LA CRUZ DE LA VIDA

2 de abr. de 2007

En su Apéndice a la Historia Eclesiástica de Eusebio, nos cuenta Rufino que, hacia el año 400, cuando en Alejandría fueron destruidos a la fuerza los templos de los dioses, fueron también removidos completamente los bustos de Serapis que había en las paredes de las casas, en las entradas, en las jambas de las puertas y en las ventanas, y que « en su lugar, todos pintaron el signo de la Cruz del Señor en las jambas de las puertas, en las entradas (de las casas), en las ventanas, en las paredes y columnas. Cuando vieron esto los paganos que quedaban debieron de recordar algo grande, por una tradición que les había sido transmitida desde antiguo. Como se sabe, los egipcios tienen este signo nuestro de la Cruz del Señor entre las letras hieráticas, es decir, sacerdotales; la tienen como una de tantas letras. Sin embargo, la significación de esta letra o signo ideológico es: la vida futura -vita ventura-. Los que entonces se convirtieron a la fe movidos por su admiración por lo ocurrido dijeron que habían recibido de sus antepasados que lo que había sido objeto de veneración hasta entonces perduraría hasta que vieran que había llegado aquel signo en el que estuviera la vida -in quo esset vita»-. Y que así se convirtieron a la fe especialmente los sacerdotes y servidores de los templos.

Un misterioso presentimiento de la humanidad se vio, pues, cumplido en la Cruz de Cristo. La antiquísima «crux ansata», que significa vida, apareció en realidad en la Cruz de Cristo. Lo que aquel signo egipcio no hacía más que significar, ahora se ha hecho verdad y realidad. Así, pues, el valor simbólico del signo no se ha cumplido perfectamente más que en el signo del Kyrios crucificado. La vida, que los antiguos representaban con tanta frecuencia en las estatuas de los dioses y en las tumbas de sus muertos, ahora es real, no ya solamente algo que se espera y representa.Vitam petiit a te, et tribuisti ei– «Te pidió vida y se la diste» (Salmo 20,5).

Pero observemos bien cómo interpreta Rufino el signo ideológico de los egipcios; vita ventura, la vida venidera, la vida futura. No la vida a secas, la vida de la naturaleza, la vida de este Aión, de esta tierra y de este tiempo. Por supuesto que también los antiguos paganos querían eternizar la vida terrena y conseguirla para el difunto, al menos en imagen. Pero sabían demasiado bien que la vida de este mundo pasa pronto. Por eso construían para sus muertos los gigantescos monumentos que son las pirámides; tenían que vencer a la muerte, eternizar al muerto. Solo que la putrefacción no se retrasaba por ello y todos los signos de vida no eran capaces de devolver el hálito de la vida real. En las construcciones y en los símbolos se expresaba un secreto anhelo de otra vida, de la vita ventura…

No se engañaron, pues, los antiguos paganos de Egipto en su presentimiento de que la cruz, instrumento de la muerte más horrenda, es, de hecho, el signo de la vida, y, además, de una vida superior, venidera, que nos viene de arriba, como una fuente que mana siempre y no se seca nunca. Vitam nobis coelitem praeparasti- «obtuviste para nosotros una vida celeste».

(Odo Casel, «Misterio de la Cruz», Madrid, 1964, Guadarrama, 234-235, 239)

 

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