APUNTES PARA UNA RENOVACIÓN DE LA ESTÉTICA
23 de mar. de 2007
1. ¿Cientificismo teológico o «dilettantismo»?
En el párrafo 5º de la Introducción a «La
percepción de la forma», Hans Urs von Balthasar hace una breve historia del
proceso de desestetización ocurrido en la teología desde sus orígenes hasta
finales del siglo XX. Sus reflexiones se enmarcan en el proyecto de una estética
teológica capaz de recuperar el «pulchrum», «lo bello», aquel trascendental
cuyo olvido es, en opinión del autor, causa de tantos males, entre los cuales
la visión incompleta del mensaje cristiano no es precisamente el menor.
Para Balthasar, la teología es el único saber
que puede tener como objeto el «pulchrum» en el supuesto de que sea posible
abordarlo. En efecto, una filosofía que se considere a sí misma al margen de la
teología solo puede tender hacia el Absoluto como «principio y fin del mundo»,
como concepto límite de una ontología mundana.
De todos modos, tal distinción carece de sentido
fuera del ámbito bíblico: en Grecia la filosofía es una sola cosa con la
teología, y las afirmaciones sobre la belleza de lo divino tienen un sentido a
la vez filosófico y teológico.
Para nuestro autor, el «asombro» filosófico solo
puede llegar a su plenitud allí donde el objeto es el último valor accesible y
digno de ser amado, es decir, en la afirmación teológica. Por otra parte, tras
la Revelación, el destino natural de aquella filosofía precristiana que formaba
una sola cosa con la teología es ser absorbida por ésta última.
No en vano en san Anselmo el «intelligere»
permanece siempre al servicio del «credere». Sustancialmente, lo mismo puede
decirse del pensamiento de santo Tomás de Aquino, que sigue siendo fiel al
método unitario filosófico-teológico tal como estaba presente en Platón y
Aristóteles, por un lado, y en san Agustín y Dionisio, por otro. Y algo
semejante puede afirmarse de Nicolás de Cusa, que se inspira en el modelo
conceptual de la unidad especulativa de Proclo y de la unidad mística de
Eckhart.
Es en Descartes donde la filosofía cae bajo la
dependencia del ideal científico moderno y se distancia de la teología; solo a
partir de aquí surge el deseo de experimentar hasta dónde puede llegar la razón
sin el apoyo de la Revelación.
Algunos pensadores de la época tratan, no
obstante, de establecer un puente entre ambas esferas. Es el caso de Pascal,
que siente la necesidad de superar el tremendo contraste entre la verdad
geométrica y la verdad del corazón. Es asimismo el caso de Leibniz, que, a
través de la «armonía», trasciende el abismo existente entre el reino físico de
la naturaleza y el reino moral de la gracia. Para ello se sirve de un concepto
mediador, el de «energía», que viene a ser la «entelequia» espiritual de los
antiguos y cuyo olvido reprocha con razón a los cartesianos.
En realidad, a partir de Descartes no se podía
llegar más que a la unidad inmediata de «geometría» y «espíritu». Es lo que acontece
en Spinoza, que, para los pensadores que vendrán después (desde Herder a
Hegel), se convierte en el modelo de una teología que abarca también la
filosofía y cuya exasperada identidad no podía ser aceptada por los teólogos
serios.
Frente a Hegel, Staudenmeier alzó la imagen de
quien él consideraba el padre de la especulación occidental: Escoto Eriúgena.
En cambio, Deutinger, siguiendo a Drey, intentó en vano mostrar las raíces
teológicas (agustinianas) de todo sistema idealista y hacer de la teología la
instancia universal. Sus tentativas llevarían, sin solución de continuidad, del
iluminismo a un tradicionalismo destructor de toda filosofía.
Según Balthasar, a mediados del siglo XIX
finalizan aquellos grandes proyectos teológicos que permanecen todavía fieles
al modelo que defiende la unidad entre filosofía y teología. Desde entonces la
teología se convierte en una disciplina particular junto a las otras y ella
misma empieza a considerarse como tal.
Por grandes que sean las realizaciones de la
teología a partir de ese momento, es indudable que su signo distintivo es la
especialización. En este sentido ha sido fatal el influjo que desde Lutero y
Jansenio, por un lado, y desde Descartes, por otro, ha ejercido la distinción
entre teología y filosofía según la nefasta formulación de Lessing: la teología
tiene por objeto las «verdades históricas contingentes», mientras que la
filosofía debe ocuparse de las «verdades necesarias de la razón».
Indiscutiblemente, el cristianismo está
vinculado a hechos históricos, pero de ahí a concebir los datos históricos como
«verdades históricas contingentes» media un abismo. Y los autores más
relevantes de la tradición jamás hubieran aceptado semejante tesis.
Ahora bien, es un hecho que el interés de la
investigación se ha desplazado hoy al aspecto histórico de la teología. Así, la
«teología fundamental» demuestra la historicidad auténtica de la Revelación.
De igual modo, la ciencia bíblica se desarrolla
como una ciencia rigurosamente histórica y, de alguna manera, se apropia la
función de guía, hasta el punto de que muchas «pruebas de Escritura» permanecen
en suspenso hasta que la ciencia bíblica se pronuncie sobre ellas.
La misma teología dogmática es tratada cada vez
más como una historia de los dogmas.
Y, para concluir con los ejemplos, la ética
teológica viene entendida como una introducción a la interpretación histórica
de los datos revelados en una situación existencial siempre renovada.
La investigación histórica, tal como hoy se
practica en el campo teológico, es una ciencia exacta (en el sentido en que
pueden serlo las ciencias del espíritu). Sin embargo, ella solo puede
establecer lo que san Agustín llamaba «historia» y Orígenes, «letra».
Pero, ¿cuál es la dimensión propiamente
teológica? El «intellectus» (Agustín), el «spiritus» (Orígenes), el contenido
de la Revelación. Y de esto no puede adquirirse una comprensión «histórica
exacta».
La prueba de esta afirmación radica en el hecho
de que los antiguos, a pesar de tener un conocimiento de la «letra» muy
inferior al nuestro, poseían en muchos campos un conocimiento del «espíritu»
muy superior.
La teología propiamente dicha comienza allí
donde la «ciencia exacta» se abre a un ámbito superior, el de la comprensión de
la fe. Por eso la teología en cuanto saber solo guarda ciertas analogías con
las ciencias y la filosofía: la «forma» teológica y su belleza específica solo
puede darse en aquel acto que la tradición agustiniana describe como «fruitio»
(«fruición»), el único capaz de abrirnos a la comprensión del contenido teológico.
Pero entre quienes hoy cultivan, por ejemplo,
las ciencias bíblicas, pocos son los que reservan un puesto privilegiado a la
«fruitio» del «sensus spiritualis». Más aún, esta «fruitio» suele ser
calificada de no científica y, como tal, queda confinada al ámbito de la
«espiritualidad».
Ciertamente, hay reacciones contra este estado
de cosas creado por un exagerado cientificismo de la «letra». No dejan de ser
marginales, pero, indudablemente, nos permiten vislumbrar lo que podría ser una
ciencia teológica renovada más conforme al espíritu de la tradición.
Lo cierto es que si se deja plena libertad de
acción al cientificismo, la teología terminará por convertirse en una ciencia
más. Tendríamos así un nuevo judaísmo, en el que solo los «doctores de la Ley»,
los conocedores de la Escritura podrían interpretar los datos de la Revelación,
mientras que el «hombre simple» solo podría ser, en el mejor de los casos, un
«dilettante».
No obstante y en opinión de Balthasar, las
grandes teologías han sido todas «dilettantísticas» (según el ideal actual de
la ciencia) y siempre han sido creadas por «entusiastas». Salvo algunas
excepciones en las que ambos aspectos («letra» y «espíritu») se presentan
unidos, el centro de gravedad de estas teologías se encuentra más en las
rapsodias libres, en las «confesiones» o «enarraciones», que en los discursos
llenos de distinciones y definiciones.
¿No es Ignacio de Antioquía un teólogo? ¿No lo
es Agustín en sus escritos no polémicos? ¿Acaso no es verdadera teología la de
Buenaventura en sus escritos menores, la de las «Jerarquías» de Dionisio o la
de los escritos de Juan de la Cruz?
Por otra parte, es claro que la teología
meramente escolástica, llena de principios y definiciones, posee la «letra»,
pero carece, por lo general, del «espíritu».
Evidentemente, el paso de un ámbito a otro ha de
ser gradual, y éste es el caso de los escritos antes citados, prescindiendo de
que sus autores hayan sido más o menos conscientes del momento estético de su
obra. Pero la belleza que en ellos resplandece es una consecuencia del
«entusiasmo» que los habita y de la unidad indisoluble de saber y «vivencia».
2. Para una reivindicación del «entusiasmo»
Hasta aquí Balthasar. Sus reflexiones tocan un
tema bien candente en el pensamiento de todas las épocas, al menos si tomamos
el vocablo «pensamiento» en su sentido más radical y, por consiguiente,
«inactual».
Bien es verdad que la perspectiva de nuestro
autor es la de una estética teológica y que sus razonamientos quieren
aplicarse, sobre todo, a aquel ámbito en que el «intelligere» permanece al
servicio del «credere» y desde el que el ideal científico moderno, al tomar
carta de naturaleza en la teología, da lugar a una mutilación de ésta.
Y no es menos cierto que su punto de referencia
es el modelo unitario filosófico-teológico presente en las grandes figuras de
la tradición (sería necesario, sin duda, establecer las oportunas distinciones
entre los diferentes modos de plantear dicho unitarismo, algo que Balthasar no
hace).
Pero es claro que la distinción «espíritu/letra»,
fecunda en el campo teológico, resultaría igualmente fructífera en el ámbito de
la filosofía. Y si la teología ha de reivindicar la armonía entre ambas
dimensiones, es exigencia análoga pero ineludible del filosofar el volver a
unir los dos polos separados desde el comienzo de la época moderna (sea cual
sea la terminología utilizada: «verdades de hecho-verdades de razón»,
«universalidad-concreción», «esencia-hecho», y sin que ello suponga sinonimia
entre los diversos pares de conceptos, pues lo que nos interesa, ante todo, es
subrayar la dualidad misma).
Por lo demás, muchos son los temas evocados por
Balthasar y cuya utilidad es patente en orden a abordar los problemas de la
estética.
En primer lugar, está la cuestión del
cientificismo-dilettantismo. A la sombra de una concepción del ideal científico
exclusivamente moderna y cuyo punto de apoyo apenas es otro que el de sus
«logros» (técnica y socialmente relevantes), las corrientes neopositivistas
(tanto más dogmáticas cuanto más discutibles son sus supuestos) califican de
«dilettantística» o «poética» toda afirmación «no verificable», una actitud
que, por lo demás, se halla presente en todos los campos del saber y bajo la
forma de una «atmósfera» que condiciona el acto mismo de pensar e impide todo
«vuelo creador».
Nos hallamos muy lejos del «asombro» que
distingue a la filosofía y constituye su más genuino ser, que es «amor a la
sabiduría» y, por consiguiente, búsqueda de aquel «saborear» las cosas que
trasciende la simple comprensión utilitaria de las mismas.
En este punto no solo hay que poner en tela de
juicio al cientificismo; también aquella concepción que define la filosofía
como «theoría» deja bastante que desear. Si, etimológicamente, la filo-sofía
conlleva una actitud de humildad y una aproximación prudente y mesurada a su
objeto, es indiscutible que ésta no se identifica sin más con lo que
habitualmente se entiende por «theoría»,
Más bien nos las habemos con un impulso
incontenible hacia la sabiduría, que forzosamente implica una «degustación» de
las cosas, una interiorización de las mismas correlativa a aquella expansión y
universalización que caracteriza a la «theoría».
El pensar filosófico ha de quedar liberado,
pues, del ideal cientificista, y todo pensar filosófico habrá de desembocar en
último extremo en la sabiduría, aunque antes haya de pasar por la mediación de
la «theoría».
Varios son los autores que han visto el
problema. Así, cuando Hegel habla del «universal concreto» o cuando Husserl
sitúa el «mundo vital» en la base de su pensamiento, postulan cada uno a su
manera aquel impulso estético, aquel «entusiasmo» del que depende el resurgir
de la filosofía, que, como mera sombra de sí misma, permanece confinada desde
hace siglos en el «Hades» de la modernidad.
Otro de los temas evocados por Balthasar es la
contraposición que hace Lessing entre «verdades históricas contingentes»,
objeto de la teología, y «verdades necesarias de la razón», de las que se
ocuparía la filosofía. Nos encontramos aquí con una cuestión absolutamente
central que está en el origen de una serie de planteamientos teológicos
reductivistas y que da lugar, por ejemplo, a una separación radical entre la
«hierohistoria» (concebida como una sucesión de «hechos» a la manera de la
historia profana) y el ámbito de la filosofía, que se ocuparía de un mundo
constituido por entes abstractos y por las relaciones existentes entre ellos.
Y, en esta misma línea, se suele oponer el
tiempo «griego», cíclico, al «hebreo», dotado de un principio y un final y
desplegado en una «historia de la salvación» cuya comprensión se trivializa
cada vez más, olvidando, por ejemplo, la dimensión cíclica de la liturgia que
se ajusta al acontecer histórico y lo cualifica.
Se trata, en definitiva, de combatir los ídolos
que la época moderna elevó y alimentó, y que ahora amenazan con devorarnos,
siendo como son expresión de aquella autoafirmación y de aquel deseo de poder
que brotan naturalmente de la «razón separada». Solo así lograremos invertir el
proceso de desestetización al que Balthasar alude y que va ligado a un
cientificismo aparentemente invencible.
Un cientificismo que pretende lograr una «justa
explicación del mundo» más allá de toda «vana especulación» y de toda
«tradición o autoridad impuestas». Un intento loable si correspondiera a una
descripción adecuada de la realidad, es decir, si se propusiera salir del
«impasse» a que había llegado el pensamiento medieval en sus formas más
decadentes: era necesario, en efecto, superar aquella actitud intelectual que,
alejada de la vida, pretendía construir un edificio teórico inconsistente.
Pero una cosa es subrayar la necesidad de ir a
las cosas, y otra muy distinta imponer a éstas los estrechos esquemas de una
razón que, por lo pronto, apenas era algo más que ansia de certidumbre,
subjetividad que se afirma a sí misma frente a la pura especulación
tradicional.
Y si las formas decadentes del pensar medieval
se caracterizaban por una negativa a descender al terreno de la experiencia,
los orígenes de la cosmovisión cientificista hay que verlos justamente en una
confianza excesiva en aquel movimiento descendente.
Así, en lugar de seguir paso a paso la marcha de
los acontecimientos en esta nueva época de la historia, el espíritu
cientificista desarrolló desde el principio un cierto hábito de forzar la
realidad para hacerla entrar, por un lado, en los esquemas de la certidumbre y,
por otro, en los de unas pautas especulativas residuales que, al fin y a la
postre, no diferían demasiado de las que se había querido combatir y superar.
De esta manera, a las «vanas especulaciones»
sucede el ideal de la «exactitud», el deseo de ajustar la realidad a los
proyectos que la nueva razón antropocéntrica propone y que no hacen sino
reflejar la mutación que define a la época moderna.
¿En qué consiste dicha mutación? No se trata
simplemente de una variación del punto de aplicación del pensar filosófico, de
una transformación del mundo de la filosofía. Lo que tenemos ante los ojos es
más bien una pérdida del entusiasmo filosófico.
Y si semejante pérdida se ha producido de la
manera progresiva, no es menos cierto que el nacimiento de la ciencia y su
impacto sobre el ideal filosófico señalan una etapa crucial. Lo importante no
es ya la armonización de las diferentes tendencias del hombre mediante el
«excessus» estético; lo único que realmente interesa es la afirmación del
hombre, su afán de emancipación y el incremento de su poder.
Ello supone un cambio fundamental en el modo de
concebir el mundo. Si antaño se resaltaba la armonía hombre-naturaleza, en lo
sucesivo será el primero el que impondrá su ley, iniciándose así la última fase
de aquel proceso por el cual la nueva autoconciencia humana que, en un
principio, aparecía como un «plus» respecto de la medieval, se desliga cada vez
más de su necesario soporte, la globalidad de la experiencia vital.
Por lo demás, la mayoría de los planteamientos
contemporáneos adolecen de falta de radicalidad en la comprensión de la
conciencia moderna, sus contradicciones y sus límites. Y prueba de ello son
algunos intentos de «recuperar la Ilustración», como si el tiempo hubiera
pasado en balde y el ideal del progreso indefinido no hubiese sido desmentido
brutalmente por los hechos.
Hoy que la filosofía está en condiciones
inmejorables para enjuiciar su pasado y los puntos álgidos de su historia,
bastantes filósofos parecen haber perdido un sano sentido de la perspectiva. Y
así se resisten a extraer todas las consecuencias que, con una lógica
implacable, se derivan de ciertos postulados de la conciencia moderna.
No perciben que la nueva autoconciencia humana
lleva en sí el germen de una división cuyo destino natural es intensificarse
hasta el límite.
Ahora bien, dicha división, en la medida en que
es constitutiva de la conciencia, viene motivada por una negación irreflexiva
de la concepción medieval del mundo.
Pero tales filósofos suelen olvidar que toda
antítesis vive de la tesis a la que se opone y, cuanto más se afirma a sí
misma, tanto más dependiente se hace de aquélla.
Lo vemos en Nietzsche, en quien semejante
fenómeno se manifiesta de forma aguda, hasta el punto de provocar en él una
insoportable tensión entre su «conciencia racional» y los arquetipos basales
del «inconsciente occidental», por utilizar la terminología jungiana.
No tiene sentido, pues, prolongar
artificialmente la agonía de una autoconciencia nacida a la contra del Medievo
y en lucha contra su esquema de valores. Lo que procede ahora es descalificar
una cosmovisión que no ha sabido ser fiel a sí misma. Una concepción del mundo
que ni siquiera ha sabido recoger con seriedad la crítica nietzscheana del
cientificismo y del progresismo modernos como responsables de haber enmascarado
la auténtica vocación del hombre.
Solo mediante el reconocimiento de esta
situación se hará posible un nuevo «entusiasmo» filosófico y estético. Por eso,
aun aceptando algunas intuiciones de Nietzsche, hemos de evitar una
estetización de la vida que, en realidad, encubra una división mucho mayor que
la de la incipiente conciencia moderna.
Y, aunque las metáforas aéreas, tan frecuentes
en el pensamiento nietzscheano, parezcan apuntar a un simbolismo basado en la
verticalidad, como ha resaltado Bachelard, semejante verticalidad es más bien
un remedo de la que distingue al «entusiasmo» antiguo y medieval. A lo sumo
expresará una nostalgia, y los intentos de Nietzsche por recuperar el mundo
griego la fascinación que sobre él ejerce lo mediterráneo lo ponen de
manifiesto.
3. Ni enmascaramiento ni regresión
Nos encontramos, pues, en una encrucijada
especialmente decisiva: disfrazar el estado de cosas existente refiriéndolo a
una supuesta «crisis de crecimiento» resulta ya poco menos que imposible; por
otro lado, la nostalgia de otras épocas en modo alguno puede convencernos de
que están a nuestro alcance.
Por eso los proyectos para salir de la actual
situación pronto se revelan como lo que realmente son: tentativas utópicas y
ucrónicas que emergen de una conciencia desarraigada y sin horizonte.
¿Cómo se ha llegado a este callejón sin salida?
Lo que empezó siendo un rechazo de la idea de totalidad y de la conciencia
estética hasta entonces vigente, un rechazo por lo demás «inocente» (el que
llevó a cabo el humanismo triunfante a principios de la época moderna), se vio
pronto enfrentado a sus propias fisuras.
Surge entonces una crisis en el interior del
antropocentrismo, la cual se detecta con claridad en Kant. Y así brota una
cierta nostalgia de la totalidad perdida, frente a la cual se alza, como última
tentativa, la corriente idealista, que alcanza en Hegel su máxima expresión y
que pugna por el afianzamiento de un humanismo con escasa conciencia de sus
propios límites, pero sin la ingenuidad del renacentista.
Habrá de transcurrir todo el siglo XIX para que
la filosofía abandone ese talante prometeico y se vea en la necesidad de
afrontar la cruda realidad. Desde entonces permanece en el «Cáucaso» de una
totalidad que no es más que la imagen invertida de aquella que se manifiesta en
los orígenes de la filosofía.
Pocos espíritus del XIX se percataron de ello,
entre los que hay que mencionar a Kierkegaard y a Nietzsche, cada uno a su
manera: el primero, sobrepasando una actitud estética incapaz de afrontar los
verdaderos problemas de la existencia humana, que solo hallan sentido en la
actitud religiosa, en el misterio de la fe; el segundo, en la medida en que
sintió en su carne la aspiración del vacío dejado por la explosión de la
totalidad, de aquel astro inconmensurablemente lejano cuya extinción no podemos
percibir instantáneamente, sino al cabo de un tiempo.
A esta «caída libre en el vacío» nos ha llevado,
pues, el proceso de desestetización que se inicia en la época moderna y del que
hemos de ser conscientes hasta el fondo si queremos que «se invierta la
corriente». ¿En qué medida podemos contribuir a esta «inversión»? La cuestión
es muy compleja, pero sí tenemos clara una cosa: en nada aprovechará el cultivo
de estériles nostalgias, pero tampoco el enmascaramiento patético de un estado
de ruina.
Comentarios
Publicar un comentario