LA TIRANÍA DE LO FÁCTICO: «PROHIBIDO PROHIBIR»

 

14 de jun. de 2006

En cualquier tertulia o reunión que se precie de ser fiel a la «actualidad» se habla mucho de la realidad «de hecho», de la situación «de hecho», por contraste con lo legislado o lo instituido, generalmente tildado de anacrónico o ilegítimo por no ajustarse a «lo que pasa en la calle».

Siempre existió y existirá la tensión entre el ser y el deber-ser: es el tema de la Moral. Pues se trata precisamente de perfeccionar los hechos para que se acerquen lo más posible al ideal.

En eso se diferencia el hombre del animal, que, por definición, es a-moral, es decir, no sujeto a normas o leyes y sí a lo que le aconseja su instinto en cada momento.

Por eso no cabe aplicar a ninguna conducta humana el calificativo de amoral, por mucho que determinados comportamientos de por sí profundamente inmorales parezcan amorales, como el del asesino que, a fuerza de matar, llega a no sentir el menor remordimiento.

En efecto, semejante asesino jamás debe de ser confundido con un animal depredador. Hay una distancia, pues el animal forma parte de la Naturaleza: por favor, no «calumniemos» a los animales.

Imponer a toda costa el ideal fue la estrategia de todo autoritarismo y dogmatismo (que, todavía hoy, algunos confunden con «dogma»: lo que es objeto de fe porque rebasa el ámbito de la razón; «dogmatismo», en cambio, es exigir la fe allí donde la razón sobra y basta). Lo sabíamos.

Pero no se es tan consciente de que existe otro tipo de dogmatismo: el de quien considera que nada hay por encima de la propia razón y voluntad. De ahí que hiciese fortuna el imperativo acuñado en la «revolución» parisina de mayo del ´68, el célebre «prohibido prohibir», es decir, la reivindicación de la tiranía del hecho.

Lo cual equivalía a dinamitar toda forma de gobierno y de autoridad en nombre de la supuesta legitimidad de la rebelión, pues «prohibido prohibir» significa otorgar carta de validez a cualquier comportamiento, por arbitrario que sea.

El empuje de la realidad «de hecho» se manifiesta en todos los ámbitos. Todo es provisional, «a prueba», «a cata», de manera que una educación basada en tales «principios» (que no son sino la inversión del verdadero, del principio moral) solo producirá antropoides, humanoides, «animalicos», salvadas, naturalmente, las distancias a favor de éstos últimos.

Incluso la Iglesia sufre presiones muy fuertes de cierta gente, que quiere convertir los sacramentos en ritos «light», en mero pretexto para una celebración multitudinaria y costosa.

Y así, con frecuencia, tenemos una «Confirmación» de los que no quieren ser cristianos adultos; una «Eucaristía» recibida mecánicamente; un «Orden» otorgado a sujetos sin preparación o considerado como una opción provisional; un «Matrimonio» contraído por personas inmaduras, que no saben a qué se comprometen y piensan, por ejemplo, que el estado conyugal no está reñido con la infidelidad o que no es una unión para siempre.

Es verdad que la Iglesia, consciente del descenso general de nivel en todos los órdenes, se muestra comprensiva. Así, por ejemplo, cuando declara la
nulidad del Matrimonio basándose en la inmadurez psicológica de los contrayentes, en su incapacidad para la convivencia o en otros impedimentos. Pero ello no implica, claro está, la menor claudicación ante la realidad «de hecho»: no existe el «Matrimonio a prueba».

En fin, tomémoslo con humor y constatemos que la «ESO» (abreviatura de «Edad Super Oscura») se ha dejado sentir en todo. Viene a mi mente una anécdota. Sabe el lector que en algunos grandes almacenes se dan bastantes facilidades para devolver una mercancía o, en todo caso, para cambiarla por otra. Pues bien, hubo una vez un cliente que, a los seis (6!) meses de haber adquirido un artículo, fue a devolverlo. Con mucha amabilidad le contestó el dependiente: «¡Comprenda Ud. que alguna vez tendremos que dar los artículos por vendidos!».

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