«LA BARAJA SE HA VUELTO ASES»


20 de jul. de 2007

En todos los relatos sobre la creación del mundo se habla de un «caos primordial», de un desorden previo a la existencia del mundo. Es la voluntad divina la que establece el orden: «El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas. Y dijo Dios: «Hágase la luz», y la luz se hizo». Y es sabido que, en griego, la palabra «kósmos» («mundo») significa precisamente «orden», una realidad compuesta de partes diferentes que, no obstante, están en equilibrio y tienden a una meta común.

Las épocas armónicas de la historia se caracterizan por el mantenimiento de un orden duradero (dentro, claro está, de lo que cabe en un mundo «caído», degradado), que no puede basarse sino en la correcta interacción de los diferentes polos sobre los que se asienta la existencia.

Pues bien, el tradicional proverbio que sirve de encabezamiento a mi artículo y que alude a un estado de cosas extremo en el que nada está en su sitio parece tener plena aplicación en nuestra sociedad: las naturales diferencias entre hombre y mujer, joven y anciano, padre e hijo, aprendiz y maestro, etc., tienden a desaparecer, lo que provoca un auténtico caos social. Varios pensadores lo anticiparon en su día.

Así, intentaba Ortega y Gasset formular un diagnóstico de la enfermedad de su tiempo y decía: «Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa». Es como afirmar que estamos desorientados, o sea, «sin Oriente» al que referirnos. Su célebre libro, «La rebelión de las masas», concreta ampliamente el diagnóstico, señalando cómo la pérdida de valores acompaña a la masificación social: adoctrinado por los falsos intelectuales y abandonado por quienes debían educarlo, el pueblo ha dejado de ser tal y se ha convertido en «masa», en ser anónimo, incontrolado e irresponsable.

Por su parte, René Guénon explicaba la crisis del mundo moderno como la antesala de un estado terminal de descomposición, que se distinguiría por la disolución de todo orden. De ser el custodio fiel de las tradiciones y de los valores sobre los que se fundamenta la vida, el pueblo se ha degradado en ser sin nombre. Y si en el pasado fue un baluarte frente a la decadencia de los dirigentes o una isla incontaminada por la epidemia de la corrupción, no ocurre lo mismo en la actualidad.

Y Raymond Abellio aludía a la segunda Ley de la Termodinámica, el «principio de entropía»: la diferencia de potencial entre los diferentes estados es lo que hace posible la existencia del mundo; pero aquella diferencia tiende a anularse, de manera que, cuando desaparece la diferencia de nivel entre los «vasos comunicantes», acontece lo que se llama la «muerte térmica», el colapso final del mundo material. De un modo semejante, hay lo que se denomina «entropía social», tendencia a la nivelación general de los polos sociales. Pero nivelación por abajo, no por arriba. Y así, por ejemplo, la nivelación cultural consigue que «todo el mundo sepa lo mismo», es decir, lo mínimo o casi nada.

Poco hay que añadir a los anteriores diagnósticos. Tan sólo una anécdota: en el curso de una visita a un Centro de enseñanza, el ministro de Educación interroga a una alumna sobre un tema concreto. Contestación de la alumna: «A mí no me pregunte; yo soy de la E.S.O.». Y una constatación: en semejante contexto social no es de extrañar que la «cuota de pantalla» de un programa televisivo crezca en razón directa de su vulgaridad.

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