LAS NOTICIAS Y LA NOTICIA (5): ¿»APOPTOSIS» EN LA HUMANIDAD?
15 de jul. de 2006
Hace más de una década, los medios de
comunicación hacían referencia a un notable descubrimiento. Un grupo de
científicos españoles, coordinados por Faustino Mollinedo, demostró la
capacidad de una molécula llamada «edelfosina», un éter fosfolípido, para
inducir la muerte selectiva y rápida de las células cancerosas sin que las
sanas queden dañadas.
A diferencia de otros fármacos utilizados en
quimioterapia, la edelfosina (ET-18-OCH3) se une a las células tumorales y, una
vez dentro, induce una señal que provoca el suicidio de éstas.
La línea de investigación se mueve en uno de los
campos más prometedores de la biomedicina contemporánea; la apoptosis o muerte
celular programada, proceso que llevan a cabo todas las células en un
determinado momento.
Consiste en un acto biológico «altruista» que
efectúan algunas células para que sobrevivan las más próximas, un fenómeno
fundamental para entender los procesos de inmunización que afectan a todo un
organismo y en el que están involucrados numerosos genes y proteínas.
Así, el nuevo reto para la ciencia es
identificar la proteína que, a modo de bandera, permite a la edelfosina
reconocer las células cancerosas: en la actualidad los estudios están
centrados, sobre todo, en la proteína p53, presente en un 60% de los tumores.
Hasta aquí los planteamientos biomédicos.
Sin embargo, los términos de la descripción nos
parecen tan arquetípicos que no nos resistimos a encontrarles analogías en
otros campos.
Muchas veces, al hablar de la crisis crucial en
que se debate la humanidad actual hemos oído dilemas como éste: o se corta
«quirúrgicamente» el proceso «canceroso», y entonces muere el enfermo de
resultas de la operación, o se deja que el «cáncer» desarrolle «metástasis», y
el enfermo morirá igualmente.
¿Es la humanidad un organismo? Hasta cierto
punto, sí, aunque no en el sentido de que algunos de sus miembros puedan ser
sacrificados al conjunto, puesto que se trata de seres personales, espirituales
y libres. Carece de sentido, pues, plantear semejante dilema.
Es verdad que acude inmediatamente a nuestra
mente la posibilidad de un exterminio selectivo, pero tal decisión solo puede
referirse a Dios y a una perspectiva escatológica.
Nos viene a la memoria el momento de la siega y
de los segadores (los ángeles) en la conocida parábola del sembrador. Y
recordamos asimismo la parábola de la cizaña, en la que el dueño del campo dice
a los segadores: «No intervengáis hasta que trigo y cizaña estén maduros, no
sea que, por precipitaros en arrancar la cizaña, os llevéis también el trigo».
Por lo demás, cuando pasa el ángel exterminador
(ver libro del «Éxodo»), todo el mundo ha de respetar ciertas reglas si no
quiere morir: el dintel de la puerta ha de estar manchado con la sangre del
cordero pascual…»
«Y marcará a los elegidos con una señal en la
frente», dice el «Apocalipsis».
¿Puede una persona sacrificarse por otra o, al
menos, tomar sobre sí parte de la carga del prójimo? A quienquiera que conozca
mínimamente el cristianismo, la idea le resultará harto familiar y sabrá que
semejante comportamiento es indisociable de la doctrina del «Cuerpo Místico».
Un caso resonante: el de Maximiliano Kolbe en el campo de exterminio de
Auschwitz, cuando ofreció canjear su propia vida por la de uno de los
condenados a muerte.
¿Cabe otro tipo de autosacrificio, el de las
«células malignizadas», producido por una situación insoportable de falta de sentido,
de asfixia radical? «En aquellos días buscarán los hombres la muerte y no la
encontrarán, desearán morir y la muerte huirá de ellos» (Apoc. 9,6).
En tal caso, el suicidio sería una muestra de
egoísmo o un acto de evasión. Los casos se han multiplicado en los últimos años
más de lo que cabría esperar.
Por lo demás, algunas profecías hablan de
futuros suicidios en masa. Y no nos referimos a casos como el de Heavens´Gate,
que, después de todo, puede resultar atípico y «menor», sino a algo mucho más
importante.
¡Ojalá reaccione la humanidad y tales anuncios
no lleguen a cumplirse!
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