DEL EQUILIBRIO EN LA ESPIRITUALIDAD
19 de nov. de 2006
Para entender mejor el problema, conviene
remontarse a la estructura del Pentagrama (el nombre de Jesús) tal como aparece
en el gráfico adjunto.
Iod…….Lo «invisible», el «origen» («Padre»).
1ª He…..Tránsito de Iod a Vau (la primera
dimensión del «Espíritu Santo», la «energía» que da forma a lo «sin forma»).
Schin…..La «naturaleza humana» del «Verbo», del
«Hijo», situada en el centro del Nombre.
Vau…….»Lo visible» («Hijo»).
2ª He…..Retorno de Vau a Iod (la otra dimensión
del «Espíritu Santo», que conduce de lo «formal» a lo «sin forma», cerrando así
el círculo trinitario).
De ahí que la espiritualidad pueda incurrir en
las siguientes desviaciones:
A) Centrarse
en el «Padre», con olvido de las otras dos Personas. Llegaríamos así a restar
toda importancia al cosmos y a la humanidad, que perderían su consistencia.
B) Olvidando
al «Padre» y al «Espíritu Santo», centrarse en el «Verbo». Se perdería la
referencia a la fuente de donde todo emana, de manera que el cosmos y el hombre
quedarían abandonados a su suerte, en una «secularización» que les privaría de
todo dinamismo interior.
C) Centrarse
en el «Espíritu Santo», dejando a un lado al «Padre» y al «Hijo». Se otorgaría
la primacía al movimiento, excluyendo a los polos entre los que circula. Es el
defecto de todos los espiritualismos: olvidar el punto de partida y el de
llegada, cayendo así en el «iluminismo» y en todas las formas de fanatismo.
D) Dos
grandes modelos de espiritualidad dominan nuestra época: la gnóstica y la
secularista. La primera tiende a disolver al hombre y al cosmos en la no-dualidad,
comoquiera que se entienda; la segunda, que pretende rebasar el ámbito de la
«religión», se centra en una encarnación utópica que olvida el Origen y, por
tanto, queda desarraigada.
Vemos, pues, cómo la
espiritualidad gnóstica insiste en el papel de la Iod: en el fondo no hay otra
cosa que «el Absoluto»; a él ha de retornar el universo entero, que no es más
que «ilusión». Y así se entenderá la 1ª He como el movimiento que inaugura una
«caída» o una «creación ilusoria».
En cuanto al Origen, la
Iod, se le otorga la primacía sobre todo lo demás, en detrimento de Vau, en la
que encuentra su consistencia el cosmos entero. Semejante desviación conduce a
la negación de la Encarnación, a un Dios puramente aislado y separado de su
creación. Y, en el mejor de los casos, la «manifestación» de Dios en el hombre
resultaría incomprensible. Pues, ¿acaso puede concebirse un «Padre» sin «Hijo»?
La desviación secularista
parte de un leit-motiv aparentemente cristiano, como es la mundanidad y la
«manifestación», de manera que la Vau invade todo el horizonte. Pero el «Hijo»
no es posible entenderlo sin el «Padre».
Por eso, una espiritualidad
auténticamente cristiana ha de ser fiel a las diferentes Personas o
«polaridades», para lo cual subrayará asímismo el papel de la Schin, la letra
de la «naturaleza humana» de Cristo, asumida en la Trinidad por la Persona del
Hijo. Lo cual deja a salvo la distinción entre Dios y el hombre, a la vez que
insiste en que, a través de la deificación, el hombre deviene Dios «por
participación».
¿De qué manera accede la humanidad a la condición deiforme? Por la acción del
«Espíritu Santo», cuya tarea es construir el «cuerpo» de Dios en el mundo,
haciendo visible la invisibilidad del «Padre», a la vez que devuelve al «Padre»
invisible la visibilidad del «Hijo».
No otra es la condición del
«Espíritu», que lo es «del Padre y del Hijo». Pues ¿cómo concebir el «tránsito»
que es el «Espíritu» sin un punto de partida y otro de llegada?
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