LA DEGRADACIÓN DE LA FIESTA

 5 de jul. de 2006

¿Cuándo empezó la humanidad a celebrar fiestas? ¿Cuál es el sentido originario de la fiesta? Con anterioridad a la «caída» (y de ello hay rastros en todas las religiones y filosofías merecedoras de tal nombre), el ser humano no se encontraba prisionero del espacio-tiempo.

Abierto a la mente divina, se le ofrecía todo el conocimiento del Universo. Tenía a su alcance todas las energías y fuerzas del Cosmos y estaba en íntima comunión con la Naturaleza y consigo mismo.

Era capaz de dar nombre a todas las cosas porque vivía en unión con ellas y su mente no estaba enturbiada por ningún deseo de posesión.

Veía su ser como un fiel reflejo y un don del Ser divino que no debía guardarse en exclusiva.

Leía sin esfuerzo en el gran libro del Universo y captaba espontáneamente el misterio de la vida.

La pérdida de esa condición primitiva llevó a ese «superhombre» a ser privado de su situación de privilegio, como atestiguan los mitos, que, como sabe toda persona medianamente culta, no son meras fábulas.

Gracias a ellos se mantuvo el recuerdo de aquella época primitiva y se conservó la posibilidad de retornar a ella a través de los oportunos rituales.

He aquí el origen de las fiestas, un tema sobre el que el antropólogo Pierre Gordon escribió hermosas páginas.

En la actualidad nos hallamos casi en las antípodas de la condición primitiva. El peor de los paganismos de la Antigüedad era superior en este punto a la civilización consumista de hoy.

Vivimos en un mundo en el que la fiesta corre el peligro de convertirse en puro ocio o mera liberación de la servidumbre del trabajo.

Para la mayoría de la población del mundo occidental, las fiestas se han convertido simplemente en vacación, en escapada de un trabajo que se vive como esclavitud o automatización.

Se comprende así la nivelación o igualación de todas las fiestas, que, de ser una ocasión privilegiada para trascender el tiempo repetitivo y mecánico, han pasado a ser simple diversión privada, cuando no mera alienación o puro embrutecimiento.

Y es que la liberación de las obligaciones laborales no supone sin más la adquisición del equilibrio personal o social. Es la vida entera la que anda desajustada en nuestra sociedad y no solo a causa de la servidumbre del trabajo.

Por eso la creciente liberación del trabajo no ha llevado a la humanidad a un «ocio creador», como pronosticaban algunas novelas futuristas, sino más bien a un ocio autodestructivo o estéril.

Tan solo mediante un verdadero retorno a la Naturaleza, de una nueva relación con el Cosmos, en definitiva, de un redescubrimiento de la religiosidad, de una apertura a Lo Sagrado, podremos aprender de nuevo lo que es la fiesta.

Así experimentaremos que la existencia no es una ratonera, ni una progresiva asfixia bajo los anillos de la «serpiente del tiempo», ni la vivencia desesperanzada de que «nada hay de nuevo bajo el sol».

¿Quién es capaz de vivir la fiesta? El que empieza a percatarse de que ella no es el «gato por liebre» que nos quieren hacer tragar desde instancias interesadas, políticas o comerciales, que pretenden transformarnos en simples números manipulables, sino la posibilidad, en medio de la vida cotidiana, de un retorno a nuestra condición más profunda, oscurecida y vulnerada, pero jamás destruida.

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