¿SON LOS GLÚTEOS EL NUEVO «ESPEJO DEL ALMA»?

 24 de jun. de 2006

Una célebre sentencia de los Puranas dice, entre otras cosas que, al final del «Kali Yuga», nuestra época precisamente, las personas serán valoradas no por su inteligencia, sino por su apariencia.

Tales palabras vinieron espontáneamente a mi mente cuando, tiempo atrás, me llegó la noticia de que algunos varones solicitaban de los especialistas en cirugía plástica que les modelasen los glúteos de manera que se asemejaran lo más posible a los de un conocido actor de cine. Se trataba, pues, de modificar aquel lugar «donde la espalda pierde su honesto nombre», para así corregir los «errores» que pudiera haber cometido la naturaleza.

Ya no basta, pues, con retocar un rostro «menos agraciado». El proceso de despersonalización sigue su curso, y si antes se situaban en el rostro las «señas de identidad» («la cara es el espejo del alma»), ahora empiezan a localizarse en otras partes del cuerpo.

Hoy que la figura humana tiende a uniformarse y a robotizarse cada vez más, dicho desplazamiento parece indiferente. Sin embargo, a poco que nos fijemos, el síntoma no deja de ser curioso y alarmante.

Es sabido que la inteligencia se aprecia, por ejemplo, en la forma de la cabeza, en la mirada, en la expresión del rostro, en los pliegues de la frente, etc., mientras que, por el contrario, el lenguaje corriente atribuye la falta de inteligencia o la necedad a otras partes del cuerpo menos «nobles».

El lector habrá reflexionado, sin duda, sobre ciertas expresiones muy castizas de las que suele servirse la gente (contra el precepto del Evangelio, es verdad) para insultar al prójimo.

Reparemos, por ejemplo, en la expresión «tont@ del c…». De las sonoras palabras que ahí se sobreentienden, ninguna dice relación a la cabeza o al rostro, sede tradicional de la inteligencia.

Todo inclina a pensar que la actual cultura de la apariencia no solo tiende a borrar las diferencias físicas existentes entre las personas, a uniformar el cuerpo humano y a privarlo del alma (resulta fácil observar cómo determinadas prendas, femeninas y masculinas, buscan hacernos creer que sus portadores no son otra cosa que «puro cuerpo»), sino también a invertir las naturales atribuciones de las distintas partes de la anatomía humana.

Ya estábamos acostumbrados a que los anuncios publicitarios insistiesen en la superioridad del «tener» sobre el «ser» e identificasen, por ejemplo, la personalidad de un hombre o de una mujer con el perfume o la marca de ropa que usa.

Luego se tomó como algo natural el intervenir quirúrgicamente para modificar a voluntad el «ser», que, a fin de cuentas, había quedado reducido a mero cuerpo.

¿Llegará un momento en que el valor de una persona se medirá por la apariencia de sus glúteos? La cultura de la imitación y de la falsificación culminaría en una verdadera inversión del cuerpo. ¿Qué hay detrás de semejante «crimen»? La respuesta no es difícil.

 

 

18.A propósito del comentario de José Antonio

1 de jul. de 2006

El texto del Deuteronomio que aduce José Antonio viene bien para evitar que algún incauto hable de los astros como si de dioses se tratara. Lejos de mí incurrir en semejante idolatría.

Pero, dicho esto, el problema que se plantea es el siguiente: ¿De qué índole es el «influjo» de los astros?  Santo Tomás de Aquino sostiene que las «influencias» astrales solo actúan directamente sobre la realidad material o corpórea. En cuanto al mundo espiritual, no está sometido a ellas.

Por su composición corpóreo-espiritual, el ente humano ofrece una gran complejidad, pues el espíritu, aunque situado más allá del cuerpo, puede dejarse arrastrar por los movimientos y tendencias corpóreos.

Se puede afirmar, pues, que los astros sacan su fuerza de la debilidad de la voluntad, como cuando nos dejamos dominar por nuestras pasiones.

Las «influencias astrales» pertenecen, por tanto, a la naturaleza corpórea del hombre, no a su naturaleza espiritual y, menos todavía, al «hombre interior», un tema sobre el reflexionó profundamente el pensador alemán del XVI Valentin Weigel.

No en vano se dice que «el sabio dominará a los astros», máxime cuando viene ayudado por la gracia divina.

Por consiguiente, no hay la menor dificultad en hablar del «influjo» astral, siempre que delimitemos bien su ámbito propio.

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