ESPAÑA, CAMPO DE BATALLA ESPIRITUAL
16 de ene. de 2007
Conflicto entre la nación misma, simbolizada por un poder que ya no se basa en la «auctoritas» y que ha quedado reducido a poco más que mero «cargo», y una «alianza» de poderes fácticos (que no amistad: «Inter perversos non est amicitia», decía Tomás de Aquino) que, hasta hace poco, trabajaban en la sombra por respeto a la luz y que ahora ya no temen mostrar su verdadero rostro, el de la Nada rampante (terrorismo, sociedades secretas, instancias ocultas cuyo ideal es, en último extremo, la guerra universal de todos contra todos, resultado de un odio «fenicio» a todo lo que suene, siquiera de lejos, a cristianismo).
Sobre el papel, los
poderes fácticos se ajustan a la legalidad democrática. En realidad, se sirven
de ella para controlar a la nación. Y, por otra parte, la legalidad en cuestión
se encuentra fuertemente devaluada, a la vez que enfrentada a las instancias
más genuinamente democráticas, las que se basan en el respeto a la libertad y a
la individualidad.
Mientras tanto, el
pueblo, en principio «buen vasallo, si oviera buen señor», sintoniza de algún
modo con la «auctoritas», exiliada en el «cargo». Pero su excesiva plasticidad
le hace muy vulnerable a los poderes fácticos, que hoy son sobre todo
mediáticos. Y es que la necedad, antes patrimonio de los falsos intelectuales,
ha ido contagiándose poco a poco a la «masa enterada».
La realidad objetiva
de las cosas se impone brutalmente a esa masa, que, sintiéndose engañada, puede
dirigir su furia en una dirección imprevisible. Es verdad que las instancias
ocultas, actuando sobre todo en la esfera mediática, tratarán de orientar la
estulticia enfurecida de manera que no perjudique a sus intereses.
Pero «no se puede
engañar a todos durante todo el tiempo» y, tarde o temprano (más bien temprano,
como diría René Girard, que sostiene que, en estos tiempos apocalípticos, al
pecado sigue de inmediato el castigo), tempestades imprevistas devorarán a
quienes «sembraron los vientos». Como ya retratara Goya, «el sueño de la razón
engendra monstruos».
COMENTARIOS:
·
·
antonio martínez
Lo que
dices me hace pensar en el tema astral -ya sea individual y colectivo- como
«ouroboros». Porque un individuo que no toma conciencia, que no se distancia de
su toma astral, que se limita a ser un actor pasivo del mismo, al no introducir
esa «dinámica de la conciencia», esa «distancia», está en efecto condenado a
repetir, antes o después, con tales o cuales variaciones, los mismos dinamismos
que ya le afectaron en el pasado. Lo que dices del mal aspecto entre Saturno y
Neptuno es revelador. Como comentamos varias veces en las reuniones de Alhama,
existe una clara correspondencia espiritual entre Rusia y España como los
extremos oriental y occidental de Europa. Rusia y España no son plenamente
europeas. Constituyen los dos extremos, parcialmente extraeuropeos, de Europa.
Rusia es neptuniana. Y, con otros matices, España también lo es: recuerda, por
ejemplo, el sorprendente arraigo alcanzado por el anarcosindicalismo en las
primeras décadas del siglo XX. En realidad, esa subterránea tendencia
neptuniana era necesaria para producir la «masa crítica de conflicto» de la
Guerra Civil. ¿No crees, Emilio, que la evidente confusión mental de Zapatero
-son muy reveladores sus continuos lapsus-, junto con su utopismo adolescente y
obstinado pueden ser precisamente manifestaciones neptunianas? ¿No es posible
que un Zapatero neptuniano forme parte del destino histórico de una España
neptuniana que hasta ahora no ha transcendido su «karma» astral y que, por
tanto, «provoca» la aparición de figuras individuales que prolongan la dinámica
de tal karma y la condición de nuestro tema astral colectivo como «ouroboros»?
Un saludo.
Suelen
distinguir los filósofos de la ciencia entre ciencias «naturales» y ciencias
«humanas». Por definición, en las primeras, el experimento puede repetirse; no
así en las segundas. Por ejemplo, en Historia no es posible repetir la batalla
de Waterloo.
Sin
embargo, también es verdad aquella frase que dice más o menos: «El pueblo que
no conoce su historia está condenado a repetirla». Evidentemente, no estamos
hablando del «eterno retorno de lo mismo», ya sea nietzscheano o estoico. Pero
sí de circunstancias, posibilidades, inclinaciones que se asemejan y que tan
bien pueden analizarse desde la simbólica astral.
Pues
bien, en la España actual se están dando algunas (no todas) circunstancias
semejantes a las de la Guerra Civil (por ejemplo, un mal aspecto entre Saturno
y Neptuno). Todo ello obligará a los historiadores y, en general, a las
personas reflexivas, a replantearse muchos temas y a desterrar muchos tópicos.
o
Antonio Martínez
De
acuerdo, Emilio, en la necesidad de fomentar la toma de autoconciencia sobre el
significado de España. Podemos hacerlo a nivel individual. Pero ¿y a nivel
colectivo, y no digamos ya en el actual panorama político? La izquierda ya
sabemos qué idea de España tiene. Por su parte, el PP, acomplejado e
intelectualmente romo, huye de todo esencialismo que pueda sonar a franquista.
Pero ¿hasta qué punto es posible una toma de conciencia sobre el ser de España
que no se sitúe en línea de convergencia con las intuiciones de muchos
intelectuales del franquismo, como por ejemplo Gonzalo Fernández de la Mora o
José María Pemán? Ciertamente, también está Unamuno, o Sánchez Albornoz, o el
propio Ortega. Pero ya me dirás qué toma de conciencia auténtica del ser de
España es posible si nos saltamos por sistema esos nombres ante los cuales la
izquierda se escandaliza y de los que una buena parte de la derecha ya se
desmarca: la Virgen del Pilar, el apóstol Santiago, el Escorial etc. etc. En
1925 Alfonso XIII, en el Cerro de los Ángeles, consagró a España al Sagrado
Corazón de Jesús. Por su parte, Franco, como sabes, siempre fue enormemente
consciente de la íntima imbricación entre el catolicismo y el destino histórico
de España. Se sabe que Franco, antes de tomar una decisión política
transcendental, pasaba la noche en oración en la Capilla del Pardo. Hoy, cuando
todas estas cosas suenan casi a extraterrestre, ¿hasta qué punto es posible una
pronta toma de conciencia colectiva acerca del ser de España suficientemente
intensa como para afrontar los peligros que se ciernen sobre nuestro país?
o
emilio
Gracias,
Antonio, por tu comentario. En relación con lo que podemos y debemos hacer cada
uno, se me ocurre decir que la toma de conciencia colectiva de lo que España
representa en Occidente y en el mundo es fundamental. En un momento de la
historia de España similar al que ahora vivimos, Ortega y Gasset decía: «Lo que
nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa». La reciente reivindicación del
himno nacional (promovida, por cierto, por el socialista Buesa en la última
manifestación de Madrid) y de la bandera, es un buen síntoma y se mueve en un
plano más profundo de lo que muchos creen (nada menos que un nivel
arquetípico).
Según
mis noticias, algún vidente anticipó la «crisis» que a principios del siglo XXI
sufriría España y de la que saldría con dificultad. Sea lo que fuere, lo cierto
es que el fomento de la autoconciencia nacional, por difícil que sea (¡no
estamos en Polonia!), es un arma muy eficaz.
Hola de
nuevo, Emilio. La metáfora del gusano y la manzana (por cierto, recuerdo que un
día hablamos precisamente sobre ella en tu casa) es muy apropiada para
referirse a la actual situación político-espiritual de España. Rajoy, que es un
gestor, y no un filósofo, nunca ha comprendido las razones de las aparentemente
absurdas decisiones de Zapatero, como iniciar el proceso de reforma de los
estatutos de autonomía o abrir una negociación con ETA. Pero es que no
comprende que Zapatero sí es, en cierto sentido, un «filósofo»: tiene una
«visión». Gustavo Bueno y otros han hablado del «iluminado de la Moncloa». Zapatero
es el «gusano» que se dedica a corroer los cimientos de la «manzana» de España.
Y piensa que «no va a pasar nada», que «España no se va a romper», porque
existe una estabilidad estructural de fondo que él puede dedicarse a
«toquetear» y que actúa como cortafuegos contra las temeridades que comete. Por
cierto: Zapatero es claramente, en filosofía, un sofista (como lo es Rorty y
toda la filosofía posmoderna). Recuerdo que Pierre Aubenque hablaba
precisamente de la «corrosividad» de la filosofía sofística del lenguaje. Lo
cual se ajusta perfectamente a la metáfora del gusano.
En
cuanto a qué se puede hacer, estoy de acuerdo contigo en que el «llorar España»
se queda corto. Llorar los pecados propios, desde luego. Y pasar a la acción,
es decir, a una «creación escatologizante de orden», primero en la esfera de la
vida personal, y luego también, por supuesto, en la vida pública española, a
todos los niveles. Estoy convencido de que a España le corresponde una
responsabilidad fundamental en el conjunto de Europa y de Occidente: mucho se
han reído los progres de lo de la «reserva espiritual de Occidente», pero es
que la realidad apunta en esa dirección. Ahora sólo tenemos que pedirle a Dios
que nos ilumine sobre el papel concreto que quiere que cada uno de nosotros
representemos en esta tragedia que ha sido, es y va a seguir siendo la Historia
de España.
Un
saludo a ti y a Ginesa, y hasta pronto.
o
Emilio
Gracias,
Antonio, por tu comentario. Efectivamente, la clave arquetípica es iluminadora,
incluso en aquellos lugares o situaciones en que la trivialización de la
existencia es un hecho, como diría Diel. Por lo demás, hay que señalar que en
España el terrorismo en su vertiente intelectual y de izquierda empezó antes
que el terrorismo en su aspecto físico. Mientras el terrorismo se enfrenta a un
orden «racional», por imperfecto que sea, las cosas no pasan a mayores (lo que
dices del «esencialismo» es muy clarificador y va en la misma línea). El
verdadero problema surge cuando este mismo terrorismo (ya sea intelectual o
físico) pretende convertirse en un «orden». Y desde las elecciones de 2004 se
han dado las condiciones para que esto ocurra. Para describir semejante
situación no bastan los conceptos. Dicho «orden», que, en realidad es un caos,
solo puede subsistir en la medida en que resta un residuo de «ser»: para vivir,
«el gusano necesita de la manzana». ¿Qué pasaría cuando, devorada la manzana, solo
quedasen gusanos? ¿Acaso puede la Nada alimentarse de sí misma?
En
cuanto a quienes ven las cosas con lucidez, procurarán no mirar la Nada de
frente: contemplar el rostro de Medusa lleva a la locura. ¿Qué podemos hacer
los cristianos? El «Me duele España» se queda corto. Llorar los pecados de
España y los propios va más lejos. Y actuar en consecuencia.
Ante
todo, un saludo, Emilio. En cuanto a tu comentario, me parece evidente que, en
efecto, España es actualmente un «campo de batalla espiritual». Ya lo fue antes
de la Segunda Guerra Mundial: como sabes, Europa se apasionó con la guerra
española en la medida en que intuía en ella un conflicto arquetípico que iba
mucho más allá del simple enfrentamiento de clase explicado por el dogma
marxista. Actualmente, y tras una sucesión «dialéctica» de gobiernos
democráticos que, a mi parecer, esconde una reveladora lógica interna, hemos
llegado, con Zapatero, el Estatuto catalán y el tema de la negociación con ETA
a una exacerbación de las tensiones que, en efecto, y como dices, amenaza con
abocarnos a una «guerra de todos contra todos». Quizá, una vez más, el caos
español sea preludio de un conflicto a mayor escala. Zapatero admira a Borges
y, por lo tanto, sintoniza con el nihilismo escéptico borgiano que, en última
instancia, añora el retorno al caos originario. En una intervención en el
Senado, Zapatero dijo, refiriéndose a España, que por principio «desconfiaba de
todos los esencialismos», incluido, por supuesto, el de la nación española.
Pero quien desconfía de todos los esencialismos no tiene más remedio que quedar
seducido por la imagen de la disolución universal. El totum revolutum en que
hoy se está convirtiendo España apunta precisamente en esa dirección.
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