LA RAZÓN CIENTÍFICA Y SUS LÍMITES


4 de jun. de 2006

Hoy el progreso de la ciencia parece imparable. Por un lado, sus conquistas resultan de enorme utilidad para la vida de los humanos, haciéndola más cómoda y liberándola de determinados trabajos y servidumbres.

Por otro, constituyen una amenaza para la misma existencia humana, bien por imprimirle un ritmo acelerado en demasía, bien por mecanizarla en exceso.

Resulta, por ello, necesario definir el campo de la ciencia. Y lo haremos brevemente, contestando a tres preguntas: ¿Qué investiga la ciencia? ¿De qué instrumento se sirve? ¿Cuáles son los límites de la ciencia?

Para responder a la primera cuestión, diremos que el saber científico no se propone investigar qué son las cosas, sino cómo funcionan. Abordar en su última raíz lo que son las cosas queda para la filosofía.

Conocida es aquella comparación: Es de noche. Un hombre busca algo a la luz de una farola. Pasa otro y le pregunta: «¿Ha perdido Ud. algo?». Contesta el primero: «Sí, un monedero». Vuelve a preguntar el transeúnte: «¿Pero lo ha perdido ahí?». Y replica el buscador: «No, pero aquí se ve muy bien». Quien está buscando es el científico; el otro es el filósofo.

¿De qué se sirve la ciencia en su investigación? De la razón «instrumental», basada en la observación y la experimentación, de manera que los resultados puedan ser objeto de medición o de cuantificación.

¿Qué pensar, pues, de aquel cosmonauta soviético que relató (la historia es verídica) que, mientras orbitaba alrededor de la Tierra, no había visto a Dios ni a los ángeles?

¿Y qué decir del cirujano que afirma no haber tropezado nunca con el alma mientras utilizaba el bisturí?

Por eso el científico nunca debe decir: «No existe el mundo invisible, el mundo inaccesible a la razón instrumental», sino más bien: «Por los procedimientos y métodos típicos de la ciencia, es imposible descubrirlo. Por otros, no lo sé».

De ello son conscientes los científicos merecedores de ese nombre, es decir, los que hacen ciencia y no mala filosofía.

Pues la peor de las filosofías es la que se introduce de tapadillo, como ocurre a veces en las charlas de los vulgarizadores o de ciertos «científicos» más ansiosos de celebridad que preocupados por lograr una justa comprensión de su propio quehacer.

Son ellos los que contribuyen a crear la impresión de que la ciencia es una «filosofía definitiva», capaz de solucionar cualquier enigma, o una «religión incomparable», que dispone (o, a la larga, dispondrá) de todos los medios para «salvar» al hombre y colmar todas sus ansias.

Podemos contestar ahora a la tercera pregunta: ¿Cuáles son los límites de la ciencia? Puesto que solo puede abarcar el ámbito de lo observable, lo medible, lo cuantificable, quedan fuera de su competencia los problemas relacionados con el sentido último del mundo, por ejemplo, los valores morales y la existencia de Dios.

Tales cuestiones pertenecen a la filosofía, una de cuyas ramas, la Ética, aborda el tema de los valores morales y del deber-ser. De la segunda se ocupa la Teología Natural, aquella parte de la Filosofía que se interroga sobre la existencia de Dios y enjuicia la validez de los argumentos que pretenden demostrarla.

Otra cosa es que la Filosofía pueda contestar a todos los problemas que se le plantean, ella que no se limita a buscar «allí donde hay luz», sino también en la oscuridad.

Y, justamente allí donde la Filosofía enmudece, comienzan a hablar las religiones y sabidurías, las cuales, enfrentadas a su vez con el Misterio que todo lo envuelve, han de dejar paso a la Revelación de Dios en Cristo.

Ahora bien, esto no significa que el cristianismo tenga respuesta para cualquier pregunta que se le ocurra formular al ser humano. Pues la Revelación se nos dio, ante todo, para que conociéramos las verdades necesarias para la salvación, que es nuestra finalidad última.

De todos modos y como afirma santo Tomás de Aquino, a la vista de las dificultades con que tropieza la razón humana, obnubilada tras el pecado original, la Revelación era conveniente para facilitarnos el acceso a algunas verdades que, en principio, están a nuestro alcance, pero que solo podríamos hallar tras ímprobos esfuerzos.

COMENTARIOS


Miógenes




Parece acertado en estos momentos insistir en cuestiones relacionadas con la definición y el sentido de la ciencia, en su dominio de comprensión y sus límites de conocimiento. Debido a que como afirmas, «por los procedimientos propios de la ciencia es imposible descubrir el mundo invisible», es preciso recuperar el sentido de racionalidad en su aspecto más profundo y no reducirla a la actividad de la llamada “razón autónoma”.


Debido a las maravillosas aportaciones de la ciencia al bienestar de la humanidad y a un determinado conocimiento de la realidad, se ha establecido la ilusión de que la verdad sólo es alcanzable desde el control científico de la existencia. Es el pensamiento dominante, que acaba convirtiéndose en nuevo mito.


Parece mentira que, a estas alturas, el reduccionismo de lo que significa racional en el sentido clásico, lleve a afirmar en una entrevista a respetables científicos como el Director del Museo de las Ciencias Príncipe Felipe de Valencia(1) que el hombre es una excrecencia química; o que le «asombra que algunos científicos crean en Dios». Considerando también que la ciencia y la religión «no tienen nada que ver la una con la otra. La ciencia trabaja en el terreno de lo racional, y la religión en el terreno de lo irracional.» ¡Cómo si la religión no fuese también como la ciencia y como el arte, una creación humana fruto de un espíritu inteligible y de la verdadera racionalidad! Me viene a la memoria la referencia que Paul Ricoeur hacía de aquel deportado que salía con la Biblia en una mano y con un manual de matemáticas en la otra diciéndose: «No sé cómo se combinan ambos libros, lo único que sé es que soy yo quien los lleva.»


En este sentido he encontrado en Armando Rigobello(2) una reflexión sobre las relaciones entre filosofía y ciencia, señalando que para algunas perspectivas contemporáneas la ciencia sería el futuro de la especulación filosófica. Es decir, el desarrollo filosófico tendría como fruto la ciencia. Si la filosofía o la religión nacen de la capacidad de «asombro» del hombre ante su propio misterio, los descubrimientos científicos irían restringiendo progresivamente el ámbito o la posibilidad de asombro. Parece, sin embargo, que la ciencia progresa y el misterio último que nos envuelve, queda intacto.


Es preciso señalar que cada vez son más las aportaciones de científicos, -aquellos que dices que hacen ciencia y no «mala filosofía»- en el sentido de que la ciencia como tal no puede «explicar» todos los «asuntos» humanos que están más allá de lo cuantificable.


1. Entrevista del periodista Miguel Alberola a Manuel Toharia, recogida en EL PAIS, 18 de agosto de 2001. Citado por Alfonso Pérez de Laborda «Filosofía de la Ciencia: una introducción”. Ed. Encuentro.


2. Armando Rigobello «El porqué de la filosofía», Caparrós editores.






Amigo Miógenes, tus observaciones me parecen muy útiles y vienen a completar lo que se dice en mi artículo. Efectivamente, parece mentira que todavía campee a sus anchas la mentalidad que quiere contraponer ciencia a religión. Y es que conserva su validez aquella constatación: «La mucha ciencia acerca a Dios; la poca ciencia aleja de Él». O aquella otra: «Ciencia sin conciencia es ruina del alma».


Por lo demás, quienes defienden posiciones semejantes, poco remedio tienen. Se puede enseñar «al que no sabe, y sabe que no sabe». Es una de las obras de misericordia, que decía el Catecismo. Pero «al que no sabe, y no sabe que no sabe» (en castellano se le aplica un sonoro apelativo) es imposible enseñarle nada. ¡Qué hubieran dicho de la entrevista a que haces referencia un Newton, un Einstein o un Heisenberg!


En cuanto a las observaciones de A.Rigobello que citas, me parece que reinciden en las tesis cientificistas. No se ve que aporten nada nuevo. Una cosa es decir que algunos planteamientos filosóficos han abonado el terreno para futuros descubrimientos científicos, y otra afirmar que la ciencia iría restringiendo el ámbito del misterio.


En todo caso, se puede decir que la filosofía culmina en lo que se ha dado en llamar «la filosofía perenne», en la que vienen a desembocar tarde o temprano las intuiciones o conquistas de los más grandes filósofos.


¿Desvela la religión (en el sentido de la Revelación divina) el misterio del mundo? No parece que desvele sino lo más necesario para alcanzar la salvación. En todo caso, hay que buscar primero «el Reino de Dios y su justicia»; todo lo demás se nos dará «por añadidura». ¡No pongamos el carro delante de los bueyes!

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