EUCARISTÍA

 

9 de oct. de 2006

El gran misterio de la presencia de Cristo en todas las épocas a través del Sacramento. Simultaneidad con la muerte y resurrección de Cristo. El misterio de la «actualización»: si todas las generaciones y todas las vidas son «contemporáneas» de la Pascua y Cristo nos abre en ella el acceso a la eternidad, cualquier existencia deviene contigua a la eternidad, aunque haya de transitar por la muerte y el juicio como último paso.

Necesidad de abordar la eternidad desde el tiempo. Sabiduría de la liturgia, que, a través de la «atmósfera» propia de cada «tiempo», el misterio de la Presencia.

¿De qué tipo de presencia se trata? Cuando Cristo instituye la Eucaristía mediante las mismas palabras que el sacerdote pronuncia en la Consagración, ¿a qué cuerpo se refería? ¿Al terrestre que aún no había pasado por la muerte, aunque sí por la Transfiguración, o al que resucitó gloriosamente en el día de Pascua?

Evidentemente, se trata del mismo cuerpo bajo dos aspectos diferentes. Las palabras…Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, que será derramada por todos en remisión de los pecados» apunta claramente al primer aspecto, aunque la misma frase nos muestra que es inseparable del segundo, a cuya manifestación se llega a través de la muerte redentora.

Puesto que se habla del «Santo Sacrificio de la Misa», parece evidente que la Eucaristía actualiza este sacrificio en cuanto realizado y consumado, aunque históricamente la acción redentora de Cristo tuviese una duración, la comprendida entre su muerte y su resurrección.

Se trata, pues, de una experiencia supratemporal hecha accesible a través de la fe en la doble naturaleza de Cristo asumida en su divina Persona, a la que se atribuye la redención.

Por eso ésta, al ser propia de la Divinidad, puede ser simultánea de todas las épocas al estar por encima de la temporalidad.

Ahora bien, puesto que la Eucaristía ha sido fundada y pensada en función de la existencia humana, va ligada al transcurrir del tiempo, a la repetición ritual cuya finalidad es elevarnos al orden divino y sobrenatural.

Quizá convenga subrayar la diferencia entre el acceso a la Divinidad de Cristo y el acceso a su humanidad, por más que sean inseparables.

En principio, la Divinidad es más accesible a las personas dotadas de mayor «sentido religioso», mientras que las otras necesitan más de la proximidad física y humana del Señor, de su humanidad.

Sin embargo, la percepción de Dios a través del «sentido religioso» solo puede ser una preparación para la comprensión y la vivencia de la Eucaristía, pues ésta supone una experiencia de la Divinidad mucho más elevada.

En el primer caso nos encontramos con una «elevación natural» del espíritu hacia Dios, mientras que en el segundo nos las habemos con la Presencia divina que desciende misericordiosamente hasta nosotros y convierte en don gratuito lo que antes era penosa búsqueda.

Por otra parte, hay que distinguir entre la presencia de la Divinidad que nos presenta la fe y la presencia de la humanidad que se nos ofrece en esta misma fe.

Aquí viene bien reflexionar sobre el precioso himno eucarístico «Adoro te devote», teológicamente impecable: «In cruce latebat sola deitas, sed hix latet simul et humanitas» («En la cruz solo estaba oculta la Divinidad, pero aquí (en la Eucaristía) también se esconde la humanidad»).

Es decir, para la mayoría de las personas es más fácil aproximarse a la Divinidad a través de la humanidad de Cristo que a la inversa. Y esto ocurre también en la actitud hacia la Eucaristía: los más subrayan en ella la presencia de la humanidad de Cristo antes que su Divinidad.

En cualquier caso, la presencia de Cristo en el cielo nada tiene que ver con los sentidos, mientras que su presencia eucarística nos es accesible (en la fe) mediante el oído («sed auditu solo tuto creditur»), que nos garantiza que el Señor está allí bajo las especies de pan y vino.

La percepción de la misma es, pues, inseparable de la fe. ¿Cabe prepararse para experimentar dicha presencia mediante una «composición de lugar»?

Puesto que se trata ni más ni menos que de percibir a Cristo, habrá que distinguir entre la disposición adecuada para hacerlo, es decir, el recogimiento, el silencio, la atención centrada en el sacramento, por un lado, y la percepción efectiva, por otro.

Sin embargo, si no queremos reducir la fe a mera «voluntad de creer», habrá que llenar de contenido experiencial el juicio «Esto (las especies eucarísticas) es el cuerpo y la sangre de Cristo»).

El concepto tradicional de «transubstanciación» se ajusta bien a la realidad de las cosas por mucho que pueda haber las teorías o los conceptos: la sustancia del pan y del vino es lo que hace que sean lo que son, por mucho que cambien el color, el tamaño o la configuración.

En la Eucaristía, el contacto con la persona de Cristo es más fuerte que en ninguna otra ocasión. Se trata de experimentar la presencia de Alguien que es a la vez Dios y hombre y cuyo ser ha de ser asimilado por el creyente con la finalidad de asemejarse progresivamente a Cristo.

Y es la mentalidad simbólica, la capacidad de ver a través de los símbolos del pan y del vino, alimento de nuestro cuerpo, lo que hace posible abrirse a la realidad sacramental y aprovecharla plenamente.

¿Cómo disponerse mejor a ello? Cultivando en nosotros el hábito de la oración, que nos permitirá acoger la presencia de Cristo mediante una espiritualización del ver, del tocar, del gustar el pan y el vino.

Es verdad que todo gira en torno a la comida, de manera que el sentido de la vista también se orienta hacia ella, más que a una simple contemplación visual, aunque ésta no queda desvalorizada en modo alguno (véase el culto posterior al Señor presente en la Hostia).

En la medida en que se pierde la mentalidad simbolista, la interpretación o comprensión de la Eucaristía se reduce a una de sus dimensiones, la moral, de manera que el sentido más profundo, el anagógico, queda fuera de consideración.

¿De qué modo se manifiesta en la existencia la interiorización de la presencia eucarística? En el plano moral, en el cumplimiento del Decálogo. En el plano espiritual, en la identificación con Cristo, un punto en el que el yo humano se muestra en su verdadera realidad, por contraste con una supuesta «Identidad Suprema».

¿Puede concebirse una espiritualidad católica completa sin referencia a la Eucaristía? No, puesto que ninguna forma de presencia de Cristo puede compararse con la presencia física en la Eucaristía. Y, en cualquier caso, ella es el motor de todas las demás, de manera que la auténtica espiritualidad católica las reúne todas.

 

COMENTARIOS

Juan

9 de oct. de 2006

Muy interesante. Eucaristia, Cristo, Cielo, Alma. Yo creo que sangre y cuerpo van unidos… no? Saludos

 

39.Respuesta a comentarios

11 de oct. de 2006

Gracias a Juan por su acogida al artículo Eucaristía y a Jesús Cánovas por su excelente comentario a Huérfanos de padre

Comentarios