EL PARADIGMA DE MARÍA (EN TORNO A «MARÍA HOY» DE BALTHASAR) (I)
14 de jul. de 2007
I.INTRODUCCIÓN
En el citado opúsculo, el teólogo Hans Urs von Balthasar aborda en su esencialidad una serie de cuestiones clave para un renovado encuentro con la figura de María. Aludiendo a la encíclica “Redemptoris Mater”, de Juan Pablo II, a la que considera una obra maestra (no en vano ha contribuido a hacer más próxima a nosotros la Madre de Dios), empieza por subrayar algunos de sus puntos fundamentales.
En primer lugar, María fue una creyente como nosotros: creyó, contra toda verosimilitud, en la palabra de Dios comunicada por el ángel; creyó las palabras que su Hijo le espetó en el templo de Jerusalén ya a los doce años tras haberlo buscado angustiosamente; creyó a su Hijo cuando éste puso por encima de los vínculos de familiaridad física los de la pertenencia al reino de Dios; creyó a su Hijo cuando, al pie de la Cruz, le confió la Iglesia de los pecadores en la persona de Juan.
Actos de fe que, como acertadamente subraya Balthasar, entrañaban gran dificultad e iban contra toda evidencia, algo que, con frecuencia, olvidamos al identificar a María con un puro arquetipo sustraído a toda referencia terrestre.
Vivir la fe parece hoy más difícil que en otras épocas, en las que existía un contexto sociológicamente cristiano. Pero, bien miradas las circunstancias, para María creer fue tanto o más difícil que para nosotros. Por eso y como explica el Papa, ella es un modelo para la Iglesia de todas las épocas, a la vez que una ayuda para todo cristiano.
Señala nuestro autor que aun cuando solo ella engendró físicamente al Salvador, también nosotros estamos llamados a dar vida a Cristo en esta sociedad descreída mediante nuestro testimonio. De no ser por el esfuerzo fecundo de hombres y mujeres por perpetuar la fe vivida, hace tiempo que ésta hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Y, puesto que hablamos de María, nuestra reflexión se ve inmediatamente centrada en el esfuerzo de la mujer del capítulo XII del Apocalipsis, que grita por los dolores del parto para dar a luz al “niño” del cristianismo.
En este trance toda la Iglesia es mariana, de manera que nos encontramos ya en el centro de las demandas más importantes de la cultura actual, en la que la lógica equiparación de la dignidad de la mujer con la del hombre suele malinterpretarse en el sentido de una nivelación indebida de sus respectivos modos de ser. Y es que, como señala acertadamente Balthasar, sería absurdo buscar una definición neutra y asexuada del ente humano, una proclividad tan característica de la cultura convencional.
De ahí que la Iglesia pueda ser un modelo iluminador para la cultura en general. Cristo, el Hombre-Dios, es el fundador de la Iglesia, y en esta su fundación dos personas revisten una importancia decisiva: María y Pedro. La primera, en cuanto exenta de pecado, es la figura central de la Iglesia, ya que, como se dice en Efesios 5,27, esta última es inmaculada; el segundo, en cuanto cabeza de la Iglesia, ha recibido de Cristo sobre la base de su fe y a pesar de su traición, los plenos poderes de gobierno. Por dignidad, María se encuentra por encima de Pedro y es la Iglesia sin mancha, frente al “siervo de los siervos de Dios”, un pecador entre pecadores. Por eso es sensato –dice Balthasar-que los últimos papas hayan hablado de la Virgen con reverencia y confianza.
Por otra parte, nuestro autor no pretende, como es natural, situar en el mismo plano la unicidad y santidad de María y el fundamento femenino de la cultura humana. No obstante, reconoce un punto de comparación: nuestra cultura, demasiado centrada en el varón, olvida continuamente su deuda con la mujer , aunque, a título individual, cada hombre esté dispuesto a reconocer cuánto debe a la mujer, sea ésta madre o esposa.
Pero no es solo la orientación machista lo que determina el presente estado de cosas. También el moderno feminismo se rebela contra el “Génesis” ,en el que se dice que la mujer fue formada de la “costilla” del varón y dada a éste como “ayuda”. Una interpretación que pasa por alto lo que allí se afirma del varón como ser incompleto, una condición que, a poco que reflexionemos, se manifiesta en todos los órdenes de la vida, ya sea el físico, el psíquico o el espiritual.
A nuestro entender, la psicología profunda ha planteado con no poca radicalidad los problemas relativos a la estructuración de la polaridad masculino-femenino y a traer a la superficie aspectos olvidados de la misma o insuficientemente explicitados. Por eso hay en ella elementos aprovechables para la reflexión teológica. Sin embargo, aun en autores tan lúcidos como Jung se echa de menos un planteamiento que integre la unicidad e irrepetibilidad de la persona con la reflexión sobre el arquetipo.
Por eso y como observa Balthasar, se hace necesario que la Iglesia aparezca como modelo existencial: por insustituible que sea el papel de Pedro para la Iglesia, tanto o más lo es el de María, pues sin ella no existirían ni Cristo, ni su Cuerpo Místico, la Iglesia.
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