EVOCAR A LA «BESTIA» : HACIA EL CONTROL INFORMÁTICO TOTAL

30 de may. de 2006


Es notorio que en casi todas las épocas se intentó desde el poder manipular a las masas o implantar contenidos en el cerebro de la gente. Pero, desde el segundo tercio del siglo XX, el desarrollo acelerado de los medios de comunicación ha hecho posible la modelación de los modos de pensar de la humanidad hasta extremos preocupantes. El ideal de las dictaduras es el «lavado de cerebro», al principio vinculado a la neutralización o eliminación de los enemigos políticos, más tarde dirigido al control ideológico de toda la población. Y, ya en los regímenes supuestamente democráticos, las mentes más lúcidas han tenido ocasión de comprobar con qué facilidad se influye en la opinión pública por medio de la televisión y cómo se manejan a placer las masas por parte de charlatanes y «salvapatrias». Por desgracia, estamos todavía en el principio. Los progresos de la informática pueden traer cosas mucho peores y, de hecho, las están preparando. Y una de ellas es facilitar el control casi total de la sociedad por parte del poder. No es difícil calibrar los riesgos que entraña la acumulación de la información en manos de unos pocos, sobre todo cuando existe la posibilidad de juntar todo cuanto saben de nosotros los distintos organismos, ministerios, instituciones o departamentos. Pulsando un botón, alguien podrá conocer en todo momento (y la información es poder) el estado de nuestra cuenta bancaria, de nuestra salud, de nuestras creencias o ideologías, de nuestras costumbres y de todo lo demás. Hace años se empezó a hablar de las posibilidades de los microchips y de los males que la nanotecnología puede acarrearnos (justo es reconocer, sin embargo, los bienes que nos aporta, por ejemplo, en muchas ramas de la Medicina). Pues bien, voy a referirme brevemente a un proyecto terrorífico que, al parecer, ya está en marcha. Saben los lectores que ya se implantan microchips en perros y gatos con el fin de tenerlos «matriculados» y controlados en todo momento. Por otra parte, conocemos el enorme desarrollo de las tarjetas de crédito desde hace algún tiempo, de manera que su aplicación a otros ámbitos discurre a velocidad acelerada. Así, empezando por Japón y Estados Unidos, las «smartcard» o «tarjetas rápidas» tienden a generalizarse, pues permiten agilizar los servicios en la Sanidad y en otras áreas. Sigamos. Con el pretexto de garantizar la seguridad de las tarjetas de utilización personal, se proyecta idear un instrumento de identificación intransferible, que no pueda extraviarse ni ser objeto de falsificación o de robo. Y, curiosamente, en el código de identificación, como en tantos otros hoy en uso, entraría el número 666. Extraña «manía» la de utilizar tanto ese número: está presente, por ejemplo, en el usual código de barras que llevan todos los artículos; por lo demás, numerosas publicaciones y películas nos tienen acostumbrados a abordar el tema de «La Bestia» de manera generalmente frívola o tendenciosa. ¿En qué consistiría, en definitiva, la nueva «tarjeta de identificación»? En un microchip que se nos implantaría en una parte de nuestro cuerpo. Hace ya años, la tecnología era capaz de fabricarlos de un tamaño mucho más pequeño que el de un grano de arroz, ¡Cuánto más reducidos son los de hoy y lo serán los del futuro! Carl Sanders, que participó en dicho proyecto, hizo experimentos para determinar qué partes del cuerpo serían las más adecuadas para implantar el microchip mediante una simple inyección. Llegó a la conclusión de que lo mejor sería colocarlo en la mano o en la frente. Carl Sanders no era creyente. Por eso un día quedó sorprendido y aterrorizado al leer el célebre pasaje del Apocalipsis: «A este fin hará que todos los hombres, pequeños grandes, ricos y pobres, libres y esclavos tengan una marca en la mano derecha o en la frente. Y que ninguno pueda comprar o vender sino aquél que tiene la marca o nombre de la Bestia, o el número de su nombre. Aquí está el saber. Quien tenga inteligencia, calcule el número de la Bestia, que su número es de un hombre, y el número de la Bestia, seiscientos sesenta y seis» (Apocalipsis, 13,16-18). Todavía no ha llegado el momento de la Bestia, pero, indudablemente, alguien quiere apresurarlo.


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