«EL PESCADO EMPIEZA A PUDRIRSE POR LA CABEZA»
30 de sep. de 2006
Un conocido refrán que bien puede aplicarse a
nuestra sociedad. Se habla muchas veces del estado de descomposición en que se
encuentra la civilización y la cultura occidentales. Se hace referencia a la
pérdida de principios y valores que gobiernen la vida, de la desorientación en
que nos movemos, del contraste profundo entre el progreso material y
tecnológico, de un lado, y el enanismo o el raquitismo moral, de otro. En buena
parte de la humanidad «desarrollada» se cumple con rigor el clásico «Et propter
vitam vivendi perdere causas» («Afanados en vivir la vida, hemos perdido los
motivos para vivir»).
Pero ¿qué polvos trajeron estos lodos? ¿Cómo se
ha llegado a la presente situación? ¿Cuál es la cabeza por la que empezó a
descomponerse todo?
Hay que remontarse bastante lejos. Fue la
mentalidad moderna la que, lejos de conformarse con denunciar en la cristiandad
los abusos de la autoridad y el inmovilismo de la «tradición», decidió romper
todo vínculo con la religión y rechazar toda moral que no fuese la puramente
humana.
Surge así un sucedáneo de la fe, la razón
autónoma y todopoderosa, que, cual nuevo dios, exige culto incondicional. La
Ilustración, algunos de cuyos promotores mantuvieron un cierto equilibrio entre
fe y razón, derivó con celeridad hacia una confianza ilimitada en la cultura como
remedio de todos los males y debeladora de la mentalidad anterior, a la que se
«ejecuta» con el simple calificativo de «oscurantista».
Por otra parte, la razón filosófica pierde
rápidamente terreno ante la razón científica, lo que, inevitablemente, lleva a
sustituir la búsqueda del saber por la del poder.
Ello engendra en la sociedad un sentimiento de
embriaguez y de autosatisfacción. La humanidad moderna empieza a estimarse
superior y a considerar que la historia solo ha sido un rodeo para llegar a la
modernidad.
En el siglo XIX y en los primeros albores del XX
la borrachera se sube a la cabeza y la civilización pierde el norte: no se
percata de que la ciencia y, sobre todo, la técnica son armas de doble filo y
de que los hallazgos que hacen más cómoda y fácil la vida van casi
ineludiblemente acompañados de otros tantos inventos que ponen en peligro la
existencia.
Cierto que la Primera Guerra Mundial fue un
temible aldabonazo que, en teoría, podría haber sacado a la humanidad de su
sopor y de su euforia. Pero el grado de embriaguez es tan grande que ni
siquiera la siguiente guerra consiguió despertarla.
La carrera de armamentos, el equilibrio del
terror nuclear, los desastres ecológicos cada vez mayores inculcaron en la
humanidad cierta dosis de realismo.
Pero la inclinación beata ante la técnica y la
veneración sin límites de la tecnología en sus diversas formas, sobre todo de
la biotecnología, nos han llevado de nuevo por el camino del «aprendiz de
brujo».
La soberbia de la filosofía moderna todavía se
movía dentro de unos límites: la arrogancia de la ciencia y de la tecnología ya
no parece tenerlos. Y, lo que es peor, la tecnología jaleada por una masa
parásita y necia que nunca ha inventado ni inventará nada y que solo sabe
aprovecharse de los hallazgos de unas pocas mentes privilegiadas y mirar «por
encima del hombro» a las generaciones pasadas.
A quienes piensen que no hay motivo para
alarmarse, les recordaré una conocida y certera sentencia: «Dios perdona
siempre; el hombre, algunas veces; la naturaleza, nunca».
COMENTARIOS
Sebastián Galán
8 de sep. de 2014
Estimado Señor, coincido
totalmente con la visión que tiene del «hombre de la modernidad», un ser
alejado de Cristo, con lo cual se cree «racional» a pesar de estar pendiente
del «científico horóscopo», soberbio que desde una cima mira la Historia como
si nuestros antepasados hubieran sido amebas. El hombre de la modernidad es una
criatura que renunció a creer en un sólo Dios para volver a adorar un nuevo
Panteón poblado de dioses deportivos, televisivos, musicales etc. etc. «la mano
de Dios», «es una diosa». Este alejamiento de Cristo es el que hace posible la
renovación del «Pacto Fáustico» repetida y cotidianamente, los diarios la
llaman «corrupción»
Un cordial saludo
Sebastián
www-espacioblog-com-analog
8 de sep. de 2014
Celebro que coincidamos. Y me
parece muy acertada la denominación que aplica Ud. al «Pacto Fáustico»:
«corrupción». Por eso, mientras los que estén enfangados en ella no hagan un
gesto claro de arrepentimiento y de rechazo de ese «pecado contra el Espíritu»,
no es posible prestarles ayuda. «No te apresures a acudir en ayuda del cínico»-
nos advierte la Escritura.
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