ADVIENTO

 27 de nov. de 2006

Declinant anni nostri et dies ad finem. Quia tempus est, corrigamus nos ad laudem Christi. Lampades sint accensae, quia excelsus iudex venit iudicare gentes. Halleluiah, Halleluiah «Nuestros años y nuestros días van declinando hacia su fin. Porque todavía es tiempo, corrijámonos para alabanza de Cristo. Están encendidas nuestras lámparas, porque el Juez excelso viene a juzgar a las naciones. Alleluia, alleluia».

Así canta la Iglesia ambrosiana al terminar el año litúrgico. El canto suena grave y severo, pero está lleno de recóndita alegría; de ahí el doble alleluia del final. Lo que a los oídos del hombre mundano resuena terrible como las trompetas del último juicio, para la Iglesia, en cambio, a pesar de todo el terror, es jubiloso. El tiempo va pasando; pero con ello se acerca la eternidad. Solamente pasa este Aión; se aproxima el «Aión venidero», la eternidad de la salvación y de la felicidad.

El primer domingo de Adviento, la Iglesia de Milán canta: Sicut fulgur venit ab Oriente et paret in Occidente, sic erit adventus Filii hominis. Vigilate omnes et orate ; nescitis diem neque horam, quando Dominus noster saeculi finem ponat «De la misma manera que el rayo viene del Oriente y aparece en Occidente, así será la Parusía del Hijo del Hombre. Vigilad todos y orad, pues no sabéis ni el día ni la hora en que vendrá nuestro Kyrios a poner fin al Aión». La figura del mundo fenece; en su lugar se encienden para nosotros la inmutabilidad, la eternidad y la bondad inmutable de Dios…

Nuestra época nos ayuda a comprender con particular profundidad estos acentos. Cuanto más se alejan los hombres de la eternidad y más exclusivamente se vuelven a lo terreno y temporal, más gimen bajo el peso de lo transitorio. (Odo Casel,Misterio de la Cruz, Madrid, 1964, Ediciones Guadarrama, S.L., 189-190).

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