LAS NOTICIAS Y LA NOTICIA (2): EL HUEVO DE LA SERPIENTE
26 de jun. de 2006
Cuando analizamos los nacionalismos presentes en
la España de hoy, encontramos en ellos un factor común: un «yo» inmaduro o
reactivo que se afirma contra el «nosotros» nacional, que, a los ojos de aquél,
se convierte en un «ellos» ajeno y hostil.
En teoría, se trata de un yo «adolescente»,
«paranoide», que necesita hacerse un lugar, llamar la atención sobre sí, marcar
su propio espacio vital frente a la realidad nacional.
Sin embargo, semejante yo correspondería más
bien a un estadio anterior a lo que constituye la nación moderna, por ejemplo,
los estados feudales, para utilizar una terminología cómoda y sin entrar a
fondo en lo que realmente fueron.
No es ése el caso, pues los nacionalismos de hoy
han surgido en una etapa en que las naciones tienden a integrarse en agregados
supranacionales.
En todo caso, hay que hablar de una resistencia
a esa incorporación. Así, la «pérdida de identidad» nacional que trae consigo
la antedicha integración busca ser compensada por una autoafirmación que,
supuestamente, nos retrotraería a épocas pretéritas.
Es verdad que la formación de Estados (o, cuando
menos, de alianzas) supranacionales hace violencia a los modos de vida que
históricamente han ido surgiendo al amparo de la identidad nacional moderna.
Pero semejante violencia no se remedia a través
de la huida a un pasado imaginario.
Películas como Los cuatro jinetes del
Apocalipsis y La caída de los dioses describen el proceso de
descomposición de una sociedad, la alemana de la época inmediatamente anterior
al nazismo: la división en las familias, la desconfianza en las relaciones de
amistad, la ideologización de toda relación humana.
Era el preludio del nacimiento del «Monstruo»
nacional-socialista, el periodo en que se incubó el huevo de la serpiente,
un fenómeno que afectó a toda una nación moderna.
Es verdad que el fenómeno nazi difería de lo que
hoy llamamos nacionalismos. Pero se asemeja a ellos en la patología
socio-psicológica que lo caracteriza, una mentalidad paranoide, cuando no
abiertamente paranoica.
El lector no tendrá dificultad en extrapolar la
situación: quienes viven o han vivido hasta hace poco en el País Vasco o en
Cataluña conocen bien los efectos de treinta años de educación en el vasquismo
o en el catalanismo militantes y en el odio a todo lo español.
Un adoctrinamiento implacable que ha puesto en
grave peligro el modelo de convivencia surgido de la Constitución de 1978 y la
integridad del Estado español.
Por si fuera poco, desde las elecciones de 2004,
la presión gubernamental y mediática, actuando de correa de transmisión de esa
mentalidad paranoide, pugna por ideologizar el entero cuerpo social de España,
evocando viejas querellas y jugando al aprendiz de brujo.
Es cierto que el interés que mueve a quienes tal
ideologización fomentan no coincide con el de los nacionalismos vasco y
catalán, sino que más bien busca desprestigiar la opción política conservadora
y asegurar el triunfo socialista en las próximas elecciones.
Pero, remitiéndome una vez más al título de una
película, quizá hayan entrado ya en un corredor sin retorno. Cuando se
conjuran constelaciones del inconsciente colectivo, como diría C.G.Jung
(véase Consideraciones sobre la historia actual), fuerzas que se sitúan
más allá de nuestro control, se corre el riesgo de provocar catástrofes no sólo
psíquicas, sino también físicas, por ejemplo, una «balcanización» de España o
una «guerra de todos contra todos».
De momento, buena parte de la gente no quiere
ver lo que se avecina y hacen como el avestruz: así, huyen del ruido de la
política y se refugian en la esfera privada, en el círculo de los amigos, de
las personas en quienes confían.
Ahora bien, si todo continúa al ritmo previsto,
muy pronto se envenenará el ambiente hasta el punto de que no serán posibles
unas relaciones humanas que merezcan tal nombre.
COMENTARIOS
1. Ana
La
verdad es que haces un retrato interesante de los nacionalismos, también es muy
importante concienciar a la sociedad que metiendo la cabeza bajo el ala como el
avestruz difícilmente se van a solucionar los problemas que acarrea el mundo
moderno. Cada vez la gente se involucra menos en la política y dejamos en manos
de unos cuantos el control sobre temas de absoluta transcendencia social. Hay
que animar a la gente a que participe en política, pues entre todos se pueden
conseguir muchas cosas. Un abrazo
2.
Emilio
Gracias,
Ana, por tu comentario. Efectivamente, mientras la gente no salga de su
letargo, no habrá manera de cambiar la situación. Y lo peor es que en España
pueden llegar las cosas muy lejos antes de que eso ocurra. Pero, como he
indicado en el artículo «Tomémoslo con humor», la política (como también la
ciencia y otras actividades fundamentales para la existencia humana) «no
debemos dejarla únicamente en manos de los profesionales».
Comentarios
Publicar un comentario