«NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA»

18 de mar. de 2007

«Nadie es profeta en su tierra», dijo Jesús en la sinagoga de Nazareth. Desde entonces, el refrán adquirió una nueva dimensión y ha sido utilizado innumerables veces y con más o menos acierto. Pero ¿cuál es su verdadero significado, el que sirve de fundamento a todos los demás?

En primer lugar, el refrán supone la contraposición entre la proximidad y la lejanía, entre lo que pertenece al entorno y lo que es propio del extranjero. Por analogía, lo primero tiene que ver con la inmediatez, con la inmanencia, con «este mundo»; lo segundo, con la distancia, con la trascendencia, con el «otro mundo».

Mientras permanecemos dentro del mismo nivel de significación hay, pues, una alternativa lógica entre «lo próximo» y «lo lejano», ya que implicaría contradicción está cerca y a la vez lejos.

No así cuando hablamos de niveles diferentes, por ejemplo, físico y espiritual. Es decir, podemos estar cerca de alguien desde el punto de vista espacial, y lejos desde una óptica anímica, espiritual o cualquier otra. A esto hace alusión el conocido refrán.

Aquí la clave está en el término «profeta», ya lo tomemos en sentido estricto o en sentido amplio. En el primer caso, la frase significa lo siguiente: «Es imposible que alguien oiga la voz de Dios sin haberse puesto previamente a la escucha, es decir, sin salir de su mundo cotidiano». Pues, por definición, Dios es trascendente al mero entorno.

No en vano el simbolismo astrológico asocia el sector IX, relacionado con el extranjero, los viajes largos y otras atribuciones análogas, con la trascendencia o, como le llamaba Marcus Manilius, «Deus» y, por extensión, con el saber más elevado, el teológico.

Y lo que significa el sector IX en el plano microcósmico, lo denota el signo de Sagitario en el macrocosmos.

Nos las habemos con la apertura a la trascendencia, pues a eso es a lo que en definitiva apunta como su verdadero paso al límite «el extranjero», ya sea en sentido físico, psíquico o espiritual. Y es curioso que el Antiguo Testamento hable de que Dios se manifiesta de un modo especial en «el extranjero, el huérfano y la viuda», aludiendo así a situaciones existenciales del ser humano en las que su indigencia le hace experimentar los límites de la cotidianidad y le obliga a relativizarla, abriéndose de un modo u otro a lo que la trasciende. Así, tales situaciones se convierten en símbolo del «Totalmente Otro».

Pues bien, el arquetipo del Sagitario se aplica, entre otros países, a España y al talante de quienes la habitan: los» «viajes largos» de que habla la astrología riman muy bien con la misión histórica de España como descubridora y evangelizadora; el «Deus» de que hablaba Marcus Manilius, con el carácter eminentemente teológico, más que filosófico, de sus creaciones culturales, a no ser que la filosofía se entienda como una continuación o una «sierva» de la teología.

Ahora bien, como dice el proverbio «Corruptio optimi pessima» («la corrupción de lo mejor es la peor»). Por eso, si el origen de la nación española es indisociable del cristianismo, de manera que todas las instancias sociales tienden a reconocer la dimensión trascendente de la existencia y a inclinarse ante ella, el pecado español por antonomasia es lo contrario de tal actitud, a saber, la falta de humildad ante lo que rebasa el ámbito humano.

De ahí que, en un país de «sacerdotes» y de «maestros», se corra el riesgo de banalizar el «sacerdocio» y la «maestría», de modo que fácilmente se desemboca en el dogmatismo y en el «¡qué me vas a decir!», en la suficiencia desmedida del que «todo lo sabe».

De ahí también los vaivenes religiosos y culturales que periódicamente agitan a España y que tan bien expresa el dicho: «Los españoles siempre van detrás de la Iglesia, unas veces con la vela, otras con la estaca».

Por otra parte y en el plano social, los defectos de nuestro talante son: el orgullo contumaz, el «sostenella y no enmendalla», el «no dar su brazo a torcer» y, sobre todo, la envidia, que se entristece ante el bien ajeno y se alegra ante el mal del prójimo, reconociendo así el «no ser» que la caracteriza. Como también el rechazo de lo próximo en nombre de una falsa trascendencia, rechazo que va acompañado de un complejo de inferioridad ante lo que viene del extranjero, por trivial que resulte.

Es verdad que la dualidad del Sagitario nos ofrece una primera explicación del talante español. Sin embargo, a la hora de comprender los avatares de nuestra historia, lo fundamental es el uso que nuestra libertad haga de ella, bien para proceder con sabiduría, bien para caer en la necedad. 

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