EL TETRAGRAMA COMO PARADIGMA UNIVERSAL: ALGUNAS ANALOGÍAS
1.El Tetragrama y la Trinidad
De acuerdo con la interpretación más coherente
del Tetragrama, expuesta con gran profundidad en nuestra época por el autor
católico Jean Bardet y ulteriormente desarrollada por Jean-Marie Mathieu, las 4
letras que lo forman (una de las cuales se repite) han de ser leídas
circularmente y referidas a las 3 personas de la Trinidad. Así, la letra Iod
simboliza el Padre, la Vau se atribuirá al Hijo y las dos He, al Espíritu
Santo. Y, puesto que la fórmula en cuestión es circular, podemos concebirla
bajo la forma de 2 polos entre los cuales se establece una corriente que va del
uno al otro y viceversa.
Iod
He He
Vau
En efecto, la repetición de la He nos da a
entender que existe un movimiento que, saliendo del Padre, va hacia el Hijo y
retorna de éste al Padre. La He, que simboliza el Espíritu Santo, aparece como
mediadora entre Iod y Vau, el «origen» del movimiento y su «término». El
«aliento» o la «vida» asociados a la He se manifiestan aquí como el doble
movimiento de la respiración: la «espiración», vinculada a la primera He, y la
«inspiración», figurada por la segunda. De este modo, el Padre engendra al Hijo
y lo pone como distinto de él para comunicarle todo cuanto le pertenece (y ésta
es la «espiración»), para que, a su vez, el Hijo se lo devuelva, entregándose a
sí mismo al Padre (movimiento de «inspiración»). La «distancia» surgida en el
seno de la Divinidad por la generación del Hijo (es lo que expresa la primera
He, el primer aspecto del Espíritu Santo) queda abolida por el retorno del Hijo
al Padre, un retorno que no puede ser sino «unión» estrecha (el segundo aspecto
del Espíritu Santo, figurado por la segunda He, través de la cual la
«expansión» primera deviene reabsorción y «contracción»).
Dada, por tanto, la repetición de la He, no cabe
considerar el Tetragrama como un esquema de 4 polos, sino más bien de 3, uno de
los cuales se manifiesta como dualidad interpuesta entre Padre e Hijo, una
dualidad en donde cada uno de sus aspectos define la relación entre ambos de un
modo diferente: la primera He, colocada a continuación del Padre, señala el
tránsito de Padre a Hijo; la segunda, que viene después del Hijo, indica el
paso o el retorno de éste al Padre. Más que de 4 polos propiamente, tenemos
ante nosotros un esquema de 3 polos, en el que 2 de ellos se relacionan a
través del tercero.
No obstante, la lectura del Tetragrama,
necesariamente sucesiva, menciona en primer lugar al Padre, después al
Espíritu, luego al Hijo y, finalmente, de nuevo al Espíritu. Diacrónicamente,
la serie Padre-Espíritu-Hijo-Espíritu da a entender que lo que nace en el Padre
culmina en el Espíritu, pasando antes por el Espíritu y el Hijo. Pero, puesto
que el Espíritu del principio y el del final son uno y el mismo, no podemos
hablar de una progresión en la que cada uno de sus momentos signifique un paso
más hacia la perfección. La lectura diacrónica concluye, pues, por remitirnos
al esquema sincrónico: son el Padre y el Hijo quienes se relacionan en el
Espíritu, de manera que el sentido Espíritu-Hijo se invierte luego en el
Hijo-Espíritu. Y la circularidad exige que el sentido Padre-Espíritu se
invierta en el Espíritu-Padre. Padre e Hijo aparecen, pues, como contiguos al
Espíritu, pero no contiguos entre sí; por eso el Espíritu está «en medio» de la
Trinidad. Lo cual viene a ilustrar de algún modo los datos dogmáticos, según
los cuales la relación Padre-Hijo es una persona, el Espíritu Santo, del que se
dice que proviene de ambos.
Por el momento, no entramos en la consideración
del Pentagrama, como lo llama Bardet, el «Nombre sobre todo nombre»:
Iod-He-Schin-Vau-He, que, indudablemente, exigiría otros desarrollos, bien que
situemos a la Schin en el centro, bien que la coloquemos en tercer lugar,
conforme a la lectura diacrónica. Así aparecería en todo caso el carácter
central de la naturaleza humana, figurada por la Schin, ya en cuanto situada en
el centro (sincronía), ya en cuanto colocada en 3ºlugar (punto medio de la
fórmula).
Son dignas de notar al respecto algunas
relaciones numéricas. Si consideramos que los valores de Iod y Vau (10 y 6) son
números triangulares (de 4 y 3 respectivamente) y los reemplazamos
alternativamente por ellos, resultarán las «ecuaciones»:
10+6=4+6=10=1.
10+6=10+3=13.
13=1, pues es el valor de la palabra «ejad»
(«uno»).
Por otra parte,
He+He= 5+5=10=1.
2.Analogías del Tetragrama
Una vez explicada la estructura del Tetragrama,
es posible encontrar analogías en todos los ámbitos de la realidad,
especialmente en los referidos al ente humano, creado a su imagen y semejanza.
A este propósito, conviene extraer una interesante consecuencia. Si el hombre
es imagen de Dios, parece claro que cada uno de los polos del Tetragrama se
reflejará en el hombre «como en un espejo», en consonancia con su carácter de
imagen. A la luz de este principio, examinaremos en primer lugar el fenómeno
del conocimiento.
A) En el ámbito del conocimiento
De acuerdo con la analogía trinitaria,
distinguiremos 3 niveles en el ámbito del conocimiento: sujeto, objeto y
vínculo entre ambos. ¿De qué letra y, por consiguiente, de qué persona divina
es imagen cada uno de ellos? Puesto que, en el Tetragrama, la Iod es la
«primera» letra (aunque ello no suponga ninguna precedencia temporal ni
ontológica sobre las otras dos), tendrá su reflejo en el polo «último» del
conocimiento, es decir, el objeto. Es un hecho que el acto de conciencia,
simultáneo del surgimiento del sujeto, se produce siempre a través de una
confrontación, de un contraste, de una dualidad. Por lo tanto, el Padre tendrá
su imagen en el mundo uno e indiferenciado en el que aún no ha brotado el
sujeto y que, en consecuencia, es puro objeto. Por la misma razón, la letra
Vau, símbolo del Hijo, se expresará aquí a través del sujeto, mediante cuyo
surgimiento queda constituida la dualidad. ¿A qué corresponderían entonces
ambas He, es decir, el Espíritu Santo? Evidentemente, al vínculo existente
entre sujeto y objeto, que los diferencia y, a la vez, los une.
Si comparamos tales correspondencias con la
visión fenomenológica del conocimiento, observamos una concordancia básica. En
efecto, desde dicha óptica sujeto y objeto son inseparables en virtud de la
intencionalidad. ¿Pero qué papel atribuir al vínculo, cómo concebirlo? De una
parte, como separación entre ambos: así aparecen en la visión «natural», en la
que sujeto y objeto se muestran como irreductibles el uno al otro, como polos
enfrentados. De otra, como unión estrecha, identificación (no identidad) entre
ambos: es lo que se manifiesta en la actitud fenomenológica, que, a través de
la épojé, relativiza la distancia sujeto-objeto, lo que equivale, en cierto
modo, a abolirla. Y es ese equilibrio entre distinción y unión la imagen del
Espíritu Santo en la esfera del conocimiento. La reducción fenomenológica y, a
otros niveles, la eidética y la trascendental relativizan la división entre
sujeto y objeto característica de la actitud «natural».
Hay que hacer, no obstante, algunas reservas a
la concepción fenomenológica de la actitud «natural». El hecho de
entrecomillarla ya nos remite a la idea de que semejante actitud no tiene nada
de natural. Y es aquí donde conviene insistir: salvatis salvandis, el
enfrentarnos con las cosas es natural en el mismo sentido en que lo es la
distinción entre Iod y Vau en el seno del Tetragrama. Es decir, la primera He
expresa el contraste entre Padre e Hijo, la distinción entre ambas personas en
el seno de la Trinidad. Y sin esa distinción quedarían irremediablemente
falseados los datos del dogma. Y es que el Tetragrama es el Nombre completo de
la Divinidad, en cuya pronunciación participan por igual las tres divinas
personas, figuradas por Iod, Vau y las dos He. Esto supuesto, cada una de las
personas, como cada una de las letras desempeña su función: Iod y Vau
representan respectivamente la Divinidad «indiferenciada» y la «diferenciación»,
en tanto que ambas He simbolizan los dos aspectos de una única corriente que, a
la vez, «distingue» y «unifica». No tendría sentido unificar sin distinguir y,
por eso, en el ámbito que nos ocupa, el del conocimiento, es natural la
diferenciación, el contraste (no necesariamente el conflicto: éste es una
secuela de la «caída» original), sin los cuales la actitud fenomenológica
resultaría difícil de comprender en todo su alcance. La actitud natural no es,
pues, una pura desviación, una actitud aberrante sin más. Se trata, por encima
de todo, de un despliegue necesario de la dualidad, sin la cual no cabría
hablar de unificación, aunque, por el momento, no entremos a precisar en qué
sentido la «caída» original repercute en aquella actitud.
B) El camino espiritual y sus etapas
La meta del camino espiritual es la inserción
gratuita y acabada del creyente en la Trinidad. Por consiguiente, sus distintas
etapas pueden entenderse a partir de una «temporalización» del Tetragrama, de
una proyección del Tetragrama en el tiempo.
De este modo, hablaremos de 4 épocas de la vida
espiritual, marcadas respectivamente por las letras Iod, primera He, Vau y
segunda He. La etapa figurada por Iod se caracterizará por la concepción a la
vida del espíritu; la segunda, marcada por la primera He, es el nacimiento del
«hombre nuevo»; la tercera, asignada a la letra Vau, asiste a la toma de
conciencia del «hombre nuevo», a su «confirmación»; la cuarta y última,
atribuida a la segunda He, constituye el retorno al origen, la integración del
«yo» en el seno de la Trinidad. El estadio definido por la primera He supone,
pues, la aparición de la distancia entre la Trinidad y el creyente; la etapa
caracterizada por la segunda He va aparejada a la abolición de esa distancia, a
la unión con la Trinidad.
¿Qué sentido tiene la frase según la cual el
creyente es el «soporte» del mundo? En primer lugar, es claro que nos referimos
al mundo entendido como creación divina. Y la afirmación sólo es válida si se
predica del creyente que ha accedido a la última etapa, que se define por la
inserción en la Trinidad. Y podemos considerarla desde diferentes ópticas.
Ante todo, está la perspectiva teorética, en
cuyo caso la frase significa que nuestro yo, al insertarse en la Trinidad, se
transforma en el «yo trascendental» más riguroso: en él no sólo se halla
presente el «espectador demiúrgico» que se enfrenta a la globalidad del mundo,
a la cual «constituye» en el sentido husserliano del término. En la medida en
que el hombre así injertado en la Trinidad ha recuperado, al menos
parcialmente, su «semejanza» con Dios, le es otorgada la participación gratuita
en el designio «intelectual» por el que la Divinidad redime y santifica al
mundo.
Pero la frase ha de ser referida sobre todo a la
práctica, es decir, a la realización concreta y acabada de aquel designio. Así,
pues, cada hombre, al unirse conscientemente al circuito trinitario, se
convierte por participación en creador del universo; en redentor de la
humanidad e, indirectamente, del cosmos entero; y en portador del soplo del
Espíritu, capaz de transformar a todo aquél que lo acoja libremente. La vida de
quien se encuentra inmerso en la Trinidad es, a partir de entonces, la vida de
Dios; sus pensamientos coinciden con los de Dios; su voluntad se identifica con
la voluntad divina; y sus propósitos no pueden ser otros que los que se
originan en Dios.
¿En qué se traduce todo ello? De un modo análogo
a como un mismo sol es reflejado de manera distinta por los diferentes espejos,
la Trinidad deja improntas diferentes según los distintos yoes, de manera que
la totalidad del universo tiene en cada ser humano un eco singular e
irrepetible.
En consecuencia, a través de la inserción en la
Trinidad, el sujeto participa del entendimiento, la voluntad, el propósito
divinos y los aplica a la «constelación» particular que es su existencia para,
desde ella, hacerse cargo del universo entero. Y la «forma» en que el universo
es percibido por él es también el «esquema» de referencia en orden a ejercer la
voluntad divina.
No ha de hablarse, pues, de muchos universos
(tantos como personas), sino de un solo universo contemplado desde distintas
perspectivas. En este sentido, la intersubjetividad no es sino la pluralidad de
ópticas referidas a un mismo mundo. Ahora bien, de un modo análogo a como una
misma idea se expresa con diferentes vocablos en las distintas lenguas, así un
mundo idéntico se expresa de diversas formas según las distintas personas. La
unidad del mundo es, pues, una idea-límite si se la compara con la pluralidad
de sus perspectivas.
¿Quiere ello decir que toda perspectiva es buena
para acercarse a la unidad cósmica? En principio, sí, pero esto no significa
que la persona a que se refiere tenga garantizado el acceso a semejante unidad.
Y es que, en último extremo, la unidad del mundo le ha sido dada por el
Creador; sólo desde él cabe «constituirla». De otro modo, la pluralidad de los
yoes desembocaría, en último extremo, en el conflicto insuperable y en la
dispersión de los mismos. Como señalaba Pierre Gordon, en el «universo dinámico»
no puede haber sino un solo ser, que pertenece en común a la multitud de los
yoes y del cual no cabe apropiarse.
C) El año litúrgico
El Tetragrama se aplica asimismo al año
litúrgico, que comienza un poco antes del acontecimiento de la Natividad, y se
divide aproximadamente en dos mitades: la primera, marcada por los momentos
clave de la vida de Cristo, que culminan en su pasión, muerte, resurrección y
ascensión; y la segunda, que va de Pentecostés a Adviento y es el tiempo de la
Iglesia. En el centro de la primera se sitúa la primera He, mientras que la
segunda se centra en la segunda He.
D) La historia de la salvación
Si la historia de la salvación comienza con la
promesa de la Redención que aparece en el Protoevangelio, ¿cómo entenderla a
partir del Tetragrama? El estado de «justicia original» podría representarse
por Iod; la restauración que tiene lugar en Cristo, por Vau; y de las dos He,
la primera representa el intervalo comprendido entre Adán y Cristo, en tanto
que la segunda figurará el tiempo de la Iglesia, que se extiende desde Cristo
(ora empecemos a contar desde su muerte en la cruz, ora comencemos en
Pentecostés) hasta el fin del mundo.
COMENTARIOS
1. Miguel Angel Alonso Soto
Agradezco a Emilio de todo Corazón
este derroche de sabiduría que en su escritura encuentra nuestra experiencia,
de la que pone ante nuestros ojos sus cimientos. No veo los cimientos, veo los
ojos que me enseñan mis cimientos. No veo los ojos, veo con los ojos con los que
pido una mirada que me haga ver, a la vez, los míos sin angustiarme.
2.
Emilio
4 de nov. de 2006
Gracias por el comentario. Sé que
sale del corazón. Por otra parte, ¿qué sería el escritor sin el lector
cualificado? Los libros o los artículos pertenecen con tanta propiedad a quien
los escribe como a quien los comprende y saborea. Ocurre algo semejante en la
música. Un abrazo.
Comentarios
Publicar un comentario