A PROPÓSITO DE LA ESTRUCTURA DEL ENTE HUMANO EN J.G. BARDET
18 de jun. de 2007
En su obra «Le Trésor Secret d´Ishraël», nuestro autor presenta la
Estructura Trinitaria tal como viene expresada por el Tetragrama YHWH
(Iod-He-Vau-He, estructura circular en la que Iod es el «Padre»; Vau, el
«Hijo», y ambas He, el «Espíritu Santo»), que primero se expande en YHWVH
(Iod-He-Váu-Vau-He; es decir, la Vau primitiva adquiere una doble
pronunciación, vocálica y consonántica, que anticipa en el ámbito divino la
doble naturaleza del «Hijo»), y luego en YHShWH (Iod-He-Schin-Vau-He,
a saber, el Nombre de Jesús, el llamado Pentagrama, que expresa la encarnación
efectiva del «Hijo», pues sólo se diferencia del Tetragrama en una letra, la
Schin; de ahí que Bardet la considere como el símbolo de la «naturaleza» humana
inserta en el Nombre divino). Pues todo va por parejas o complementariedades,
lo cual nada tiene que ver con una simple duplicación, ni con una división.
Si el hebreo insiste ante todo en la complementariedad «carne» (BShR:
Beth-Schin-Resch)+ «espíritu» (RWJ: Resch-Váu-Jeth)=43+34=77, número del
«perdón»), la Thorah precisa, sin embargo (Levítico 17,11) que «el alma (NPhSh:
Nun-Phe-Schin) de la carne (BShR: Beth-Schin-Resch) está en la sangre (DM:
Dáleth-Mem final)». Este «alma» no es otra cosa que el principio vital, la
«psijé» de los griegos, que no hay que confundir con el «pneuma», el
«espíritu», la RWJ.
Ahora bien, las nociones hebreas no corresponden con exactitud a nuestro
lenguaje actual, aunque las iniciales (pi, de «pneuma» y psi, de «psijé»)
guarden una filiación morfológica con las letras He y Schin respectivamente: la
pi griega proviene de la He hebrea, que designa el Espíritu divino; la psi, en
cambio, viene de la Schin, la «naturaleza» humana.
El «pneuma» es nuestro espíritu inmaterial, el que aporta su estructura al
cuerpo y garantiza la permanencia de su forma in-dividual, in-divisible,
mientras que la vida sensible e inconsciente procede de la «psique». Por
definición, el cuerpo no puede existir sin el «pneuma», que es el campo en que
se bañan sus diferentes vidas (el vocablo «vidas», en hebreo JYM, es decir,
Jeth-Iod-Mem final, tiene el mismo valor numérico que «Elohim», ELHYM,
Alef-Lámed-He-Iod-Mem final, 52, como para subrayar la interconexión de las
«vidas», que emanan de «Elohim»).
La «psique», sin embargo, puede abandonar provisionalmente el cuerpo o
quedar «suspendida», por ejemplo, por causas tan diferentes como un síncope o
un cierto tipo de éxtasis, de manera que el cuerpo quedaría como en
hibernación, con las funciones vegetativas al «ralenti».
La «psique» (NPhSh: Nun-Phe-Schin, de idéntico valor numérico, 52) es,
pues, el vínculo entre los diferentes niveles vitales. A través de ella se
expresan los actos intelectuales y libres de nuestro «pneuma», creado a imagen
de Dios. Y, aparte de asegurar al nivel vegetativo la continuidad necesaria a
la carne, puede continuar entreteniendo la vida, ya sea en el caso de las almas
separadas tras la muerte, ya sea con ocasión de un desdoblamiento. Queda por
saber si en el doble, que se parece más a una nube electrónica que al cuerpo
denso, permanece siempre la envoltura de la «psique» hasta la resurrección. En
todo caso, para los hebreos, esta envoltura («vaina», «germen», etc.) es
indestructible.
Si, entre los antiguos era familiar el conocimiento experimental de la
«psique», dentro o fuera del cuerpo, la persecución moderna de los místicos, la
influencia de la filosofía de las «Luces» (que pone «Lucifer» donde debería de
poner «Lucífugo») y el cartesianismo impusieron la dualidad «alma»-«cuerpo», y
así el maniqueísmo destructor se instaló en Occidente.
Al suprimir toda unión entre el pneuma (aquí llamado «alma») y el cuerpo, Descartes
ha suprimido la psique. Y, puesto que espíritu y cuerpo ya no están unidos
por el psiquismo, los sentidos sólo tienen ya un papel accidental, el de elegir
entre las diversas combinaciones ideales, igualmente posibles, y mostrarnos la
que de hecho ha sido realizada.
Frente a ello, nuestro autor reivindica la experiencia en su integralidad:
sólo ella nos permitirá distinguir lo excepcional, lo extraordinario en sentido
estricto, que dice relación al «pneuma», de lo que pertenece al ámbito de la
«psique», evitando así confusiones como la de C.G.Jung, que nombra a la
«psique» y al «alma-pneuma» con el mismo vocablo, «Seele».
Los ocultistas modernos proponen dos estructuraciones del hombre. En un
caso se habla de 7 elementos; en el otro, de 9. Toman como elementos distintos
los aspectos de una sola y misma cosa. Es como si habláramos de tres almas:
espiritual, sensible y vegetativa.
La experiencia nos dice que el ente humano consta de un «alma» dual y de un
«cuerpo» igualmente dual. Ahora bien, si es posible separar la «psique»
sensible del «cuerpo» denso, no ocurre lo mismo con el «pneuma», imposible de
separar de la «psique» ni del «cuerpo». Sólo puede haber separación (temporal,
por desdoblamiento) entre lo psíquico y lo vegetativo. Tenemos, pues, 4
factores, que bastan para dar cumplida explicación del ente humano.
Comparemos ahora la naturaleza humana con la divina, nombrada por el
Tetragrama. Si ésta última se expresa mediante un círculo, no se puede decir lo
mismo de aquélla. El «ouróboros», el «dragón que se muerde la cola» de los
hermetistas no es más que una caricatura del círculo tetragrámico.
El grafismo excepcional de la letra Schin, símbolo de la naturaleza humana
y que está formado por tres Váu unidas por la base, la del centro coronada por
un punto, nos indica la posición de los 4 factores que entran en la
constitución del hombre: el punto es el «pneuma», que se sitúa en el vértice
superior de un triángulo equilátero cuyo vértice derecho es el «cuerpo» denso,
mientras que el izquierdo está ocupado por el doble, en tanto que la «psique»
sería el punto medio de la base y, con el «pneuma», dibujaría la apotema.
No se trata, pues, de un simple esquema triangular, pues hay 4 factores, de
los cuales uno (el cuerpo) puede ser separado para ser sustituido por el
«cuerpo glorioso». Y, como decíamos más arriba, el doble, con la «psique», puede
separarse temporalmente del cuerpo, sin que éste muera por ello, ya que
continúa siempre «informado» por el «pneuma».
Hasta aquí la exposición casi literal del pensamiento de Bardet. Veamos
hasta dónde llega el paralelismo con el círculo del Tetragrama.Si en la esfera
divina nos encontramos con dos dualidades, el bipolo (Padre-Hijo) y el «doble»
Espíritu Santo,la pareja espíritu-cuerpo será análoga a Padre-Hijo, mientras
que la otra, alma-doble, lo será al Espíritu dual. Con la diferencia de que los
polos divinos son eternos, en tanto que los humanos son: el espíritu, el alma y
el doble, inmortales; mortal, el cuerpo, que habrá de ser transformado en
cuerpo glorioso. Por lo demás, en lugar de la representación triangular de la
que habla Bardet, quizá sería más idóneo utilizar el esquema cruciforme, de
manera que la vertical, a imagen del bipolo Padre-Hijo, estaría ocupada por la
pareja espíritu-cuerpo, en tanto que la horizontal sería formada por el par
alma-doble, a imagen del Espíritu Santo.
¿Podría utilizarse la visión astrológica basada en los ejes Tierra/Sol y
Luna-Sol para explicar semejante estructura cruciforme? Parece que sí, puesto
que el alma es como la Luna, en contacto con los planos solar y terrestre. En
cuanto a la dualidad cuerpo-doble, se expresaría mediante el contacto
Luna/Tierra. Y es que, en definitiva, el doble sería algo así como aquella
parte del alma que, en contacto con el cuerpo, lo sostiene con la fuerza que
ella recibe del espíritu.
Lo que, astrológicamente equivaldría a los ejes eclíptica-ecuador y
órbita lunar-eclíptica. Y, de este modo, 0º Aries sería como el cuerpo
glorioso; 0º Libra, como el cuerpo mortal; el nodo ascendente, como el alma; y
el nodo descendente, como el doble.
En efecto, el cuerpo se parece al Hijo (que muere y resucita); el espíritu,
al Padre; el doble, al Espíritu que va del Padre al Hijo; y el alma, al
Espíritu que va del Hijo al Padre.
También se pueden establecer las analogías siguientes:
cuerpo-ecuador/espíritu-eclíptica/alma-0º Aries/doble-0º Libra (en el
microcosmos, es decir, en la esfera local se podría hablar de:
cuerpo-horizonte/espíritu-eclíptica/alma-ASC/doble-DSC. Y si los puntos de
contacto definen el plano del alma, cabe especificar todavía más y aplicar la
estructuración al eje nodal: alma-órbita lunar/espíritu-eclíptica/»alma» del
alma-nodo ascendente/»doble» del alma-nodo descendente. En efecto, pues entre
cuerpo y espíritu la mediadora es el alma.
Según eso, el eje equinoccial es el del alma-doble, y el nodal el del
«alma-doble» del alma-doble.
O también: las relaciones entre ecuador y eclíptica representarán los
vínculos directos entre cuerpo y espíritu. ¿Y las existentes entre órbita lunar
y eclíptica? Los vínculos directos entre alma y espíritu. ¿Y entre los nodos
terrestres y los lunares? Los indirectos.
Otro esquema: espíritu (inmaterial)/cuerpo (material)/alma (intermediario
superior entre espíritu y cuerpo) / doble (intermedio inferior). Lo importante
es saber que un círculo, de por sí sin principio ni fin, se individualiza
por el contacto con otro círculo (ejemplo, el del espíritu por el de la
materia).
¿Cómo pasar de la universalidad del espíritu a la concreción del cuerpo? A
través de la individualidad del alma, de la llamada personalidad. Sustancia
primera como sujeto no predicable. De no existir el sujeto no habría
posibilidad de atribución. «Quiddidad» o «talidad» como «haecceitas» de un
espíritu. ¿Está individualizado el espíritu antes de unirse al cuerpo? Sí,
aunque carezca de materia.
Decíamos, pues, que el círculo del espíritu se individualiza a través de
sus puntos de contacto con el del cuerpo. Esa individualización se
manifiesta sobre todo en 0º Aries y 0º Libra (o ASC y DSC en el microcosmos) y,
por derivación, en las casas. De ahí la importancia del tema astral, pues personaliza
al espíritu (y, naturalmente, al cuerpo) a través del alma y del doble.
La primera es la expresión superior; la segunda, la expresión inferior. Y lo
mismo puede afirmarse de la relación espíritu-alma cuando se la representa por
la interacción de eclíptica y órbita lunar. Por lo demás, dicho planteamiento
toma la Luna como punto de referencia y la considera como la contrapartida del
Sol. Si decidiéramos llamar alma a la Luna, tendríamos que considerar los
puntos de contacto entre eclíptica y ecuador (u horizonte, en el caso del
microcosmos) como individualización del alma a partir del espíritu.
Por otra parte, si Sol y Luna son los dos polos de cuya fusión «resulta» la
Tierra (ya que Sol: Tierra::Tierra:Luna), parece lógico deducir del esquema de las
interacciones Sol/Luna el de las interacciones Tierra/Luna, situando en
concreto a la Tierra en oposición al Sol, pues la eclíptica es a la vez la
trayectoria solar y la terrestre, según se mire. Tendremos así, junto a los
nodos solilunares, los terrilunares, que ocupan idéntica posición en el
Zodíaco, pero referida a la Tierra, que se sitúa en oposición al Sol. ¿Se
podría hablar del eje solilunar como el del alma en su doble función
interiorizadora y exteriorizadora, y del eje terrilunar como el del doble en
una doble función semejante? En tal caso, los nodos terrisolares representarían
el doble contacto (activo y pasivo) espíritu-cuerpo. Ahora bien, parece que
dichos nodos, de naturaleza a la vez corpórea y espiritual pueden representar
muy bien la índole del alma y del doble, en su dimensión intermediaria, de
manera que entonces «sobrarían», por así decirlo, los nodos lunisolares. No es
así, ya que los nodos terrisolares, a pesar de su índole intermediaria, no
deberían identificarse con alma y doble, sino con los vínculos que mantienen
unidos a espíritu y cuerpo. Y, en lo que se refiere a los terrilunares,
surgirían como una necesidad de simetría derivada de la ecuación anterior
(Sol:Tierra::Tierra:Luna), de manera que la relación cuerpo-alma constituiría
una inversión de la otra, espíritu-cuerpo (considerar la posición de la Tierra
en oposición con la del Sol, como dijimos más arriba). Y la razón entre el año
solar y el lunar es de 13,36 (365,25 frente a 27,321 días, si contamos el mes
lunar sideral, y de 13, si contamos un mes de 28 días). Así, pues, hay tres
niveles de realidad:
cuerpo-espíritu…….1 año= 365,25 días.
cuerpo-alma………..1 mes= 28 días (ó 27,321)
cuerpo-cuerpo………1 día.
De donde resulta la relación
alma-espíritu………1/13 (y «13 es como 1»).
El alma no puede identificarse, pues, con los nodos terrisolares, sino que
lleva un ritmo más rápido, ligado a la Luna, que es como la «Tierra de la
Tierra». De ahí su capacidad dinamizadora.
Y, por consiguiente, tendremos:
1) nodos terrisolares………intermediarios entre espíritu y cuerpo (por tanto,
las dos posibilidades del cuerpo superior, del «doble»?).
2) nodos lunisolares……….id. entre alma y espíritu y entre alma y cuerpo (en
el primer caso, se puede hablar de las dos posibilidades del alma
superior; en el segundo, de las dos posibilidades del alma inferior,
referidas siempre a la posición de la Tierra, opuesta a la del Sol).
3) Sin olvidar nunca que el ciclo de referencia al espíritu es de 1 año y
el de referencia al alma, de 1 mes lunar, comoquiera que lo contemos (de 28 ó
de 27,321 días).
El alma (Luna) es, pues, mediadora entre el espíritu (Sol) y el cuerpo
(Tierra), ya que, al girar en torno a ésta, constituye algo así como su
«antena», que particulariza y concreta las influencias solares, dividiéndolas
en fases, de manera que la influencia global espíritu-cuerpo (1 año) queda
fragmentada a través de la que se da entre espíritu y alma (1 año distribuido
en 13 meses lunares) y entre alma y cuerpo (1 mes). Y así, 13 meses de 28 días
forman 1 año. Por tanto, la rotación de la Tierra sobre sí misma es la
revolución del cuerpo en torno a sí mismo; el periodo de 28 días señala la
condición del alma en su giro alrededor de la Tierra (o viceversa); y en 13 de
estos periodos se produce el giro del alma (Luna) en torno del espíritu (Sol).
¿Puede el doble asociarse al alma, de manera que esté regido por el ciclo
de ésta, o está vinculado directamente al espíritu? Parece más lógico esto
último, ya que el doble está destinado a servir de «cimiento»
al cuerpo glorioso, y éste es el compañero natural del espíritu. En tal caso,
el alma estaría subordinada al cuerpo glorioso, aunque no tiene por qué
desaparecer en la resurrección, a no ser en sus funciones inferiores. Todo el
ser del hombre será asumido por el Espíritu, de manera que los niveles mineral,
vegetativo y animal quedarán sin efecto, y así funciones como el nacimiento,
crecimiento, reproducción, muerte, sensibilidad…desaparecerán. Lo
importante en la existencia gloriosa es la conservación de la
personalidad, que, astrológicamente, se manifiesta en los nodos
terrisolares y, a otro nivel, en los lunisolares.
Fenomenología de los componentes del ser humano
–Cuerpo:
en su relación con el espíritu: identidad (doble); 1 año.
en su relación con el alma: cambios (1 mes).
en su relación consigo mismo: cambios diarios (1 día).
–Alma:
en relación con el espíritu (1 año=13 meses).
« « « «cuerpo (1 día).
« « consigo misma (1 mes).
–Espíritu:
en relación con el alma (13 meses=1 año).
« « « » cuerpo (1 día).
« « consigo mismo (1 año).
El espíritu, como inmortal, es el más abarcante; el alma, como mediadora,
sigue la suerte del espíritu, al menos en sus funciones superiores. En cuanto
al cuerpo, su duración es la de la vida humana, aunque el doble no muera y
sobre él se construya el cuerpo glorioso.
En definitiva,
puesto que los tres están en el tiempo, cabe trasladar a la duración
«discreta» del inmortal la condición del alma, que introduce la «discreción» en
la continuidad del inmortal, así como la del doble, siempre en espera de la
resurrección del cuerpo.
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