HUÉRFANOS DE PADRE
29 de sep. de 2006
Con frecuencia se oye hablar en público y en
privado de la crisis sin precedentes que sufre nuestra civilización y, de
rechazo, la humanidad entera.
Es más raro, sin embargo, que el conferenciante
o el interlocutor se pregunte por las causas profundas de la misma: lo normal
es que la conversación se desarrolle en el terreno de la sociología o de la
política y se busquen «chivos expiatorios» en los que descargar las culpas
individuales y colectivas.
Las cosas no son así, y, de permanecer en esos
niveles, solo hallaremos explicaciones superficiales, limitándonos a «poner
parches» que no solucionan nada.
La crisis que padecemos afecta al mundo del
espíritu y, en este plano, el más pequeño error tiene consecuencias
incalculables, de un modo semejante a como la variación de unos pocos grados en
el punto de mira del telescopio implica una desviación de millones de
kilómetros en el objetivo.
Para continuar con el símil astronómico, en el
mundo del espíritu es imposible orientarse al margen de ciertos principios y
valores alrededor de los cuales gira la entera existencia.
¿De qué «sol» espiritual, de qué modelo supremo
se ha desviado el «telescopio» de la humanidad? Nada menos que de un «sol», de
un arquetipo, de un modelo llamado «Padre». Y no nos referimos únicamente a la
figura humana del padre, sino a su raíz misma, el «Padre Eterno», «de quien
toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra».
El propio Nietzsche, que acuñó la célebre frase
«Gott ist tot» («Dios ha muerto»), siente pavor ante semejante acontecimiento y
se pregunta «cómo hemos podido romper las cadenas que nos ataban a nuestro
sol».
Por eso, al eclipsarse el «astro» de nuestra
sociedad «avanzada» (así llaman en algunas lenguas a los alimentos pasados de
fecha), se eclipsa también la figura del Padre terrestre.
Y, al perderse esta figura, se pierde el sentido
del respeto, de la autoridad, de la distancia, de la trascendencia
y, en definitiva, la capacidad de obedecer o de inclinarse ante aquella
realidad que nos supera.
Y es que la figura de la Madre, símbolo de la cercanía,
del amor, de la confianza, de la inmanencia no puede
tomarse como único referente de la existencia.
Es verdad que el respeto sin amor paraliza
(la historia nos ofrece abundantes ejemplos del «Padre tiránico»), pero el amor
sin respeto impide madurar
Ejemplo: los «hijos de mamá», que hoy
sobreabundan; ni se les pasa por la cabeza el pensamiento de «abandonar el
nido»; y si ya la «primera generación» seguía el criterio de «vive de tus
padres hasta que puedas vivir de tus hijos», ¿dónde estaremos hoy?
Las tentativas de la Madre para suplir al Padre
ausente están condenadas al fracaso, de un modo análogo a como, en un mundo en
que la virilidad declina, a la feminidad le resulta imposible remediar la
carencia.
Es la entera sociedad la que está huérfana de
Padre. Lo vemos en la instancia pública, en donde casi nadie quiere hacer
semejante papel, no sea que le acusen de tirano o de dictador. Y, desde el
momento en que la autoridad pública hace dejación de su deber, la sociedad queda
colapsada.
No hace falta poner ejemplos. Hasta un niño
podría encontrarlos sin esfuerzo.
Mal están las cosas, pero todavía pueden
empeorar, verbigracia, en el ámbito educativo: si los escasos padres que
quieren ejercer de tales se enfrentasen con quienes, por oficio, son también
«padres» (los educadores), la educación quedaría dinamitada.
COMENTARIOS.
Jesús Cánovas
Me alegra encontrarme de nuevo con
estas «píldoras» antiadormecimiento, y te felicito, Emilio, por tu decisión de
seguir adelante a pesar de tanto viento en contra como hoy sopla.
Este articulillo, «huérfanos de
Padre», me ha traído a la cabeza a quien de forma dramática, antes que
Nietzsche, plantea el problema de la muerte de Dios. Me refiero al Dostoievsky
de «Los hermanos Karamazov». Iván, el intelectual de los hermanos, lo formula
con claridad: El «Padre» es quien nos impide ser nosotros: ¡matémosle! Ahora
bien, muerto el «Padre», todo vale, y si todo vale, cualquier «padre» puede
morir: mata a tu padre, como consecuencia. Si nadie sanciona acerca del bien o
del mal, cualquier actuación del hombre es «neutra»; y si cualquier acto
realizado tiene el mismo valor, es decir, ninguno, ¿qué diferencia hay entre
matar una mosca o matar a tu mismo padre? No hay lugar para la ética, porque
nadie podría decidir aquello que incurre en falta, aquello que es pecado,
aquello que es injusto (¿qué es lo bueno o lo malo?… ¿Cómo actuar en
consecuencia?: mata a tu padre.) La ética, sencillamente no existe, porque no
existe Dios, ningún «Padre». De lo que se sigue que tampoco tendría que haber
culpa. Por analogías, volvamos a la cuestión: matemos, pues, a nuestro propio
padre y quedemos con su herencia… ¡Al fin la libertad! ¡La realización!… ¿Esto
significaría que para ser nosotros mismos nos tendríamos que volver todos, sin
excepción, delincuentes, si no asesinos? Quizá lo seamos ya… Y si no existe
Dios, quizá tampoco la expiación de la culpa.
En la novela el «padre terrestre»
muere asesinado por el bastardo (crimen «secreto» en el que se inculpa a un
inocente). Iván deseaba esta muerte con intensidad; repudiaba al padre porque
lo sentía como una «tara» en su alma, como un «viejo bufón» incongruente y
malévolo. La analogía se sigue con facilidad: el «Padre celeste», al igual que
el terrestre, es visto como un impedimento, como inhibidor de la propia
realización (una vez más, la vieja soberbia detrás de estos planteamientos): es
necesario liberarse de cualquier corsé ético para acceder a la libertad, la
felicidad, la realización…: ¡La libertad soy Yo y nada más que Yo! Sin embargo,
y curiosamente, esta realización no parece ser nada diferente a la extinción de
la culpa. El problema es (y no es poco), que la culpa no desaparece al
desaparecer el padre, sino que se agrava. Iván no ha resuelto nada al morir el
padre; es más, se da cuenta para su sorpresa (y tristemente, podríamos añadir)
de que si «todo vale» cuando no existe el Padre, es él mismo quien debe
consentir con la injusticia, con el mal, podríamos decir sin reparos (y al
consentir el mal, se vuelve malo): la impunidad del asesino y el castigo del
inocente, aunque éste último sea su «verdadero» hermano. Pero, ¿no da todo
igual?… ¿No vale todo?… Ergo, si nos volvemos malos al consentir con el mal, en
realidad no somos malos y tampoco tenemos culpa. Pues no: al inocente hay que
restituirle la inocencia. Si Iván no tomara cartas en este asunto, «su» culpa»
crecería: quien busca la «libertad», la verdad, la realización con el corazón
no puede quedar impasible ante el mal, pues el mal sigue siendo mal y, en
última instancia, le pasaría factura convirtiéndolo en malvado. Nuestra manera
de actuar nunca es neutra; la ética se fundamenta en la ontología, y no podemos
negar esta dimensión sin negarnos a nosotros mismos. Aún más, si esto es así,
Dios no ha muerto. No puede morir. El hombre sólo se mata a sí mismo… ¿o no?
Me gustaría, Emilio, que volvieras
sobre esta cuestión.
Agradezco el comentario de Jesús
Cánovas, muy pertinente y profundo. Y me da pie para reflexionar sobre el
paralelismo entre bien y mal, de un lado, y verdad y error, de otro.
La tradición filosófica más
certera atribuye al mal y al error un estatuto negativo, el de «no-ser». Ni el
mal puede subsistir abandonado a sí mismo, es decir, sin el bien, ni tampoco el
error al margen de la verdad. Solo pueden tener una «existencia parásita».
Por eso, en vez de hablar de ser y
no-ser, resultaría más gráfico comparar el error (y el mal) al gusano, y la
verdad (y el bien), a la manzana. Imaginemos un mundo en el que solo hubiera
gusanos y ninguna manzana…Por lo mismo, santo Tomás de Aquino dice que «no
puede haber amistad entre malvados». A lo sumo-añado-la complicidad que hay
entre gusanos mientras queda manzana.
Así, el que dice que «no existe la
verdad», ya supone que hay una verdad, precisamente ésa: «no existe la verdad».
De otro modo, ni siquiera podría el relativista hablar.
De igual modo, quien dice que «no
existe la moral» y, por consiguiente, que «cualquier conducta es válida», es
decir, que «da lo mismo obrar como Hitler o Stalin que como san Francisco de
Asís», que no es mejor respetar la propiedad ajena que robar, que todo es relativo,
que «todo depende…», quien así piensa da por supuesto que eso que defiende es
«lo bueno» y «lo moral». De manera que volvemos a la tentación de la
«Serpiente»: «Seréis como dioses cuando decidáis vosotros mismos qué es el bien
y el mal, cuando estéis más allá del bien y del mal».
Así, el relativista moral juzga
buena cada una de sus acciones: lo que ayer era malo, hoy es bueno, pero
también lo bueno de ayer es hoy malo…
Se comprende que el relativista
sea embustero por necesidad y se guíe por el conocido «principio»: «No doy un
penique por lo que hice o dije ayer».
Se comprende que el relativista,
como el embustero, sienta necesidad de «reescribir la historia». Si es un
político, mandará que se la escriban; trabajo tiene el reescribidor, que, a las
primeras de cambio, caerá en desgracia, por falta de rapidez para ajustar su
criterio a los acontecimientos. Quizá algún lector recuerde el conocido chiste:
«En una cárcel de la Polonia comunista dialogan tres presos sobre los motivos
que les han llevado a prisión. Dice el primero: «Yo estoy aquí por criticar a
Gomulka». Habla el segundo: «A mí me encarcelaron por elogiar a Gomulka». Por
último, dice el tercero: «Yo soy Gomulka»).
Si no es un político, tendrá que
volver a escribir su propia biografía continuamente (cualquiera recordará sin
esfuerzo las supuestas biografías de antifranquistas, elaboradas, claro está,
después de la muerte de Franco: «A moro muerto, gran lanzada).
Recordemos la novela de G.Orwell,
«1984», basada en estas premisas, y aquel axioma célebre: «La guerra es la paz,
y la paz es la guerra».
En fin, si aplicásemos esto a la
actualidad, hasta un niño (eso sí, no estropeado por la ESO) podría encontrar
axiomas similares o poner nombres propios
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