PASCUA
7 de abr. de 2007
1. Por eso,
esta fiesta, que nosotros llamamos Pascua, los hebreos la nombran Phase, es
decir, paso, como lo indica el evangelio cuando dice: «Ante la fiesta de la
Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre» (Juan
13,1). Mas ¿a cuál de sus dos naturalezas estaba reservado este paso sino a la
nuestra, puesto que el Padre estaba inseparablemente en el Hijo, y el Hijo en
el Padre?
Sin embargo, no siendo el Verbo con su carne más
que una sola persona, la naturaleza asumida no está separada del que la asume,
y el honor debido al que va a ser levantado se dice que es un aumento para el
que levanta, según dice el Apóstol en el texto ya evocado: «Por lo cual Dios le
exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9).
Se trata aquí de la exaltación del hombre
asumido por el Verbo. Del mismo modo que la divinidad es inseparable de Él en
sus sufrimientos, así también Él es coeterno en la gloria divina.
El mismo Señor preparaba a sus fieles un paso
feliz para hacerles participar de su don inefable cuando en los instantes
próximos a la pasión suplicaba a su Padre no solo por sus apóstoles y
discípulos, sino por toda la Iglesia, de esta manera: «Pero no ruego solo por
éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno,
como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en
nosotros» (Jn 17, 20-21).
7. No podrán tener alguna parte en esta unidad
quienes niegan que la naturaleza humana permanece en el Hijo de Dios, que es
Dios verdadero. Por esta negación ellos se hacen los adversarios del misterio
de la salvación y se excluyen de la fiesta pascual. No pueden celebrarla con
nosotros, porque disienten del Evangelio y contradicen al símbolo. Aunque se
atreven a atribuirse el nombre de cristianos, sin embargo, son rechazados por
toda la creación, cuyo jefe es Cristo.
Vosotros, por el contrario, alegraos justamente
en esta solemnidad, y vuestro gozo es santo, pues no habéis consentido que
ninguna mentira se mezcle con la verdad, y por eso no experimentáis ninguna
duda ni con respecto al nacimiento de Cristo según la carne, ni con respecto a
su pasión y su muerte, ni tampoco con respecto a su resurrección corporal.
Pues, sin separación alguna de su divinidad,
reconocéis al verdadero Cristo en su nacimiento del seno de la Virgen,
verdadero sobre el madero de la cruz, verdadero en el sepulcro donde reposa su
carne, verdadero en la gloria de su resurrección, verdadero a la diestra de la
majestad paterna.
Por eso, como dice el Apóstol, «esperamos al
Salvador y Señor Jesucristo, que reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme
a su cuerpo glorioso» (Flp 3, 20-21), el cual vive y reina con el Padre y el
Espíritu santo por los siglos de los siglos. Amén.
(San León Magno, «Homilías sobre el año
litúrgico», Madrid, 1969, B.A.C., 301-302).
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