CUARESMA: LA CRUZ DE CRISTO SOBRE LA TUMBA DE ADÁN
27 de feb. de 2007
El demonio, el rebelde desde el principio, el enemigo de Dios, el asesino de los hombres desde el comienzo, engañó al hombre y le arrastró consigo a su propia miseria.
Así, pues, el primer Adán empezó por vivir en
gloria y terminó en polvo y corrupción. Solamente le quedó una cosa: la
esperanza en la misericordia de Dios y la penitencia que nace de ella. Adán
transformó el castigo en bendición desde el momento en que llevó con paciencia
el dolor, el sufrimiento y la muerte. Su vida se convirtió en una Cuaresma;
pero la Pascua quedaba todavía lejos en el futuro. Brillaba en la fe como una
costa lejana e inaccesible. La vida del primer Adán terminó provisionalmente en
una tumba y en el seol, en la oscura región de los abismos.
Pero sobre su tumba se alzó el ancla de la
esperanza, y esta esperanza resplandeció aun en la oscuridad del Hades. Sobre
la tumba de Adán, de manera visible, se alza la Cruz de Cristo.
Según una leyenda antigua, de profundo sentido,
la tumba de Adán estaba en el Gólgota. Su calavera estaba allí donde andando el
tiempo se levantaría la Cruz de Cristo; y cuando la sangre del Salvador corrió
de la Cruz abajo, cayó sobre el cráneo pelado de Adán, tal como lo representa
con frecuencia el arte oriental.
En la Cuaresma de nuestra vida, nosotros debemos
recorrer también el camino del primer Adán. Nos hallamos bajo el azote del
pecado y seguiremos estándolo durante nuestra existencia terrena, aun cuando
nuestro Pneuma haya sido redimido…
La Cuaresma de esta vida es, por consiguiente,
un via crucis que nos lleva a la tumba con la Cruz; pero junto con esa Cruz
viene a nuestro encuentro el segundo y último Adán, y su Cruz será para
nosotros ancla de esperanza.
(Odo Casel, «Misterio de la Cruz», Guadarrama,
Madrid, 1964, 223-224)
Comentarios
Publicar un comentario