LAS NOTICIAS Y LA NOTICIA (6): «SI LOS NECIOS VOLARAN, OSCURECERÍAN EL SOL»

 

16 de jul. de 2006

Hoy que tantos anuncios y profecías de antiguos y modernos están cumpliéndose hasta en sus menores detalles, resulta difícil para gran parte de la humanidad sobreponerse a los «vientos de necedad» que soplan de todos lados y ver la realidad que tenemos delante.

¿Cuál es nuestra situación? Ante un naufragio posible pero lejano, tiene sentido advertir y amonestar. Después del naufragio solo cabe el «¡Sálvese quien pueda!». Al verlo próximo, lo único que podemos decir es: «¡Cuidado!». Y en ésas estamos.

¿Cuál es la causa de la gigantesca crisis que padece la humanidad? Con frecuencia se atribuye al «ambiente». Tiempo ha que algunos espíritus señeros hablaron de cómo el sistema de valores que regía la civilización occidental ha sido paulatinamente desterrado por la llamada «civilización del mal».
Se funda ésta en la no distinción entre bien y mal, en la decidida voluntad de comer del «árbol del conocimiento del bien y del mal», lo que significa hacer depender lo bueno y lo mal del capricho del hombre.

Pues bien, hoy como nunca la humanidad se atribuye ese «conocimiento», lo que la lleva a sostener, si no teóricamente, sí de un modo práctico, que no hay ningún Dios ni ninguna ley moral por encima de nosotros.

Por eso, los intentos de crear un «superhombre» capaz de decidir sobre el bien y el mal siempre terminan frabricando un «infrahombre»: «Qui veut faire l´ange, fait la bête». Y el siglo XX nos ha ofrecido suficientes muestras.

Pero ¿cómo ha nacido este ambiente del que tanto nos lamentamos? El principio democrático del «gobierno de la mayoría», tan bien definido por Winston Churchill como «el menos malo» (ya que no el mejor) de los regímenes, se ha trasladado al terreno de las ideas.

Y así llegamos a la afirmación más o menos expresa de que «la verdad es lo que opina la mayoría».

Sin embargo y todavía hoy, todo el mundo reconoce la autoridad de «cada maestro en su oficio». ¿Por qué no debería haber entonces maestros cuyo campo sea la moral o el deber-ser? ¿Por qué no han de existir maestros en el arte de pensar las cosas en su más profunda realidad?

Observamos a nuestro alrededor un inquietante fenómeno: muchos adolescentes se permiten negar a los mayores en general, y a sus padres y maestros en particular, la posibilidad de saber lo que ellos desconocen.

Hace algún tiempo me hablaba un amigo de su hijo adolescente y se lamentaba en estos términos: «a su lado, Castro es un aprendiz de tirano» (evidentemente, exageraba, pero…).

Es verdad que todos hemos pasado momentos difíciles en la adolescencia, edad en la que el ego tiende a afirmarse de manera desmesurada, hasta el punto de que pueden aparecer ciertos rasgos paranoides. Pero, una vez pasados esos años, las tendencias en cuestión iban disipándose poco a poco.

En la actualidad, en cambio, la falta de contacto con padres y maestros y, en general, con el mundo de los adultos, añadida a la adhesión a grupos marginales, hace difícil la vuelta a la realidad, de manera que los rasgos citados perduran, con frecuencia, en etapas posteriores.

Y así muchas personas, sobre el papel adultas, continúan comportándose como si fueran adolescentes. No es de extrañar, pues, el descenso «en picado» en todos los órdenes, la arbitrariedad en los comportamientos, la imposibilidad de enseñar a quien «nada tiene que aprender» …

Comentarios