DE LA PRESENCIA DIVINA (III)



1 de jun. de 2007

Decíamos en II que, en la actualidad y transcurrida la época de los grandes polemistas, que se servían de la razón para mostrar la presencia de Dios en el mundo, apenas les queda a los discípulos de Cristo otra instancia de convicción que el testimonio de vida.

Y es ese testimonio el que se impone al prójimo más allá de los argumentos racionales.

La dificultad para superar los límites culturales solo puede salvarse mediante el contacto sutil e inobjetivable entre las personas, cada una de las cuales es reflejo de Dios, de manera que la presencia divina se hace patente a través del respeto y del amor incipientes.

Semejante presencia representa, pues, un nivel superior al que nos ofrece la razón. Sin embargo, de no existir reciprocidad resulta incompleta. Y ésta última solo puede lograrse cuando ambas partes se remiten conscientemente a la imagen de Dios que ellas son.

De ahí las limitaciones del diálogo entre cristianos y no cristianos: puesto que su punto de partida no implica reciprocidad, tampoco puede abrirse plenamente a la presencia divina.

Para ello se necesita un diálogo» en el nombre de Cristo». Entonces se manifestará una presencia de rango más elevado.

Más allá de ella, la apertura de la comunión intersubjetiva a la Escritura proclamada en la liturgia eclesial hará posible una experiencia de Dios más profunda, solo superada por la que se nos ofrece en la Eucaristía.






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