EXPERIENCIAS DE LA EUCARISTÍA: RITMO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
31 de oct. de 2006
Te adoro
con fervor, Deidad oculta
que estás bajo estas formas escondida:
a Ti mi corazón se rinde entero,
y desfallece todo si te mira.
Se engaña
en Ti la vista, el tacto, el gusto
mas tu palabra engendra fe rendida;
cuanto el Hijo de Dios ha dicho creo,
pues no hay verdad cual la verdad divina.
En la
Cruz la Deidad estaba oculta,
aquí la humanidad yace escondida,
y una y otra creyendo y confesando,
imploro yo lo que imploraba Dimas.
No veo, como
vio Tomás, tus llagas,
mas por su Dios te aclama el alma mía;
haz que siempre, Señor, en Ti yo crea,
que espere en Ti, que te ame sin medida.
¡Oh
memorial de la pasión de Cristo,
oh pan vivo que al hombre das vida!:
concede que de Ti viva mi alma
y guste de tus célicas delicias.
Jesús
mío, pelícano piadoso,
con tu sangre mi pecho impuro limpia,
que de tal sangre una gotita puede
a todo el mundo salvar de su malicia.
Jesús, a
quien ahora miro oculto:
cumple, Señor, lo que mi pecho ansía,
que a cara descubierta contemplándote,
por siempre goce de tu clara vista. Amén.
(Tomado
de las Obras Completas del Beato Manuel González García,
pp.1199-1200.)
He aquí
el texto latino, que uno no puede leer sin estremecerse:
Adoro te
devote, latens Deitas,
quae sub his figuris vere latitas:
tibi se cor meum totum subjicit,
quia, te contemplans, totum deficit.
Visus,
tactus, gustus in te fallitur,
sed auditu solo tuto creditur:
credo, quidquid dixit Dei Filius,
Nihil hoc verbo veritatis verius.
In cruce
latebat sola Deitas,
at hic latet simul et humanitas;
ambo tamen credens atque confitens,
peto quod petivit latro poenitens.
Plagas,
sicut Thomas, non intueor,
Deum tamen meum te confiteor:
fac me tibi semper magis credere,
in te spem habere, te diligere.
O
memoriale mortis Domini,
panis vivus, vitam praestans homini,
praesta meae menti de te vivere
et te illi semper dulce sapere.
Pie
pellicane, Jesu Domine,
me inmundum munda tuo sanguine,
cuius una stilla salvum facere
totum mundum quit ab omni scelere.
Jesu,
quem velatum nunc aspicio,
oro, fiat illud, quod tam sitio:
ut, te revelata cernens facie,
visu sim beatus tuae gloriae. Amen
1. COMENTARIOS Jesús Cánovas
Gracias, Emilio, por el obsequio
de tan hermoso poema. Al leerlo, se me han ocurrido unas reflexiones que quiero
comentar.
Cuando “Dios es Amor”, como lo
expresa San Juan y como lo recuerda Benedicto XVI en su primera encíclica, se
evidencia por sí sola la insuficiencia del discurso racional para penetrar el
misterio de la divinidad. Dios siempre posee un plus allende la razón. Los
argumentos racionales poseen la belleza de su exactitud, el orden cristalino de
su lógica, pero solamente llegan hasta donde llegan; cuando la razón lo haya
dicho todo sobre Dios, entonces aparecerá Dios, no me cabe la menor duda, pues
si llueve sobre justos e injustos más debe hacerlo sobre sabios y simples.
¿Insinuaba algo parecido el Pseudodionisio al proponer la vía apofántica para
el conocimiento divino? En este supuesto, si a Dios se le conoce negando lo que
no es, el conocimiento de su nada nos abocaría hacia el abismo del
desconcierto, hacia el pasmo y la angustia, y, en último término, nos
inmergiría en una “nesciencia” pavorosa sino viniera en su ayuda el mismo
temblor del Amor de Dios que late ahí mismo: en el vacío de la ignorancia; la
cual, solamente por Él, puede convertirse en “docta”. Tensión insufrible, por
tanto, sería la de aquél que quiere conocer a Dios y se escamotea del Amor. ¿No
caería en algún tipo de tentación luciferina? Interesante sería recordar el
capítulo 13 de la 1ª epístola a los Corintios.
La reflexión anterior me lleva a
intentar recuperar el discurso poético como la mejor expresión del Misterio de
Dios, ya que involucra a la totalidad de nuestro ser por cuanto contempla no
sólo los aspectos racionales del mismo, sino también los emocionales, en su
doble vertiente de emoción superior e inferior. Es que quizá debamos pensar
como los medievales, que el Amor (de forma más ortodoxa, la fe, aunque también
más atenuada) salva la razón del ridículo en su intento de conocer a Dios, la
corona; pero quizá también cabría pensar que este Amor mismo la corrige, supera
y anula (o, por lo menos, produce en ella cierta quiebra) abriendo una vía de
conocimiento superior a cualquier tipo de discurso racional, tal y como ocurre
en el discurso poético (me refiero, claro, a la forma poética que quiere
expresar algo de Dios; aunque, bien mirado, si el amor —dejemos esta palabra en
minúsculas para no caer en exageración— no anima la expresión poética, ¿qué lo
hace entonces?), que, por definición, no es argumentativo si por argumentación
entendemos una secuencia coherente de premisas que concluye en algo. Pongamos
por ejemplo este poema que alude a la experiencia de la eucaristía (¿Es de Sto.
Tomás de Aquino?), aunque también podríamos pensar en el Cántico de San Juan de
la Cruz o en cualquier otro en el que se apuntara, dicho de manera
simplificada, hacia la esfera de lo místico. Cierto que una determinada
exégesis puede poner al descubierto los elementos racionales del poema, pero
cuando nos enfrentamos con la poesía con mayúscula, algo late allí no del todo
explicable por la razón; aparecen, digamos, imágenes, metáforas, antinomias,
contrasentidos, formas asintácticas, difícilmente transparenciables, eso, sin
entrar en la forma del mismo discurso o en esa suerte de “riesgo analógico” del
decir poético: parece como si estos poemas hubieran sido pensados de una sola
vez. Y este es el caso. “La poesía posee alas”, reza la metáfora, supera la esfera
de la ética e intervincula a Dios con el hombre.
Y es que la poesía en sí, la
verdadera, no es reducible a razón, y si en ella no late ese Amor con
mayúscula, por lo menos debe latir una gradación del mismo. Las cosas se han
devaluado tanto en nuestro mundo que esto no se percibe a simple vista, por eso
cuando nos enfrentamos con la verdadera poesía, aquella que conjunta los
elementos racionales y los emotivos de nuestro ser para trascenderlos en una
suerte de “riesgo” o “paradoja de significación”, nos sentimos conducidos hacia
una auténtica conmoción. Sería interesante rescatar las opiniones de Platón al
respecto, tal como aparecen en el Ion, allí habla del “entusiasmo”, esa
posesión por los dioses a la que se somete el poeta y que está a la raíz del poema.
No en vano, al situarnos en la perspectiva del origen de las palabras, el
“vate”, era el que vaticinaba al servir de puente entre los dioses y los
hombres; no sería, por tanto, un mero hacedor o productor del poema, según la
opinión de Aristóteles (aunque en ello ya habría algo noble; no como el caso de
esas “refritangas” que algunos quieren hacer pasar como poesía). Creo recordar
que Guenón, al que sigo ahora, pensaba que el verbo poieîn tiene la misma
significación que la raíz sánscrita Kr, de donde proviene la palabra Karma, e
igualmente, la palabra carmen, con la que los latinos designaban el poema; aún
más, dice Guenón que esta raíz se encuentra en el verbo creare en su acepción
más primitiva, de lo cual deduce que poeta y poesía significaban en la
antigüedad algo más que el sentido reducido que les confiere Aristóteles (el
que mayormente ha perdurado hasta nosotros). Los carmina, los versos, en la
acepción latina, originariamente poseían un referente ritual, y el carmen, como
tal, hacía mención a la misma acción del rito. La palabra poeta, por
consiguiente, posee un plus de significación que le viene otorgado de sus
filiaciones remotas; este plus no puede ser otro, en cuanto alude al oficiante
de un rito (y, en este sentido, el poeta es pontífice), que el de dador del
ser; el poeta no sólo produce, sino que también da, y lo que da es el ser
mediante su propia acción ritual, el poema, el carmen. Algo que, por supuesto,
en último término recibe de lo alto.
Bueno, yo sólo quería reivindicar
el discurso poético, y se me ha ido un poco la mano.
2.
Emilio
Gracias a tí por plantear la
cuestión del lenguaje poético a propósito del «Adoro te devote», un texto que,
según parece, pertenece a santo Tomás.
Y es que, frente a la mente
razonadora que, en el mejor de los casos, se parece a un «carro destartalado
que, haciendo toda clase de ruidos y descuajaringándose, nos lleva finalmente
al paraíso», como dijo no recuerdo quién en referencia a la música de Wagner.
Claro, comparado con Bach, que habita en el paraíso…O con Mozart, que, según
parece, disfruta de las atenciones del Eterno a ratos perdidos y cuando no
tiene que escuchar por oficio la música litúrgica de Juan Sebastián…O con
Beethoven, capaz de recorrer todos los registros, aunque el más suyo sea quizá
el «heroico». El mismo Tomás de Aquino es comparable a Beethoven en su
capacidad para abordar con profundidad cualquier asunto, y a Bach o Mozart
cuando confiesa a Reginaldo su intención de quemar cuanto ha escrito tras haber
gozado de la visión de la Trinidad, o cuando escribe el «Adoro te devote».
Algo así ocurre con la verdadera
poesía, la que merece ese nombre. Ningún discurso racional se le puede
comparar, como no sea el astrológico, especie de «poesía exacta» o «matemática
poética», en la que el único problema, como sabes, es el ajuste entre la
velocidad de la visión o de la intuición y su expresión en palabras. Por eso
podríamos definirla como una «música visual» que a veces entra también por el
oído, precisamente en los momentos en que el intérprete está más inspirado. Eso
sí, suele ser más «uraniana» que «neptuniana», más «celeste» que «oceánica»,
más relacionada con la Trascendencia divina que con la Inmanencia, al revés que
la poesía.
En cuanto al amor a que haces
referencia, también estoy de acuerdo, siempre que sea el mismo «che muove il
sole ed altre stelle» y del que se hace eco quien escucha la «armonía de las
esferas». En otro caso y como diría René Daumal, la poesía corre el riesgo de
convertirse en poesía «negra», justamente cuando el «entusiasmo» deriva en
endiosamiento. Por eso nunca el poeta se preparará bastante para acoger el don
de la poesía. Y aquí las palabras de J.Ratzinger a propósito del «don» de la
música de Mozart, que todo lo transfigura sin violentarlo, son de rigor.
Comentarios
Publicar un comentario