BABEL: NOTAS SOBRE LA RELACIÓN LENGUAJE/PENSAMIENTO

 

17 de oct. de 2006

¿Cómo explicar la pluralidad de las lenguas, su dispersión frente a la «relativa» unidad del pensamiento?

El episodio bíblico de la «Torre de Babel» atribuye la dispersión a la soberbia de la humanidad, que pretendía edificar una «ciudad y torre» que llegase hasta el cielo.

De lo que se trata aquí es de una autoafirmación semejante y posterior a la del pecado original. En aquella ocasión, Dios evita que el hombre tenga acceso al «árbol de la vida», cortándole el camino hacia él mediante el «querubín de la espada llameante», es decir, permitiendo que entre en el mundo la muerte, fruto principal del «árbol del conocimiento del bien y del mal».

Las consecuencias del pecado original no se manifiestan de manera inmediata. La lengua única representa un estado de relativa integridad tras el pecado original. Pero no tarda en ser reemplazada por la pluralidad de las lenguas, la cual viene a sustituir la unidad originaria de pensamiento y lengua. Y es la pluralidad o dispersión la que hace imposible la construcción de la «ciudad y torre» que llegue hasta el cielo. Curiosamente, la palabra «Babel», de valor numérico 16, significa «puerta del cielo» e, irónicamente, «confusión» o «dispersión».

Una progresión nos lleva desde los planteamientos del filósofo J.Derrida sobre la necesidad de «desconstruir» la tradición «logocéntrica» al análisis que hace Cándido Cimadevilla de la historia de la filosofía como una «ascensión al hiperuranio» seguida de una «caída a los infiernos».

Pero Cimadevilla postula una ultra-filosofía que rebase y deje a un lado la pretensión de absoluto de la razón y se abra a la Revelación, mientras que Derrida se limita a «desconstruir» dicha historia. En cuanto a los defensores del «pensamiento débil», parecen encontrarse a gusto en la dispersión.

¿Puede la humanidad volver por sí misma a la situación anterior a Babel? Ello supondría la capacidad de escapar por nuestras propias fuerzas al influjo diabólico subsiguiente al pecado original, cosa de todo punto imposible.

Ahora bien, ¿quiere esto decir que los hombres de distintas lenguas están condenados a no entenderse?

Conviene hacer una distinción: una cosa es entenderse a la perfección, y otra diferente no entenderse en absoluto.

En este sentido, las críticas a la tradición logocéntrica están justificadas en tanto se limitan a señalar que la lengua-una se ha perdido para la mayoría de los pueblos, pero se equivocan al afirmar la imposibilidad de que hombres de distintas lenguas lleguen a entenderse.

En la tradición cristiana, el acontecimiento opuesto a Babel no es otro que Pentecostés, en donde tiene lugar la venida del Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia. Solo en el Espíritu y, por tanto, en la Iglesia deviene posible encontrar la lengua-una y el pensamiento-uno.

Y es que un principio teológico fundamental dice así: “Tras el pecado original, la naturaleza humana ha quedado vulnerada, pero no corrompida o destruida». De otro modo, el ente humano no dispondría de entendimiento ni de voluntad para acoger la Revelación y recibir la Redención.

Pero, dado que la historia del pensamiento es también la historia de los errores y de las herejías, se hace necesario un Dogma que sirva de guía al entendimiento, de la misma manera que la ayuda de la gracia fortalece la débil voluntad humana.

Por tanto, al margen de la Revelación ninguna doctrina filosófica o religiosa puede reivindicar la lengua-una anterior a Babel. Tan solo el Dogma cristiano encierra un pensamiento-uno expresable en la lengua-una. De ahí la importancia de una crítica de la historia de la filosofía realizada a la luz del Dogma.

Y por eso no hay que confundir la tradición «logocéntrica» de raíz platónica y aristotélica con la filosofía «perenne», que, de manera natural, «surge» del Dogma y lo acompaña. Eso sí, hay que reconocer que en dicha tradición hay muchos elementos aprovechables, como lo demuestra su incorporación a la «filosofía perenne» por parte de san Agustín o santo Tomás.

Así, en relación con la problemática que nos ocupa, el opúsculo del de Hipona, De Magistro aporta notables intuiciones.

Trata de la naturaleza del lenguaje, de la índole de los signos, de su relación con la cosa significada y, sobre todo, de su finalidad última: despertar al espíritu, al «hombre interior» para que reconozca la luz de la verdad que se nos muestra en Cristo. Un tema en el que se reconoce la influencia platónica: la idea del Bien, el «sol» del mundo inteligible que hace posible la iluminación del entero ámbito del conocimiento. Una influencia adaptada y modificada de acuerdo con la concepción cristiana.

San Agustín distingue entre la situación de la mente humana tras el pecado original y la que le sobreviene tras la redención operada por Cristo.

Partiendo de la doctrina de san Pablo sobre el «hombre interior», establece los fundamentos de lo que se denomina la «razón iluminada por la fe».

Evidentemente, aunque Platón apuntase de alguna manera a esto, su concepción del Bien en modo alguno puede equipararse a la agustiniana, ya que el filósofo griego solo se mueve en el ámbito del conocimiento «natural» de Dios, mientras que san Agustín parte de una experiencia «sobrenatural».

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