UNA DEGRADACIÓN DEL AMOR CRISTIANO: LA «SOLIDARIDAD»
Cada época tiende a desarrollar una serie de
«palabras de orden», una especie de vocablos «mágicos» al conjuro de los cuales
se abren las «puertas». Suenan bien a los oídos del interlocutor y sintonizan
con un supuesto «espíritu de la época», que, en la mayoría de los casos, es
mero tópico.
Tal ocurre, por ejemplo, con la palabra
«democracia». El peor de los dictadores, ya sea que sojuzgue al pueblo por
métodos violentos, ya sea que, haciendo suyo el célebre lema «Vulgus vult decipi,
ergo decipiatur» («El vulgo quiere ser engañado, pues engañémosle»), construya
su reino sobre la mentira, siempre pagará su tributo a dicho vocablo y se
declarará «más demócrata que nadie».
Algo semejante ocurre con el término
«solidaridad».
Lo primero que nos llama la atención es la
trivialización del vocablo. Parece que cualquier cristiano sabe de qué se
trata, que no es necesario ir más lejos: no hay que ser egoísta, conviene
pensar en los demás y hacerlos partícipes de aquello que, a veces apresuradamente,
consideramos «nuestro».
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