¿CONTRAPOSICIÓN ENTRE LO APOLÍNEO Y LO DIONISÍACO?
14 de nov. de 2006
Fue Nietzsche quien, en su obra El
origen de la tragedia, planteó la contraposición entre el espíritu apolíneo
y el dionisíaco. Como tantas veces a lo largo de la historia, la
brillantez triunfó sobre la precisión conceptual y un nuevo tópico vino a la
luz.
¿Tiene algún fundamento histórico y sociológico
semejante oposición? No lo parece si consideramos que, en el mundo
grecorromano, Dioniso fue uno de los más notorios prototipos del Gran
Cazador (cuya contrapartida femenina encontramos, por ejemplo, en Diana),
uno de los oficiantes de los ritos de iniciación y una de las bellas figuras
religiosas de la Antigüedad. Así quedó de manifiesto tras las investigaciones
socio-antropológicas de Pierre Gordon, hoy, por lo general, olvidadas o
desconocidas. Por lo demás, conviene recordar que la verdadera acta del
nacimiento de Dioniso se encuentra en el texto bíblico relativo a la
embriaguez de Noé (Génesis 9,20-27).
Lo dionisíaco no es la superación de lo apolíneo,
sino otro nombre para designar la misma cosa: el acceso al mundo
transfenoménico, al ámbito de la iniciación: en él se hallan la mesura y
la desmesura.
La primera hace referencia al equilibrio en que
se funda el mundo; la segunda, a la trascendencia que parece disolverlo y
amenazarlo.
¡Siempre el tema recurrente de la Suprema
Identidad o, mejor, el de una cierta interpretación de la misma que no
puede soportar la diferencia; y es que lo perfecto es menos perfecto que
lo imperfecto! Y es que casi todas las formas de gnosis son proclives a
lo mismo: a elogiar la noche en la que todos los gatos son pardos.
Es verdad que en lo divino, a diferencia de la
esfera profana, ni la identidad empobrece ni la alteridad desequilibra (véase
cómo en el cristianismo se armoniza la Trinidad de Personas con la Unidad de la
esencia).
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