas con las que pelean los cristianos, armas que Pablo especifica en Efesios 6, 13-18: verdad, disponibilidad para anunciar el Evangelio, fe, esperanza, la espada de la Palabra de Dios, la oración constante. De ellas y no de otras han de servirse para llevar el Evangelio a todos los pueblos, conforme al mandato del Señor, pues, a lo largo de la historia, el Logos cabalga a la batalla con su “manto empapado en sangre” (Ap 19, 11-16), seguido de sus “llamados elegidos y fieles” (Ap 17,14) y sin otras armas que las antedichas. De las cuales la más aguda es la espada de doble filo que sale de la boca del Verbo de Dios y que penetra hasta lo más íntimo, separando (Hebreos 4,12 ss): sí o no.
Los hijos de la Mujer luchan- observa nuestro autor- pero la Mujer, aunque perseguida, no. El poder de la Serpiente puede violentar a los hijos de esta Iglesia-Mujer, de esta Iglesia mariana, pero no a ella misma: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. Está resguardada “en el lugar preparado para ella por Dios”.
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