DE LA PRESENCIA DIVINA (II)
2 de mar. de 2007
En concreto, ¿es fácil para el hombre de hoy constatar la presencia de Dios a través de la razón o, dicho de otro modo, hacerlo presente mediante la razón? Hay que distinguir entre la humanidad que pertenece al ámbito de la cultura occidental o está bajo su influencia directa, y la humanidad perteneciente a otros ámbitos.
En el segundo caso, el problema se plantea en
términos de la apertura, mayor o menor, de la «razón natural» a la Trascendencia.
Siempre tropezará con dificultades como la existencia del mal y del sufrimiento
en el mundo, pero ello no será obstáculo invencible para afirmar la existencia
de Dios y su presencia en la creación.
En el primer caso, en cambio, podemos hablar de
un espeso «velo de Mâyâ» (para emplear una terminología cómoda) que hace muy
difícil plantearse siquiera la cuestión de la presencia divina, sobre todo en
sociedades fuertemente marcadas por el materialismo o las «filosofías de la
sospecha».
Nos referimos, claro está, a las «sofísticas» de
Freud, Marx y Nietzsche, que consideran a Dios como «proyecciones» de las
distintas carencias del ente humano y de sus frustraciones existenciales.
«Sofísticas» que no basta combatir con
argumentos racionales (muchas de sus víctimas ya han superado el punto de «no
retorno» y son prácticamente impermeables a ellos), sino que es necesario
reducir al absurdo, mostrando sus consecuencias en la práctica y la situación
de caos a la que abocan.
¿Cuáles son esas consecuencias? La destrucción
de toda moral, que aparece como un «obstáculo» para la vida; la inversión de la
razón, que, de ser imantada por la verdad, pasa a convertirse en «creadora de
la verdad»; el rechazo de la religión, que se convierte en «alienación» de la
humanidad.
El sentimiento de «liberación» y de
«emancipación» que hoy vive una buena parte de la humanidad no se ha percatado
todavía de las contradicciones que implica, ni de cómo la propia lógica de las
cosas lo lleva al caos y a la autodestrucción.
En efecto, la desaparición de la moral conduce
al dominio despótico del «homo homini lupus», al imperio de la «ley de la
selva» (salvadas las distancias, claro está, pues en los animales semejante ley
es inconsciente y no constituye ninguna inversión).
La sustitución de la verdad por la «verdad
subjetiva» tiene como consecuencia la equivalencia de todas las opiniones y la
«lucha de todos contra todos» para imponer la de cada uno. Asunto que, al no
reconocerse la «fuerza de la razón», es decir, la autoridad de la verdad, lleva
inevitablemente a su opuesto, la «razón de la fuerza» (ya sea la de las armas,
la del dinero u otra semejante), la dictadura de la no-verdad, que, por
definición, es la propia opinión. En cuanto al rechazo de la religión, a la que
se considera como «alienación», va acompañado de una autoafirmación sin límites
de la humanidad que solo puede desembocar en un endiosamiento colectivo. Ahora
bien, inevitablemente, cada individuo se atribuirá a sí mismo la misma ausencia
de límites, de manera que la «razón de la fuerza» y la «ley de la selva» quedan
ratificadas hasta sus últimas consecuencias.
Una cultura semejante no puede tener otro
destino que la autodestrucción. Y solo puede ser «exorcizada» mediante la
oración y el ayuno, como ya les anunciaba Cristo a sus discípulos a propósito
de algunos demonios especialmente rebeldes. Ni los argumentos ni el despliegue
de la sabiduría bastan para desterrar la «atmósfera» de confusión y la
obnubilación mental que asedian a buena parte de la sociedad. A lo sumo, pueden
mantenerla a raya durante un tiempo, pero los demonios de la confusión solo
pueden ser puestos en fuga por la santidad de los testigos de Cristo.
(continuará)
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