LA AUTORIDAD, EN EL EXILIO
6 de jun. de 2006
Para el observador atento, los últimos años han supuesto una tremenda aceleración del proceso de devaluación de la autoridad. Sirvan para ilustrarlo algunos indicios.
El primero es la galopante pérdida de respeto a la figura del maestro. Las personas nacidas antes de la mitad del siglo XX o poco después verán con nitidez la diferencia entre la actitud con que un padre confiaba entonces su hijo al maestro («No dude en castigarlo, si se porta mal; y, si llega a mis oídos que reincide, entonces va a saber lo que es bueno») y la de ahora:» Hijo, si el maestro se porta mal contigo, me lo dices, que aquí estoy yo para defenderte».
Esto último suena a chiste, pues a los maltrechos y devaluados maestros de hoy apenas les quedan fuerzas, no ya para meterse con los alumnos, sino incluso para ir al psiquiatra.
Otra figura devaluada es la del sacerdote. Mucha gente, para justificar su alejamiento de la Iglesia, se escuda en la falta de ejemplaridad presente o pretérita de sus pastores, y razona de esta guisa: «Puesto que ellos no actúan de acuerdo con la doctrina que predican, está claro que la doctrina en cuestión es falsa».
Otro fenómeno, todavía más grave, llama la atención dentro de la misma Iglesia: la pérdida del respeto a la autoridad de los obispos.
Ciertos «teólogos» actuales, con el pretexto de seguir las directrices del Concilio Vaticano II (que, a sus ojos, es el Concilio «moderno» por antonomasia, pues ha logrado superar las «trasnochadas» doctrinas proclamadas en otros Concilios), pretenden conducir a los laicos a su definitiva «emancipación».
Surge así un nuevo tipo de laico que, solo o reunido en congreso con sus semejantes, y acogido con generosidad por los medios de comunicación «izquierdosos» (que son la mayoría), siempre ávidos de sensacionalismo, va propalando por doquier «ideas nuevas» que tienden a combatir el «autoritarismo».
Podríamos referirnos asimismo al desprestigio de la clase política, pero esto es ya un tópico: pocos quieren exponerse a que les llamen «dictadores».
Aducidos los hechos, investiguemos sus causas.
Ante todo, cabría aludir a cómo la autoridad del maestro ha quedado erosionada por el mal comportamiento de algunas personas que desempeñaron indignamente tan noble función.
De manera similar, el ministerio sacerdotal pudo ser empañado por la deplorable conducta de ciertos individuos que se sirvieron de él para su propio provecho.
Sin hablar del «despotismo» y del talante «feudal» de algunos obispos, que utilizaron su autoridad espiritual para disponer a su antojo de las conciencias de los fieles, traicionando así el mandato de Cristo, para quien la más alta función de la autoridad es servir.
Sin embargo, a poco que profundicemos, veremos que la culpa histórica no es suficiente para justificar el rechazo visceral a toda autoridad.
Siempre hubo comportamientos indignos y, no obstante, la mayoría de la gente supo distinguir entre la persona que desempeña una función y la función misma.
La primera podía estar sujeta a las debilidades humanas; la segunda era siempre merecedora del máximo respeto.
Por eso no vale decir, por ejemplo, que algunos maestros, con su conducta indeseable, fueron los verdaderos culpables de lo ocurrido, pues lo que ha desaparecido no es simplemente la reverencia hacia éste o aquel maestro, sino el respeto hacia la figura misma del maestro.
Al igual que en otros ámbitos, ha sucedido que «al tirar el agua sucia de lavar al niño, se ha tirado de paso al niño».
Y es claro que, al desprestigiar a los maestros, los padres no hacen sino «tirar piedras al propio tejado».
Por eso, quien ponga en entredicho la autoridad del maestro sufrirá él mismo las consecuencias.
¿Y la pérdida del respeto a la figura del sacerdote? ¡Qué contraste con la actitud de Cristo al criticar a las autoridades religiosas judías! Él decía: «Haced lo que dicen (los sacerdotes), pero no hagáis lo que hacen».
Así, pues, por análoga razón, la mala conducta de quienes tienen autoridad en la Iglesia, en modo alguno justifica el que nos alejemos de la práctica religiosa.
En cuanto a los «teólogos» que se sienten coreados por sus discípulos laicos, pronto se percatarán de que se han convertido en «aprendices de brujo»: sin darse cuenta, han liberado fuerzas incontrolables que terminarán por arrastrarlos a ellos mismos.
Podríamos seguir analizando otros fenómenos similares, pero la conclusión permanecería invariable: la incapacidad de buena parte de nuestros contemporáneos para concebir y aceptar una autoridad que mantenga a raya los egoísmos y las arbitrariedades individuales.
A la vista de lo cual, ¿cabe otra cosa que debatirse entre «la espada y la pared», entre Guatemala y Guatepeor», entre la «Escila» de la tiranía y la «Caribdis» de la demagogia?
COMENTARIOS
José Luis Samper
13 de jun. de 2006
Respecto de la en el aula, el maestro la tiene por delegación del padre o la madre, pero difícilmente éstos pueden delegar algo que lo más normal es que no tengan. El maestro o la escuela se convierten así más que en un aliado en la educación de sus hijos en la coartada de su fracaso.
Añadamos a esto que cuando la autoridad no se tiene hay que ganarla, y para cierta mentalidad frecuente entre los profesores la autoridad no es la fuente de la disciplina y el orden, sino que está asociada a autoritarismo o cualquier otra actitud negativa y que el orden necesario para que el aula sea un espacio de aprendizaje vendrá generado espontáneamente por la madurez o la razón del alumno, lo cual, de ocurrir, indicaría que no son realmente alumnos. Prefieren substituir la autoridad por «técnicas» y «estrategias» en el manejo de la clase, o sea, intentos de manipulación que pronto el alumno capta y deja en peor lugar al maestro. Algo muy propio de la mentalidad instrumental, solamente que en este caso no suele generar poder, sino rechazo.
La crisis de autoridad no deja de ser una consecuencia más del individualismo o subjetivismo dominante. Ahora ya no se parte de ella, sino que hay que ganarla con firmeza, constancia y honradez en el trato. Nada fácil, pues no se espere en ese terreno ayuda desde las instituciones o cargos públicos, que ante todo procuran quedar bien ante los «usuarios» del sistema.
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