ESCAPAR A LA «ENTROPÍA» SOCIAL
29 de sep. de 2006
En todos los relatos sobre la creación del mundo
se habla (con algunas variantes) de un «caos primordial», de un desorden previo
a la existencia del mundo. Es la voluntad divina la que establece el orden. Y
es sabido que, en griego, la palabra «kósmos» significa precisamente «orden»,
una realidad compuesta de partes diferentes que están en equilibrio.
Si aplicamos esto a la humanidad en su conjunto,
observamos que las épocas armónicas de la historia se caracterizan por el
mantenimiento de un orden duradero (dentro de lo que cabe, claro está, en un
mundo «caído», degradado), basado en la correcta interacción de los diferentes
polos sobre los que se asienta la existencia.
Pues bien, el estado de cosas en el que casi
nada está en su sitio parece tener plena aplicación en el mundo occidental: las
naturales diferencias entre hombre y mujer, joven y anciano, padre e hijo,
discípulo y maestro, etc., tienden a disiparse, lo que ha provocado un
auténtico caos social.
Varios pensadores lo anticiparon en su día. Así,
Ortega y Gasset, al formular el diagnóstico de la sociedad de su tiempo, decía:
«Lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa». Es como afirmar que
estamos desorientados, «sin Oriente» que nos guíe.
Su célebre libro «La rebelión de las masas»
concreta ampliamente el diagnóstico, señalando cómo la pérdida de valores
acompaña a la masificación social: adoctrinado por falsos intelectuales,
abandonado por quienes debieron educarlo, el pueblo ha dejado de ser tal para
convertirse en «masa», en ser anónimo e irresponsable.
Por su parte, René Guénon consideraba la crisis
del mundo moderno como la antesala de un estado terminal de descomposición, que
se definiría por la disolución de todo orden.
De ser el custodio fiel, aunque pasivo, de las
tradiciones y de los valores sobre los que se fundamenta la existencia, el
pueblo se ha degradado en ser sin nombre. Y, si en el pasado fue un baluarte
frente a la decadencia de los dirigentes o una isla incontaminada por la
epidemia de la corrupción, no ocurre lo mismo en la actualidad.
Y Raymond Abellio aludía a la segunda ley de la
Termodinámica, el «principio de entropía»: la diferencia de potencial entre los
distintos estados es lo que hace posible el intercambio, de manera que cuando
desaparece la diferencia de nivel entre los «vasos comunicantes», acontece lo
que se denomina la «muerte térmica», el colapso final del mundo material.
De un modo análogo, podríamos hablar de la «entropía
social», tendencia a la nivelación general de los polos sociales. Y así, por
ejemplo, la nivelación cultural consigue que «todo el mundo sepa lo mismo», es
decir, lo mínimo o casi nada.
En los tres autores citados se apunta, aunque de
distinto modo, a la pérdida de la diferencia, a la nivelación como signo de la
fase terminal de cualquier ciclo de la humanidad. No se investigan, sin
embargo, las causas profundas de semejante «muerte».
Por otra parte, los autores en cuestión
contemplan el fenómeno desde una perspectiva «naturalista». Y, si nos atenemos
a ella, habría que darles la razón.
Tanto si acudimos al simbolismo zodiacal, como
al planetario, o a un esquema basado en el ciclo luni-solar, siempre
dividiríamos el ciclo en fases. Por ejemplo, si lo dividimos en dos, la primera
se caracterizará por una afirmación de la «individualidad» o de la «mismidad»;
la segunda, por el predominio de la «alteridad». Si lo distribuimos en cuatro,
habría que subdividir las dos fases anteriores según la polaridad «mismidad»-«alteridad».
Y siempre habrá un principio y un fin, un cenit y un nadir.
Ahora bien, una reflexión radical sobre el tema
exige que hablemos de un principio y un fin «absolutos», más allá de la
multiplicidad indefinida de los ciclos. Es lo que la Sagrada Escritura llama el
«Génesis» y el «Apocalipsis».
Por otra parte, si, desde un principio, la
humanidad ha sido «elevada al orden sobrenatural» y, por tanto, su historia no
es justiciable en términos de pura naturaleza, no es posible reducir su devenir
a mera historia «natural».
De ahí que cada época o fase de la historia
guarde una relación «vertical» con la eternidad y no pueda entenderse
simplemente a partir de la «horizontalidad» de las otras.
Y por eso existe un destino individual además
del universal: por eso se habla de un juicio particular junto al juicio
universal.
Por lo demás y continuando con la reflexión
sobre la entropía, eso sí tomada analógicamente, hemos de observar que no
describe la realidad tal como es en sí. Pues, junto a ella existe la ectropía,
el impulso creador y diferenciador.
Es verdad que dicho impulso no sobrepasa el
ámbito de la naturaleza, necesitada como está siempre de la «gracia» para
perfeccionarse.
Por eso el conocido adagio «Cualquier tiempo
pasado fue mejor», que, por así decirlo. populariza sin entrar en detalles los
diagnósticos arriba mencionados, debería corregirse en el sentido siguiente:
«Para quien está abierto a la misericordia divina, cualquier tiempo pasado fue
peor»; en cambio, «para quien se cierra a la acción de la gracia, cualquier
tiempo pasado fue mejor».
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