NOTAS SOBRE LA ESTÉTICA DE MIGUEL ESPINOSA: NO «ALGUIEN» SINO «ALGO»
14 de mar. de 2007
Las palabras que sirven de encabezamiento a estas líneas intentan reflejar lo que, a mi entender, es el nervio central de la estética de M. Espinosa.
Encubierto al principio, levemente mostrado a
medida que avanza la obra, manifiesto y desgarrador al término de la misma, el
conflicto entre la «conciencia narrativa» y la persona del autor acaba por
configurar su creación, dejando su impronta sobre ella y convirtiéndose en
destino para aquél, en una especie de «descenso a los infiernos» que es, a no
dudarlo, uno de los rasgos característicos de la estética espinosiana.
Si la categoría de un escritor se mide por la
autenticidad de su lenguaje, y ésta es inseparable de la capacidad para asumir
la tensión entre su propia vida y su obra llevándola hasta las últimas
consecuencias, M. Espinosa aceptó ese reto desde el primer momento.
Ello habría de llevarle a un combate sin cuartel
contra la propia individualidad, una lucha cuyo resultado no podía ser incierto
para aquellos que conocen, siquiera medianamente, los mecanismos del alma humana
y las leyes de la creación literaria: a medida que la obra, en su universalidad
y distanciamiento, quiere acoger en sí la irreductibilidad de la existencia,
provoca en la vida del escritor una reacción de signo contrario. Éste tiende a
desinteresarse de sí mismo y a perder importancia a los propios ojos y, por la
lógica interna de las cosas, concluye por ser devorado por su obra.
Semejante sacrificio del autor en aras de su
creación puede ser más o menos voluntariamente anhelado, pero resulta ineludible.
Y culmina en una transfiguración, en una superación de la individualidad, que,
de ser «alguien», pasa a ser «algo», una transformación que, en ocasiones (como
en el caso presente), puede adquirir ante las miradas superficiales la
apariencia de una autodestrucción, incluso física. Pero no anticipemos
conclusiones: antes de nada, veamos cómo se concreta esto en la obra de nuestro
autor.
Toda obra literaria, cuando es genuina, implica
un distanciamiento de la propia individualidad y circunstancia, una relativización
de lo inmediato cuyo aprendizaje no deja de ser lento y penoso. Si, en un
primer momento, tal alejamiento es, por así decirlo, metodológico, su propia
lógica interna terminará por convertirlo en poco menos que insalvable
separación, y la persona del escritor experimentará la división entre su
naturaleza profunda y su conciencia narrativa. Por eso, a medida que el autor
desarrolla la capacidad distanciadora y se sitúa por encima de su propia vida,
van abriéndose igualmente ante él abismos de los que hasta ahora permanecía
inconsciente.
La obra de M. Espinosa nos parece ejemplar a
este respecto, y el aprendizaje de la distancia que en ella se manifiesta viene
jalonado por una serie de etapas en las que el conflicto antes señalado deviene
cada vez más apremiante. Dos hitos fundamentales distinguiremos al respecto,
cuyo análisis somero abordamos a continuación.
El primero podría ser calificado de «mítico», en
la más rica acepción del término y viene representado por «Escuela de
mandarines». El segundo es indudablemente «teológico», como el propio autor
señala en el subtítulo de «La tríbada falsaria». Veamos cómo se articulan entre
sí ambos momentos y de qué naturaleza es el «sentir» estético que los
caracteriza.
El universo de «Escuela de mandarines» (Ed.
Libros de la Frontera, 1ª ed.) es un modo de realidad que se distingue por su
elevación sobre el hecho bruto, el puro acontecer. Pero no a la manera de quien
construye teorías y proyecta abstracciones para explicar los acontecimientos,
aceptando su pluralidad e intentando racionalizarlos (la ironía y el desprecio
que «La Vejez» muestra frente al «Gran Padre Mandarín», «Calificador de los
Sucesos» y «Razón Dialéctica» corrobora cuanto decimos, véanse pp. 63-73), sino
como una experiencia que, a la vez que sufre el hecho, lo trasciende y purifica
desde el arte.
Por eso el distanciamiento que recorre la obra
en modo alguno puede confundirse con el que distingue a la creación del
«genio», no ya en la acepción sarcástica del vocablo, sino incluso en el sentido
más riguroso del término, es decir, aquel autor cuya obra surge de y culmina en
la afirmación de una individualidad que trata de colocarse por encima de todo e
intenta ser y mostrarse como «alguien».
Nos enfrentamos más bien con un estilo que
tiende a relativizar la individualidad del escritor y contempla el mundo de una
manera imparcial y objetiva. Semejante imparcialidad no es algo así como el
estadio final de una génesis que tendría como punto de partida el ámbito de las
«Cosas primeras» y como término el de las «Cosas Últimas». Ello equivaldría a
confundir tal actitud con la «sabiduría» del «Gran Padre Mandarín», lo cual
sería un grave error. Y semejante hipótesis viene descartada en múltiples
pasajes de la obra (véase, por ejemplo, p. 78).
Por otra parte, la ecuanimidad de que hablamos
tampoco se identifica con la inocencia de las «Cosas Primeras». Supone, además,
una «experiencia» de la que aquéllas carecen (un concepto semejante encontramos
en William Blake, pero aquí es mero contrapunto de la «inocencia»).
En «Escuela de mandarines», la experiencia es
introducida por los demiurgos (81-102), lo cual le otorga un cierto talante
gnóstico: el «descenso» desde el ámbito de la «Divinidad Suprema» al «mundo
inferior» gobernado por los «arcontes» se realiza siempre a través de una o
varias figuras de rasgos más o menos demiúrgicos; hay que observar, no
obstante, que los demiurgos espinosianos son entidades que tienen poco en común
con las que aparecen en la mayoría de los escritos gnósticos.
Por lo demás, la tensión entre inocencia y
experiencia, esencial para comprender el conflicto entre conciencia narrativa e
individualidad del autor y su posterior resolución, recibe aquí un tratamiento
universalizador, no aplicado a la existencia concreta del autor como materia
prima de la creación literaria (es lo que «La Tríbada», con su aproximación a
las contradicciones más recónditas del novelista, llevará a efecto).
Más allá de la oposición entre inocencia y
experiencia, entre las «Cosas primeras» y las «Cosas Últimas», lo que distingue
a «Escuela de mandarines» es la equidad de un verbo distanciado que, situado en
el fiel de la balanza (un tema, en mi opinión, inagotable y una clave que nos
facilita el acceso al universo espinosiano), sopesa el mundo y pronuncia sobre
él su inapelable dictamen, en el que la dimensión ética viene intensificada por
la estética y resulta indisociable de ella.
Ahora bien, semejante ecuanimidad, propia del
universo acabado y perfecto que no pocos han visto en la mencionada obra,
dejaba entre paréntesis, por así decirlo, la persona del escritor como campo de
aplicación y transmutación. Y si la novela conlleva un verdadero «descenso a
los infiernos», el estilo que la define refleja más la universalidad del mito
en el que se describe la condición global de «este mundo» (tomada la expresión
en una acepción más joánica que gnóstica, algo no solo presentido sino también
implícitamente apuntado por Espinosa) que su incidencia en y su interiorización
por la individualidad concreta.
No es de extrañar, pues, que la posterior
producción del autor aborde este nuevo ámbito. Y, en este sentido, discrepamos
profundamente de quienes han querido ver entre «Escuela de mandarines» y las
«Tríbadas» una ruptura radical y apenas explicable.
Entre el distanciamiento de la conciencia
narrativa en la primera (una «conciencia eremítica» que se constituye en juez
de las estructuras mundanas en su integridad) y la trascendencia que
caracteriza a la segunda hay, sin duda, una diferencia, pero también una
dialéctica.
La diferencia viene dictada por el hecho de que
el universo en que nos introduce «Escuela de mandarines» es todavía un universo
a la medida del hombre o, cuando menos, transfigurable desde el arte, un arte
en el que la capacidad de juzgar no se somete ella misma a juicio. Por el
contrario, en las «Tríbadas» impera la desmesura, subsiguiente al terror
sagrado que acompaña a la revelación de la Trascendencia.
¿Qué relación profunda existe, pues, entre ambas
fases de la producción espinosiana? Restringiéndonos a lo esencial, la
siguiente: la rotundidad de la primera no puede menos de desencadenar el
contrapunto de la segunda. La verdad y la pureza de la «conciencia eremítica»
(que jamás pueden agotarse en ser reivindicación de «revoluciones» fácticas,
exteriores: «La Vejez» siempre trata con ironía al «Gran Padre Mandarín»), al
no someterse ellas mismas a juicio, no pueden sino clausurar la obra como un
círculo perfecto y acabado en sí mismo.
En este sentido, «Escuela de mandarines»
representa un momento privilegiado de identificación entre la persona del
escritor y la conciencia narrativa, más allá de los avatares de aquél y de un
modo que merece la denominación de «clásico», es decir, de manera tal que el
autor de la novela ya no es «alguien», sino «algo», pues lo que menos importa
es su identidad, abolida y como transformada por la equidad que está en la base
de la obra.
Quizá por eso algunos han percibido en la novela
algo así como una armonía que tiene mucho de griega, pero que, a mi entender,
es simplemente «clásica» en el sentido más originario del término.
¿Qué ocurre entonces cuando en un espíritu que
hasta ahora se ha revelado como mesura (pero en cuya pureza anida quizá una
oculta «hybris») irrumpe la Trascendencia? La desmesura que, en el fondo,
siempre habitó a M. Espinosa y que hasta ahora se mantuvo velada, despierta
súbitamente y se revela en primer lugar como juicio sobre su anterior estilo.
Nos encontramos entonces con la supuesta «pérdida de estilo» que algunos han
señalado, en mi opinión equivocadamente, a propósito de las «Tríbadas».
Lo que hay es más bien una mostración de la
Trascendencia que, como tal, provoca ante todo un sentimiento de terror que
recorre la obra de parte a parte y que, sin duda, constituye una de las claves
para comprenderla.
Se trata de un terror (o como el propio Espinosa
gustaba decir, un «pasmo») no ya metafísico, sino teológico, que sume a la
persona del autor en el caos y subvierte toda armonía. Nos las habemos con un
verbo enajenado y sufriente, con un verbo fascinado ante el mal y descendido a
los «infiernos». Un verbo implacable que sopesa las almas, incluida la del
autor, y las halla escasas.
La aparente trivialidad del suceso en torno al
cual gira la novela (al menos desde la óptica de un feminismo radical: el
descubrimiento por parte de una mujer de su supuesta identidad lésbica) sirve
para poner de manifiesto las contradicciones y escisiones en que se debate la
persona del autor, los conflictos que lo habitan, los «demonios» que lo
obsesionan, en suma, la presencia de un mal que ya no es puramente exterior o
estructural.
El mal ya no aparece objetivado en los poderes
«de carne y sangre» que gobiernan el mundo, sino que es considerado como algo
más hondo, como algo identificado con el «Rey de los Terrores», el «Simio de Dios»
(véase, por ejemplo, «La tríbada falsaria», Ed. Libros de la Frontera, 1980,
184, 220-224).
El campo de batalla de todos los conflictos es
ahora la individualidad del autor, que, al pasar de la «guerra exterior» a la
«guerra interior», ha franqueado un umbral decisivo.
Por eso, a diferencia de «Escuela de
mandarines», en donde el acceso del autor al nivel de «algo», característico de
la obra «clásica», venía logrado en la propia creación, en las «Tríbadas» lo
que se manifiesta es, ante todo, el desmembramiento y la sepultura del «hombre
exterior», el «descenso a los infiernos» del autor y de su creación. Aquí el
autor solo puede llegar a ser «algo» en espíritu. Que nadie se asombre por
ello: es lo que corresponde a quien, finalmente, ha aprendido a sacrificar no
ya su individualidad, sino también su obra (para el verdadero escitor, su
última «Torre de Babel») a la Trascendencia.
* Publicado en la revista «Heterodoxia», tomo
II, nº 10, Madrid, 1990, pp. 73-76. Se han incorporado leves correcciones.
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