DEMONISMO
10 de nov. de 2006
En nuestros días se impone la necesidad de marcar la propia puerta con signos y de trazar un círculo mágico alrededor de la propia casa, a fin de protegerla de los demonios. Debemos actuar de la misma manera que la gente de la Edad Media, ya que experimentamos casi sin tregua el asedio de las fuerzas del mal. El príncipe de las tinieblas se hace presente por doquier.
Escribía Kierkegaard:
La desesperación de los demonios es la más terrorífica forma de desesperación, la que desea enloquecidamente afirmarse a sí misma.
Esta desesperación anhela permanecer en sí misma, sin distanciarse de su tormento y, mediante ese tormento, oponerse a todo lo que existe.
¿Qué significa esto sino la destrucción de la música, cuyo sentido y finalidad deben afirmar la vida y lo patético de la vida? También los demonios deben ser combatidos por el espíritu noumenal de la música, pues la única fuerza que puede domarlos es precisamente la música.
Pero Kierkegaard afirma también que la música se identifica con el demonismo. ¿Quién podría resolver semejantes contradicciones?
La batalla entre la música en toda su belleza y función benéfica, de un lado, y los demonios en toda su fealdad y vicio, de otro, se desarrolla en un mundo invisible. En el mundo visible no pasa nada, excepto el hecho de que se dan conciertos. (Arthur Lourié, Prophanation et santification du Temps, París, 1966, Desclée de Brouwer, 142-143. La traducción es nuestra).
En nuestros días se impone la necesidad de marcar la propia puerta con signos y de trazar un círculo mágico alrededor de la propia casa, a fin de protegerla de los demonios. Debemos actuar de la misma manera que la gente de la Edad Media, ya que experimentamos casi sin tregua el asedio de las fuerzas del mal. El príncipe de las tinieblas se hace presente por doquier.
Escribía Kierkegaard:
La desesperación de los demonios es la más terrorífica forma de desesperación, la que desea enloquecidamente afirmarse a sí misma.
Esta desesperación anhela permanecer en sí misma, sin distanciarse de su tormento y, mediante ese tormento, oponerse a todo lo que existe.
¿Qué significa esto sino la destrucción de la música, cuyo sentido y finalidad deben afirmar la vida y lo patético de la vida? También los demonios deben ser combatidos por el espíritu noumenal de la música, pues la única fuerza que puede domarlos es precisamente la música.
Pero Kierkegaard afirma también que la música se identifica con el demonismo. ¿Quién podría resolver semejantes contradicciones?
La batalla entre la música en toda su belleza y función benéfica, de un lado, y los demonios en toda su fealdad y vicio, de otro, se desarrolla en un mundo invisible. En el mundo visible no pasa nada, excepto el hecho de que se dan conciertos. (Arthur Lourié, Prophanation et santification du Temps, París, 1966, Desclée de Brouwer, 142-143. La traducción es nuestra).
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